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jueves, 21 de noviembre de 2013

"EL PROBLEMA HAITIANO" Y LA CARTA DE JUAN BOSCH-1943

Interpretación a una carta escrita en 1943...

Para los que quieren usar una carta de Juan Bosch como instrumento de vanguardia en favor del “problema haitiano”, queremos señalar que esa interpretación no encaja dentro del contexto que la realidad actual ofrece (Juan Bosch, Haití y la República Dominicana: una carta histórica). 

Juan Bosch escribió la carta, el 14 de junio de 1943, a sus amigos Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui y Ramón Marrero Aristy, casi seis años después de la matanza de cerca de 30 mil haitianos por parte de Rafael Leónidas Trujillo Molina. Estaba muy reciente en la memoria del más ilustre de los dominicanos del siglo XX tan horripilante y despreciable ejercicio criminal, por lo que era comprensible que para la fecha se expresara, con relación al “problema haitiano”, como lo hiciera en la carta que muchos quieren hoy enarbolar como símbolo del pro haitianismo. 

En todo el desarrollo de la carta, el fundador de los dos partidos políticos mayoritarios en la República Dominicana no habla de que la república instalada en la parte este de la isla de Santo Domingo deba cargar con el pueblo haitiano; de manera muy precisa clama porque luchemos por él, y enfatiza que en "los hombres del pueblo en ambos países hay un interés común –el de lograr sus libertades para tener acceso al bienestar que todo hijo de mujer merece y necesita-...". 

"Nuestro deber como dominicanos que formamos parte de la humanidad es defender al pueblo haitiano de sus explotadores, con igual ardor que al pueblo dominicano de los suyos... Nuestro deber es, ahora, luchar por la libertad de nuestro pueblo y luchar por la libertad del pueblo haitiano. CUANDO DE AQUEL Y ESTE LADO DE LA FRONTERA, los hombres tengan casa, libros, medicinas, ropa, alimentos en abundancia; cuando seamos todos, haitianos y dominicanos, ricos y cultos y sanos, no habrá pugnas entre los hijos de Duarte y de Toussaint... AYUDÉMOSLES A SER ELLOS LIBRES...; A QUE, LO MISMO QUE NOSOTROS, PUEDAN LEVANTAR UNA PATRIA PRÓSPERA, CULTA, FELIZ, EN LA QUE SUS MEJORES VIRTUDES, SUS MEJORES TRADICIONES FLOREZCAN CON LA MISMA ESPONTANEIDAD QUE TODOS DESEAMOS PARA LAS NUESTRAS... el porvenir ha de vernos un día abrazados, en medio de un mundo libre de opresores y de prejuicios, un mundo en que quepan los haitianos y los dominicanos, y en el que todos los que tenemos el deber de ser mejores estaremos luchando juntos contra la miseria y la ignorancia de todos los hombres de la tierra" (mayúsculas mías, nh). Esta es la esencia de la carta de Juan Bosch a sus amigos. De forma muy clara manifiesta por los haitianos su amor, su solidaridad, su compasión, como muchos de nosotros, pero dejando ver con marcada luz que cada pueblo logre sus objetivos dentro de sus propias fronteras.

Esos sentimientos de solidaridad, justificados, no avalan, en ningún momento, ni la integración ni la inmigración permanente. Juan Bosch fue presidente de la República Dominicana durante los primeros siete meses del año 1963, cargo desde el que pudo materializar lo que quieren achacarle los fotutos gratuitos que se dan los Derechos Humanos en un país en el que la mayoría de sus humanos no tiene idea de lo que significan sus derechos.

«El 19 de abril de 1963, mientras Juan Bosch presidía el Estado dominicano, se descubrió en Haití una conjura militar contra François Duvalier. En el acto fueron asesinados varios militares del régimen, incluyendo el chofer de los hijos de Duvalier, quien reaccionó violentamente enviando la policía haitiana en busca de François Benoit, el principal sospechoso del atentado. Los 'Tonton Macoute' entraron a su residencia y, al no encontrarlo, asesinaron a su familia y a las empleadas domésticas presentes en ese momento. Al sospechar que Benoit estaba escondido en la embajada dominicana, los 'Tonton Macoute' rodearon la casa del embajador dominicano exigiendo la entrega del militar. Juan Bosch amenazó con enviar las fuerzas armadas y, en una alocución por radio y televisión, afirmó: "el pueblo dominicano sabe que la embajada y la cancillería de nuestro país han sido violadas por la policía haitiana; esa acción es una bofetada en la cara de la República Dominicana, una afrenta que no estamos dispuestos a pasar por alto. Hemos sufrido con gran paciencia los ultrajes del gobierno haitiano, pero esos ultrajes tienen que terminar ya. Si no terminan en un plazo de 24 horas, le pondremos punto final con los medios a nuestro alcance".» [Wikipedia, Masacre del Perejil (edición de nh)].

