MORAL Y LUCES

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lunes, 23 de febrero de 2015

Marti y los alzados por Cuba Libre 1895



Nunca sabremos la cantidad exacta de los alzados por Cuba Li­bre el 24 de febrero de 1895. Lo cierto es que fueron muchos los lugares en algunos de los cuales se lograron reunir varios cientos, como en Baire y en Bayate en la antigua provincia de Oriente.
Si las autoridades colonialistas que­­daron sorprendidas, a pesar de que evidentemente disponían de elementos para sospechar que an­daba en marcha una conspiración, la posteridad aún le debe el estudio exhaustivo de la conspiración de aquellos esforzados patriotas que organizaron un vasto movimiento clandestino dentro de la Isla con una eficaz comunicación entre ellos y con los jefes en el extranjero. Se destaca en particular la labor de Juan Gualberto Gómez, el principal, aunque no el único, vínculo con el Partido Revolucionario Cu­bano. Fue a aquel destacado intelectual residente en La Habana a quien José Martí remitió la Orden de alzamiento, firmada el 29 de enero en Nueva York por él, en su condición de Delegado del Partido, por José María Rodríguez, en nombre del General en Jefe electo, y por Enrique Collazo, quien así daba fe del poder y autoridad del anterior.
Sabemos que copias de esa Or­den fueron enviadas también a San­tiago de Cuba, Manzanillo, Ca­magüey y Remedios. Mas no deja de admirarnos la celeridad con que se hicieron consultas entre los conjurados y se acordó iniciar la lucha armada el 24 de febrero. En una veintena de días todos los grupos estaban prestos a cumplir el mandato emitido desde Nueva York para la insurrección simultánea en la segunda quincena de febrero, sin que Occidente lo hiciera sin Oriente, y con los mayores acuerdos posibles en Camagüey y Las Villas. Y ese día en Matanzas, las Villas y Oriente es­talló la guerra, no con todas las ar­mas necesarias, pero sí con mu­chos hombres y notable entusiasmo combativo.
En verdad hubo fuertes factores adversos. El más significativo, la detención a mediados de enero de 1895 del Lagonda y el Amadís, dos de los barcos que saldrían del puerto de Fernandina con las expediciones hacia Cuba, más la requisa de las cajas con armas en un almacén en ese puerto de la Florida. La tremenda batalla legal con las autoridades estadounidenses para recuperar el armamento no estaba ga­nada todavía el 24 de febrero. Peor efecto produjo la confirmación por el gobierno español de los planes expedicionarios desde la emigración: se aumentaron tanto la vigilancia sobre las costas cubanas como sobre los conocidos desafectos al dominio colonial y los posibles conspiradores, además de sobre los principales líderes establecidos fuera de la Isla.
En consecuencia, el plan militar ideado por Gómez desde 1884 cuan­do encabezó el luego fracasado proyecto de San Pedro Sula, perfeccionado por él junto a Martí, del alzamiento simultáneo y la coincidente llegada al país de los principales jefes con fuertes cargamentos de armas se hizo imposible, al menos en su segundo aspecto. Ya era imposible la guerra “rápida como el rayo”, al decir del Delegado, sorpresiva y en busca de la victoria antes de que llegasen fuertes recursos des­de la metrópoli y en evitación de gran­des pérdidas en vidas y recursos materiales.
Como demostraron los hechos, a pesar de sus denodados esfuerzos, Gómez y Martí no desembarcaron por Playita hasta el 11 de abril, mientras que Maceo lo había he­cho diez días antes. Los tres navegaron en condiciones sumamente azarosas y corrieron muy serio peligro de ser apresados o muertos tras sus desembarcos, sin la seguridad de la espera por algún contingente mambí en los puntos en que lo hicieron. Las siete semanas transcurridas entre el comienzo de la guerra y el arribo de ellos fueron de incertidumbres: ¿llegarían o no esos líderes?; ¿se desanimarían los combatientes ante la propaganda y la acción de los autonomistas en pos de la paz sin independencia?; ¿tendría éxito como en el Zanjón el habilidoso Arsenio Martínez Cam­pos trasladado a la Isla con poderosos recursos y abundantes tropas?; ¿habría lucha armada finalmente en Camagüey, se incorporaría el Occidente a la pelea tras los fracasos de Matanzas, podrían sostenerse mucho tiempo las débiles en armas y acosadas partidas de Las Villas?