Si se hubiera materializado la invasión a Haití, hubiese sucedido lo mismo que cuando Estados Unidos invade y bombardea un país para descabezar el gobierno que supuestamente "atenta contra la seguridad nacional": los inocentes (niños, ancianos, mujeres y hombres de trabajo...) hubiesen sido acribillados, tal como ha sucedido en Irak, Libia o cualquier otra nación destrozada salvajemente, y sin piedad, por el pentagonismo.

Si la intención de ayudar a Haití hubiera estado presente en el ánimo de Juan Bosch, hubiese dejado de lado los legalismos esgrimidos cuando León Cantave se reunió con él para solicitarle un pequeño espacio en suelo dominicano que perseguía la instalación de un campo de entrenamiento con la finalidad de que sus guerrilleros se prepararan militarmente con el objetivo de derrocar la dictadura de François Duvalier. Bosch se negó y, a la postre, este evento, que de todas maneras se produjo a sus espaldas, fue el detonante para que se materializara el golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963 que lo arrancó del gobierno.

Los acontecimientos producen, en épocas diferentes, reacciones encontradas frente a hechos que guardan cierta similitud. En 1943 los haitianos requerían, y encontraron, la solidaridad necesaria, dado el genocidio que cometió Rafael Trujillo. Hoy, el “problema haitiano” requiere de medidas extraordinarias por parte de las autoridades dominicanas, aunque no de la forma vulgar y despreciable en la que se expresó un adefesio llamado Tribunal Constitucional, que pretende despojar de la ciudadanía dominicana a cientos de miles de hermanos nacidos, criados y "esclavizados" en la República Dominicana.

Si le damos a la carta de Juan Bosch el valor que, de frente a las circunstancias actuales, no tiene, deberíamos, entonces, contrastarla con las palabras de Eugenio María de Hostos, el más grande educador latinoamericano, integracionista por excelencia, sobre quien el propio Bosch diría: "Si mi vida llegara a ser tan importante que se justificara algún día escribir sobre ella, habría que empezar diciendo: nació en la Vega, República Dominicana, el 30 de junio de 1909, y volvió a nacer en San Juan de Puerto Rico a principios de 1938, cuando la lectura de los originales de Eugenio María de Hostos le permitió conocer qué fuerzas mueven, y cómo la mueven, el alma de un hombre consagrado al servicio de los demás" (Palabras de Juan Bosch después de leer las obras completas de Eugenio María de Hostos).

De esta forma se expresaría Eugenio María de Hostos sobre la guerra de independencia dominicana, y la independencia misma, de acuerdo a lo que Bosch analiza en el prólogo que hace al libro El Derrumbe, de Federico García Godoy, mientras se envuelve en desmentir palabras que se adjudican a Gregorio Luperón: "La lucha que sostuvo el pueblo dominicano contra Haití no fue una guerra vulgar. El pueblo dominicano defendía más que su independencia; defendía su idioma, la honra de su familia, la libertad de su comercio, la moralidad del matrimonio, el odio a la poligamia, mejor destino para su raza, mejor suerte para su trabajo, la escuela para sus hijos, el respeto a la religión de sus antepasados, la seguridad individual y la facultad de poder viajar al extranjero. Era la lucha solemne de costumbres y de principios que eran diametralmente opuestos; de la barbarie contra la civilización, de la luz contra las tinieblas, del bien contra el mal" (Tercera Edición - Librería La Trinitaria/República Dominicana - Año 2000, Página 18).

Cuento de Juan Bosch: La muchacha de La Guaira

La muchacha de La Guaira

El primer oficial tuvo razón al pensar que un asunto de tal naturaleza debía ser comunicado al capitán, pero el capitán no la tuvo cuando dijo las estúpidas palabras con que más o menos dejó cerrado el episodio. Esas palabras no tenían sentido. Veamos los hechos tal como se produjeron, y eso nos permitirá apreciar el caso en todos sus aspectos.


El “Trodheim”, de bandera panameña, aunque en verdad era un barco noruego, entró en La Guaira ese día a las diez de la mañana; a las ocho de la noche había cuatro hombres de la tripulación perdidamente borrachos en los cafetines del puerto, uno detenido por riña y varios más bebiendo. Los venezolanos llaman “botiquines” a los ba­res; en uno de esos botiquines, prácticamente echada sobre una pe­queña mesa, con la barbilla en los antebrazos y los oscuros ojos muy abiertos, había una joven de negro pelo, de nariz muy fina y tez do­rada. Por entre las patas de la mesa podía preciarse que tenía piernas bien hechas, pero Hans Sandhurst, segundo oficial del “Trodheim”, no estaba en condiciones de demostrar que le interesaba la dueña de esas piernas. Contó tres hombres de su barco bebiendo en ese boti­quín, y él sabía que no tardaría en haber escándalo; y era a él a quién le tocaría después entenderse con el capitán del puerto, ver a los agentes de los armadores, al cónsul de Panamá y a quién sabe cuánta gente más para obtener órdenes de libertad, pagar multas o enrolar nuevos tripulantes, si era del caso, todas las cuales podían ser consecuencias de esas bebentinas desaforadas. Hans Sandhurst, pues, pre­fería no fijarse en la muchacha de las bellas piernas.

Desde la ventana junto a la cual estaba sentado podía volver la vista hacia el puerto y ver allá abajo su barco, a la luz de la luna, casi perdido entre muchos más, con los amarillos mástiles brillando y la blanca línea en lo alto de las chimeneas. Enclavada entre el mar y los Andes, La Guaira apenas tendrá unos veinte metros de tierra plana natural, y desde el mar la ciudad se ve como un hacinamiento de pequeñas casas blancas trepadas una sobre la otra, destacándose sobre el fondo rojo de la montaña. El Caribe espejeaba bajo la luna, hasta perderse en una lejana línea de verde azul tan claro como el cielo de esa noche. Hans Sandhurst, que de sus cuarenta años había pasado casi diez, intermitentemente, viviendo entre Cartagena, Panamá y Jamaica, amaba ese mar, tan inestable y, sin embargo, tan cargado de vitalidad. Tres veces había fracasado en negocios y otras tantas había tenido que volver a su antigua carrera. Pero no sería extraño que probara de nuevo, quizá para dedicarse al corte de cedro en Cos­ta Rica, o a la pesca del camarón en Honduras, en cuyas costas abundaba ese crustáceo según le asegurara en Hamburgo hacía poco el capitán de un barco italiano. Se embebió Hans Sandhurts durante un rato en la contemplación de la pulida y brillante superficie de agua, en sus tonos verde azules, y cuando alzó su vaso de ron lo halló vacío. Se volvió, pues, para pedir más, y ya no estaban allí los tripu­lantes del “Trodheim”. El segundo oficial los buscó con los ojos, moviendo la cabeza en todas direcciones. Entonces fue cuando la muchacha le sonrió...   Ver mas