Estas y otras muchas preguntas seguramente se hicieron los insurrectos a partir del 24 de febrero. Y aunque hubo casos de presentados que depusieron las armas, de personalidades y jefes apresados en las poblaciones y en los campos de batalla, muchos cientos, quizá al­gunos miles, sostuvieron la lucha armada. Fue una proeza solo explicable por el espíritu patriótico y el deseo de cambios en el país.
No fue pues, el 24 de febrero de 1895, un hecho fortuito, una explosión incontenida de ira, una acción desesperada. Lo que comenzó en aquella madrugada esplendorosa fue el resultado de un serio esfuerzo organizativo, de una toma de conciencia colectiva de que había de alcanzarse la independencia para crear una patria otra, una república diferente abierta a la expectativas de las grandes mayorías populares, sus actores esenciales.
No fue aquel el alzamiento de la burguesía azucarera cubano-española, el sector social que, cuando la Invasión llegó al Occidente, pediría en 1896 al cónsul de Estados Uni­dos la intervención de esa potencia para poner fin al conflicto y salvar sus propiedades. No fue la pelea de la dirigencia autonomista, abandonada entonces por muchas de sus bases, que todavía en 1898 intentó gobernar al concederse la autonomía por la corona española.
Fue, como predijo e inculcó insistentemente José Martí, la insurrección armada de los antiguos esclavos y de los negros y mulatos en general para alcanzar la plena igualdad social; de los campesinos por mantener sus propiedades ame­­nazadas por el latifundio que nacía; de los colonos explotados por el central; de los obreros, artesanos y pequeños propietarios ur­banos ahogados por el sistema fiscal colonial y la protección a las producciones de la metrópoli; de la intelectualidad ofendida por el desprecio colonialista y preocupada por el destino del país; hasta de los españoles republicanos y honrados asentados en esta tierra.
En dos palabras, se inició el 24 de febrero la segunda revolución de Cu­ba, con la experiencia de la Guerra Grande, con una identidad nacional madura, con comprensión creciente de los peligros del mundo finisecular que se repartían las grandes potencias, con un equipo de dirigentes conscientes de los grandes males de la nación y de probada experiencia y lealtad a su pueblo, con un proyecto y un programa revolucionario sumamente radical para su tiempo y condiciones históricas como expondría un mes después, el 25 de marzo de 1895, en el Manifiesto de Mon­tecristi, el Partido Revolucionario a Cuba.
Se ha calificado aquella como la revolución de Martí en virtud de su decisiva labor como preparador de la contienda y por dotarla de un pensamiento anticolonialista, an­timperialista y de hondas transformaciones sociales. Mas es también la revolución popular, que movilizó hacia la pelea armada y al apoyo de todo tipo a esta, a las grandes mayorías. Y fue ese sentido de liberación nacional, esa tremenda participación popular lo que impidió la anexión de Cuba a Estados Unidos, y que la conciencia nacional se mantuviera luego enhiesta, a pesar de las timideces y traiciones de algunos, de la Enmienda Platt y del enorme control del vecino del Norte sobre la nación por una cincuentena de años.
La Revolución comenzó el 24 de febrero. Martí se enteró dos días después, en Montecristi, por un cable enviado desde Nueva York. Ese mis­mo día, en los finales de una entusiasta y orientadora carta a sus principales colaboradores en el Partido Revolucionario Cubano, decía: “¡Arri­ba, sin cesar, con alma celadora y humilde!”
Esa es el alma que ha de guiar a los revolucionarios cubanos de hoy, el alma celadora y humilde.

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