sábado, 16 de noviembre de 2013

JUAN BOSCH: POLITICA Y PODER

OLEO DE  JUAN BOSCH Y JUAN PABLO DUARTE, PINTADO POR MIGUEL NUÑEZ  PINTOR DE LA PATRIA 
En  el  ejercicio  de  la  política  nos  damos  con  toda  clase  de  gente,  y  más  en  un  país  como  el  nuestro,  donde  la  política  es  un  potrero  sin  puertas  en  el  cual  puede  entrar  todo  el  que  quiera  y  muy  especialmente  todo  el  que  tenga  hambre  de  figureo,  de  dinero  o  de  poder.
Normalmente,  el  comportamiento  de  una  persona  está  determinado  por  la  clase  o  la  capa  social  a  que  pertenece.  Los  que  han  nacido  en  hogares  donde  había  dinero  en  abundancia,  y  sigue  habiéndolo  en  los  suyos,  no  se  inquietan  fácilmente  ante  problemas  que  sacan  de  quicio  a  quienes  viven  en  medio  de  estrecheces  o  de  ciertas  limitaciones;  y  no  porque  aquéllos  tengan  un  control  de  sus  nervios  que  los  convierte  automáticamente  en  superiores  a  los  demás  seres  humanos,  sino  porque  pueden  resolver  muchos  problemas  de  alguna  importancia  con  sólo  poner  su  firma  en  un  cheque.  ¿Qué  la  señora  tuvo  un  accidente  y  el  automóvil  quedó  destruido?  Ahí  va  una  orden  para  que  se  compre  otro  sin  tener  que  esperar  que  la  compañía  de  seguros  pague  la  póliza  del  chocado.  ¿Qué  un  incendio  le  destruyó  la  casa  o  que  la  hija  quiere  darle  la  vuelta  al  mundo  para  consolarse  de  la  mala  conducta  de  su  marido  o  el  hijo  quiere  pasar  las  vacaciones  en  la  India?  Todo  eso  lo  resuelve  la  secretaria  haciendo  cheques;  a  él  sólo  le  tocará  firmarlos.
La  posición  que  ocupa  en las  relaciones  de  producción  le  permite  al  capitalista  sentirse  seguro  a  tal  punto  que  un  problema  de  25  mi  o  de  30  mil  pesos  no  le  perturba  en  lo  más  mínimo;  en  cambio,  un  pequeño  burgués  que  tenga  que  pasarse  el  año  trabajando  para  ganar  25  mil  pesos (esto es para 1977)  se  sentirá  preocupado,  y  hasta  muy  preocupado,  si  se  le  presentara  una  novedad  que  le  costará  25  mil  pesos,  o  20  mil  o  15  mil;  y  para  un  bajo  pequeño  burgués  cuyas  entradas  son  de  10  ó  12  mil ( por igual 1977),  la  pérdida  de  10  mil  le  provocará  un  estado  de  nerviosismo  que  le  quitará  muchas  horas  de  sueño.
El  bajo  pequeño  burgués,  y  con  más  razón  los  bajos  pequeños  burgueses  pobres  y  muy  pobres,  que  son  las  capas  sociales  de  donde  salen  los  chiriperos,  viven  con  un  margen  de  maniobrabilidad  económica  muy  estrecho,  y  eso  se  refleja  en  un  alto  grado  de  susceptibilidad.  Es  en  esas  capas  sociales  y  no  en  las  que  se  hallan  por  encima  de  ellas,  donde  se  dan  los  episodios  de  Fulano  que  mató  a  Zutano  porque  éste  le  debía  5  pesos  o  por  motivos  parecidos.  Cuanto  más  insegura  sea  la  situación  económica  de  una  persona,  más  se  inclinará    a  enfrentar  los  problemas  mediante  reacciones  emocionales  incontrolables,  y  así  mismo  actuará  en  la  política  si  adquirió  durante los  primeros  años  de  su  vida  el  hábito  de  dejarse  llevar  por  las  emociones  a  la  hora  de  tomar  decisiones  importantes.  Eso  es  lo  que  explica  la  sorprendente  escasez  de  líderes  políticos  en  una  sociedad  como  la  dominicana  donde  la  gran  mayoría  de  la  población  es  de  origen  bajo  pequeño  burgués  pobre  y  muy  pobre  así  como  la  reserva  de  líderes  con  que  cuentan  los  países  altamente  desarrollados  donde  las  capas  superiores  de  la  burguesía  están  compuestas  por  mucha  gente  o  los  países  socialistas  donde  la  casi  totalidad  de  la  población  es  trabajadora  y  disfruta  de  una  fuerte  estabilidad  económica  y  social.
Pero  la  emocionalidad  o  el  emocionalismo  a  que  es  tan  propensa  la  baja  pequeña  burguesía  pobre  y  muy  pobre  no  se  manifiesta  sólo  en  forma  agresiva;  se  manifiesta  también  en  forma  de  ilusiones,  especialmente  en  relación  con  la  conquista  del  poder.  La  historia  dominicana  está  llena  de  episodios  en  que  aparecen  representantes  de  esas  capas  sociales  lanzándose  a  la  conquista  del  poder  con  tan  escazas  posibilidades  de  conquistarlo  que  las  páginas  de  la  historia  en  que  figuran  esos  episodios  no  parecen,  vistas  a  la  luz  de  la  razón  invenciones  de  locos.  En  algunos  casos  recientes  hallamos  la  influencia  que  tuvo  la  Revolución  Cubana  en  los  sueños  de  poder  de  nuestra  baja  pequeña  burguesía  en  todas  sus  capas,  y  a  veces  hasta  en  miembros  de  la  mediana  y  de  la  alta,  pero  en  episodios  anteriores,  especialmente  en  los  últimos  treinta  y  cinco  años  del  siglo  pasado,  la  influencia  venía  de  Haití,  lo  que  se  explica  por  el  ejemplo  que  daban  los  haitianos  de  hombres  que  habían  sido  esclavos  o  hijos  de  esclavos  y  llegaron,  sin  embargo,  a  posiciones  de  poder,  algunos  de  ellos  hasta  alcanzar  títulos  de  emperadores,  como  sucedió  con  Henri  Christopher  y  Souluque,  y  después  de  ellos,  de  hombres  del  pueblo  que  fueron  presidentes  de  la  República  haitiana  porque  en  las  guerras  civiles  de  su  país  habían  conquistado  a  la  fuerza  grados  de  generales.  Puestos  en  ese  camino  por  el  impulso  del  ejemplo,  los  dominicanos  actuaron  por  sí  mismos  y  en  el  siglo  pasado  llegaron  a  la  presidencia  de  la  República  Luperón,  Meriño  y  Heureaux,  los  tres  nacidos  y  formados  en  las  capas  pobres   y  muy  pobres  de  la  baja  pequeña  burguesía.
Pero  Luperón,  Meriño  y  Heureaux  fueron  realistas  y  por  tanto  no  cometieron  el  error  político  de  apoyar  sus  deseos  de  alcanzar  el  poder  en  fuerzas  que  ellos  no  podían  controlar.


20  septiembre,  1977.

JUAN BOSCH: EL CONFLICTO CON HAITÍ

EN SU 104 ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO. ¡JUAN BOSCH UN HOMBRE DE SIEMPRE!



A continuación presentaremos la historia de un conflicto entre la República Dominicana y la República de Haití, precisamente en el gobierno del Profesor Juan Bosch,en el año 1963. El conflicto pudo devenir en una guerra entre los dos Estados. Dejemos al propio Profesor Juan Bosch que nos narre los pormenores de esa historia. 

TOMADO DEL CAPITULO XVII  DEL LIBRO: "CRISIS DE LA DEMOCRACIA DE AMÉRICA EN LA REPÚBLICA DOMINICA" 

  XVII-- EL CONFLICTO CON HAITÍ  
Hoy se le llama a Cuba la “Perla de las Antillas”; ese sobrenombre, sin embargo, había sido originalmente dado a la isla Española, antigua Santo Domingo o Saint-Domínguez.
En realidad, la altura de sus montañas, la densidad y la riqueza de sus bosques, la abundancia de aguas, la extensión, el número y la asombrosa fertilidad de sus valles justificaba que se le llamara así. Fue un hecho político lo que la degradó a los ojos de los viajeros y los estudiosos; y ese hecho político consistió en la división de la isla en dos países de historia, lengua y origen diferentes: Haití y la República Dominicana.
Cuando la isla quedó dividida, dejó de llamarse la “Perla de las Antillas”.
La presencia de Haití en la parte occidental de la isla Española equivalió a una amputación del porvenir dominicano. Lo que era el porvenir visto desde mediados del siglo XVI es, en la segunda mitad del siglo XX, un pasado de más de trescientos años. Así, los dominicanos no podemos escribir nuestra historia ignorando ese pasado, pues todo el curso de la vida de nuestro pueblo en las tres últimas centurias ha sido configurado por ese hecho: la existencia de Haití al lado nuestro, en una isla relativamente pequeña.
La existencia del Pueblo dominicano fue el resultado de la expansión española hacia el oeste; la de Haití, el resultado de las luchas de Francia, Inglaterra y Holanda contra el imperio español. De manera que al cabo de los siglos, los dominicanos somos un pueblo amputado a causa de las rivalidades europeas. Nuestra amputación no se refiere al punto concreto de que una parte de la tierra que fue nuestra sea ahora el solar de otro pueblo; es algo más sutil y más profundo, que afecta de manera consciente o inconsciente toda la vida nacional dominicana. Los dominicanos sabemos que a causa de que Haití está ahí, en la misma isla, no podremos desarrollar nunca nuestras facultades a plena capacidad; sabemos que un día u otro, de manera inevitable, Haití irá a dar a un nivel al cual viene arrastrándonos desde que hizo su revolución. En aquellos años finales del siglo XVIII y los primeros del siglo XIX, nadie quiso invertir un peso en desarrollar, por ejemplo, la industria azucarera dominicana, por miedo a las invasiones de Haití. El azúcar y el café de Haití habían dejado de fluir a los mercados de Europa y de los Estados Unidos, y aunque ninguna tierra era más apropiada para producirlos que la de Santo Domingo, los capitales para suplir la producción haitiana prefirieron ir a Cuba. El desarrollo de Cuba comenzó entonces; en cambio, el de nuestro país se estancó, primero, y descendió luego, pues la gente más capaz y más acomodada económicamente abandonó la parte española de la isla por miedo a la revolución haitiana.
La isla Española tenía frente a su costa noroccidental una pequeña isla adyacente, La Tortuga; el Gobierno colonial español abandonó La Tortuga porque le era costoso en hombres y en dinero defenderla de incursiones inglesas y francesas, y así fue como La Tortuga pasó a manos de piratas franceses y más tarde a manos del Gobierno francés. Desde La Tortuga, poco a poco, los blancos franceses fueron acomodándose en los pequeños valles fértiles de la parte norte del oeste de la Española; fueron llevando esclavos y organizando plantaciones de caña y de índigo, de manera que cuando España vino a darse cuenta, ya había en su colonia una población de franceses que se consideraban por derecho de conquista colonos franceses, parte del imperio colonial de Francia, sin deber de obediencia al Gobierno español. Al principio, esa colonia francesa de facto se llamaba Saint-Domínguez; después pasó a llamarse Haití. Al principio, España la dejó estabilizarse por indolencia; después, tuvo que reconocer su existencia, y al cabo, en el siglo XVIII, debilitada por su continuo guerrear en Europa, España admitió que Haití era de derecho colonia de un poder extranjero.
He contado con ciertos detalles lo que pasó en la colonia de Haití cuando los esclavos se rebelaron contra sus amos a consecuencia de la agitación que produjo en la colonia la Revolución Francesa; lo hice en mi libro Trujillo: causas de una tiranía sin ejemplo. No voy, pues, a repetirme; pero sucintamente explicaré que de esa rebelión surgió, al comenzar el siglo XIX, la República de Haití, y que ésta tenía ya dieciocho años de vida cuando los dominicanos se declararon independientes de España y protegidos de Colombia.
Menos de dos meses después de esa acción política dominicana, los ejércitos de Haití cruzaron la frontera y extendieron su gobierno a toda la isla. Así se explica por qué la República Dominicana, establecida en 1844, surgió en guerra contra Haití y no contra España, que había sido su metrópoli original.
Esa guerra, que en la historia dominicana se conoce con el nombre de “guerra de independencia” —aunque en los días en que se llevaba a cabo se llamaba, con mayor propiedad, “de separación”— fue la culminación de una lucha larga, que se había iniciado desde el siglo XVII, que se mantuvo prácticamente todo el siglo XVIII, y que tuvo a principios del siglo XIX páginas sombrías con las invasiones de Toussaint, de Dessalines y de Cristóbal. Los dominicanos, pues, formaron su sentimiento nacional peleando, primero contra los franceses de la región occidental, y después contra sus herederos, los haitianos.
Me veo en el caso de repetir ahora lo que dije en mi libro sobre Trujillo acerca de la revolución haitiana: ha sido la única revolución en la historia moderna que fue a la vez guerra de independencia —de colonia contra metrópoli—, guerra social —de esclavos contra amos— y guerra racial —de negros contra blancos—. La violencia de esas tres guerras en una resultó devastadora; en términos absolutos, no relativos, los antiguos esclavos destruyeron toda la riqueza acumulada en Haití durante la colonia, y esa riqueza era mucha. Sin embargo —y esto no lo dije en aquel libro porque estaba haciendo el análisis de un problema dominicano, no haitiano— sucede que en cierta medida, el aspecto destructor de la revolución haitiana ha sido continuo; de hecho, Haití ha seguido, a lo largo de su vida independiente, en guerra constante contra todo núcleo humano y social que pudiera convertirse, por cualquier vía, en sustituto de los colonos franceses.
Esa especie de guerra social perpetua, que en su origen fue de negros contra blancos —debido a que los negros eran los esclavos y los blancos los amos—, derivó después hacia la matanza de los mulatos y se ha conservado como lucha sin cuartel de los negros contra los mulatos. Las carnicerías de los tiempos de Soulouque, en que los mulatos eran las víctimas, encogen el ánimo del que estudia la historia de Haití. Ahora bien, sucede que los mulatos eran los que —tal vez por ser hijos de blancos, y por tanto disponían de más medios— se preparaban para ser burócratas, comerciantes, profesionales; formaban élites que al principio no tenían sustancia económica pero que al final adquirían bienes, con lo cual amenazaban convertirse en minorías con poder económico. Al mismo tiempo que esas matanzas, con sus naturales consecuencias de inestabilidad política, retardaban el desarrollo del país, los gobernantes usaban el poder para hacer negocios, para enriquecerse y sacar dinero hacia Europa o —más recientemente— hacia Estados Unidos; de donde resultaba que se expoliaba a un pueblo pobre, se le robaba a la miseria. Y al tiempo que eso iba sucediendo década tras década, la población haitiana crecía, su tierra se erosionaba, los medios del Estado eran cada vez menos de los que se necesitaban para darle al Pueblo educación y salud. Fue así como de manera natural, como rueda una bola por un plano inclinado, Haití vino a caer bajo la tiranía de François Duvalier, quien tenía ya años gobernando cuando se estableció en la República Dominicana el régimen democrático que me tocó presidir.
Duvalier corresponde a un tipo psicológico que se halla en las sociedades primitivas; el hombre que a medida que va adquiriendo poder de cualquier clase va llenándose por dentro de una soberbia que lo transforma día a día físicamente, lo envara, le da insensiblemente la apariencia de un muñeco que se yergue y se yergue hasta que parece que va a caerse de espaldas o que va a volar; al mismo tiempo, los párpados bajan, la mirada se torna fría y adquiere un brillo como de hechicería, el rostro se inmoviliza gradualmente y la voz va haciéndose cada vez más imperativa y sin embargo más baja y escalofriante. En esos seres, la conciencia del poder se traduce en transformaciones físicas; crean en torno suyo una atmósfera que es como una emanación de brujos, y como sucede que a esos cambios van correspondiendo otros en el seno de su alma, mediante los cuales se hacen gradualmente insensibles a todo sentimiento humano hasta llegar a ser puros receptáculos de pasiones sin control, esos hombres acaban siendo peligrosos porque se niegan a aceptar que son simples seres humanos, mortales y falibles, y no delegados vivos de las oscuras fuerzas que gobiernan los mundos.
El que desee comprobar la verdad de lo que acabo de decir no tiene sino que tomar una fotografía  de François Duvalier hecha en 1955, por ejemplo, y otra hecha en 1964. Son dos hombres diferentes, versión haitiana de los dos Dorian Gray de Oscar Wilde.
En el lado sur de la frontera que divide a la República Dominicana de Haití se ven de tarde en tarde tipos a lo Duvalier; labriegos que eran gente corriente y moliente hasta la hora en que se sintieron poseídos por un poder que ellos llaman “religioso”, y empezaron a dictar recetas, a recomendar curaciones, a crear ritos propios, y con ello comenzaron a cambiar de aspecto hasta convertirse en estampas de caudillos de pueblos de la selva. Son locos con poderío, como en un nivel más alto lo fue Hitler.
Ignoro debido a qué, tan pronto resulté electo Presidente,  Duvalier resolvió matarme. Tal vez soñó conmigo e interpretó el sueño como una orden de quitarme la vida; quizá en un acceso de hechicería vudú uno de sus espíritus protectores le dijo que yo sería su enemigo. Es el caso que escogió un antiguo agente del espionaje de Trujillo, que había sido Cónsul de Haití en Camagüey —Cuba— y le encargó mi muerte. Durante toda la campaña política, yo no me había referido ni una sola vez a Duvalier. La Unión Cívica hizo varias declaraciones acerca de su tiranía, y si no recuerdo mal el doctor Fiallo se refirió también a él. Pero yo no lo hice porque no me parecía prudente meter en Santo Domingo problemas ajenos y además, porque si yo resultaba elegido Presidente de la República, no era cuerdo que llegara a esa posición comprometido en el orden internacional por declaraciones hechas al calor de la campaña política. Yo no me había ganado, pues, enemistad de Duvalier; era gratuita, aunque debe presumirse que de origen extrahumano. Por todo lo que he dicho acerca de la actitud del Pueblo dominicano en relación con la existencia de Haití, y por lo que he relatado brevemente sobre las largas hostilidades entre dominicanos y haitianos, debe presumirse cuál fue la reacción de los dominicanos cuando de buenas a primeras llegó a Santo Domingo, dada a través de una estación de radio, la noticia de que fuerzas policíacas de Duvalier habían asaltado el local de nuestra embajada en Puerto Príncipe, capital de Haití. En una hora, el Pueblo estaba agitado, los partidos políticos se reunían, las estaciones de radio lanzaban boletines al aire y al Palacio Nacional llegaban montones de telegramas denunciando la agresión.
Hacía algunas semanas que en Haití se producían actos de terrorismo contra el Gobierno de Duvalier; éste había solicitado el retiro de la misión militar norteamericana; altos jefes militares eran depuestos y encarcelados; un señor Barbot, que había sido el fundador de la milicia armada de Duvalier —los tonton macutes, asesinos tenebrosos— daba asaltos aquí y allá, en los alrededores de Puerto Príncipe; civiles y militares perseguidos se asilaban en las representaciones diplomáticas de la América Latina, y la dominicana tenía varios asilados.
Un día llegó a la embajada de nuestro país un teniente haitiano de apellido Benoit y pidió asilo, que se le concedió, desde luego; al día siguiente, los hombres de Barbot dispararon contra el automóvil de Duvalier, que llevaba a los hijos del dictador a la escuela. La respuesta de Duvalier fue instantánea: mandó asaltar la Embajada dominicana y al mismo tiempo sus matones entraron en la casa de la familia de Benoit, dieron muerte a todos los que había allí —incluyendo la madre de Benoit y una niña— y quemaron la vivienda. Duvalier, pues, había agredido a la República Dominicana en su representación diplomática.
Ese día era domingo, y si no recuerdo mal, estábamos a principios de mayo. De súbito comenzaron a llegar noticias que daban indicios de que Duvalier tenía un plan: familiares de Trujillo estaban arribando a Haití, guardias haitianos armados rodeaban la Embajada dominicana, los correos diplomáticos dominicanos habían sido detenidos antes de llegar a la frontera, el Cónsul nuestro en la villa fronteriza de Belladere, estaba preso.
En la noche hablé por radio y televisión y denuncié ante el Pueblo todos esos actos de locura que estaba realizando Duvalier, y mientras en la Cancillería se trabajaba redactando cables a Puerto Príncipe y a la OEA y notas para la prensa, yo elaboraba, después de haber hablado, un plan de acción que podía librar a haitianos y a dominicanos de los peligros que podía desatar sobre ambos países un gobernante que no estaba en sus cabales. El plan era simple y no costaría una gota de sangre: la República Dominicana movilizaría tropas y las concentraría en la frontera del sur, en el punto más cercano a la capital de Haití, y la movilización se haría en tal forma que diera la impresión indudable de que esas fuerzas iban a avanzar por Haití; una vez creado el clima adecuado, la aviación militar dominicana volaría sobre Puerto Príncipe y dejaría caer hojas sueltas en francés pidiendo al Pueblo de la capital vecina que evacuara los alrededores del Palacio Presidencial, porque los aviones dominicanos iban a bombardear en un plazo de horas. Yo estaba seguro de que, dado el estado de agitación que había en Haití y la preparación del ambiente que estábamos haciendo en Santo Domingo, Duvalier huiría sin que hubiera necesidad de disparar un tiro.
Pero este plan tenía un punto débil: yo no podía confiárselo a nadie, ni siquiera a los jefes militares que iban a participar en él. Si le decía a alguien que todos los movimientos dominicanos serían aparentes, que no íbamos a llegar a la guerra, no tardaría en saberse, y había que contar con la irresponsabilidad de la mayoría de los líderes de la llamada oposición; uno de ellos, tal vez dos, quizás tres, se plantarían, con toda seguridad, frente a un micrófono y me acusarían de comediante y denunciarían el plan. De hecho, en medio de la crisis, uno de esos líderes dijo que todo aquello lo había inventado yo porque quería figurar en la historia como el conquistador de Haití, valiente majadería, pues el día que los dominicanos hagan la conquista de Haití —si ello fuere posible alguna vez— lo que harían sería comprar a precio alto los problemas de Haití para sumarlos a los problemas dominicanos.
Los campesinos dominicanos dicen, cuando algo no está completamente terminado, que “falta el rabo por desollar”, con lo cual aluden al rabo del cerdo muerto, y en el caso de mi plan había un rabo por desollar: ¿qué podía suceder si el dictador haitiano no emprendía la fuga? No había sino una respuesta: las tropas dominicanas debían avanzar sobre Haití; pero avanzar poco, unos kilómetros, lo suficiente para dar la sensación de que iban a atacar de veras. Yo estaba seguro de que la población haitiana de la región fronteriza no haría resistencia; si se hacía indispensable, la aviación dispararía dos o tres bombas en sitios donde no causaran bajas.
En ese punto, ocurrió un misterio: los generales dominicanos llegaron a decirme que los camiones del ejército no tenían repuestos de llantas, que no estaban en condiciones de transportar las tropas. ¿Quién les había aconsejado que usaran esa coartada? Hasta la noche antes habían estado muy entusiasmados con la movilización, y de pronto, “los camiones militares no servían”.
El embajador Martin fue a verme, alarmado, y era la primera vez que le veía alarmado. La posibilidad de una guerra domínico-haitiana lo había inquietado, sin duda porque había inquietado al Departamento de Estado. En esos mismos momentos, Moscú, Pekín, La Habana y el MPD en Santo Domingo me acusaban de ser un muñeco en manos del  “imperialismo yanqui” para agredir a Haití. La situación era tristemente cómica, pues era precisamente el llamado “imperialismo yanqui” el que obstaculizaba la decisión dominicana de resolver el problema haitiano.
De pronto, unos días después, el embajador Martin me visitó en mi casa para decirme que su Gobierno esperaba en pocas horas la salida de Duvalier de Haití; me dijo que ya estaba en el aeropuerto de Puerto Príncipe un avión de la KLM en el cual Duvalier viajaría hasta Idlewild, de ahí a Amsterdam y de Ámsterdam a Argelia, donde Ben Bella le había ofrecido asilo. Le expresé mis dudas al embajador Martin.
“Duvalier no se va”, le dije; él me aseguró que sí. Durante el día me visitó otra vez, en la noche me telefoneó dos veces para mantenerme informado de lo que estaba sucediendo en Haití; por la mañana fue a verme a las cinco, convencido de que Duvalier se iría. En todos los casos le respondí lo mismo: “No se va”. Y no se fue.
Pocos días después, por un cubano exiliado me enteré de que en una zona militar, en el interior del país, oficiales dominicanos estaban entrenando haitianos. ¿Cómo era posible que estuviera haciéndose tal cosa sin mi conocimiento?
Llamé al Ministro de las Fuerzas Armadas, lo interrogué, me dijo que era verdad y le ordené disolver el campamento.
Una cosa era librarse de Duvalier en una coyuntura favorable, a la luz del sol, como debe operar siempre una democracia, y otra cosa era preparar fuerzas de haitianos para lanzarlos a una invasión; esto último era violar el principio de no intervención, lo cual podía quitarnos autoridad si en esa hora convulsa del Caribe algún Gobierno decidía hacer lo mismo con nosotros. A partir de ese momento, decidí esperar una oportunidad propicia para buscarle solución al problema que planteaba la presencia de Duvalier en el Gobierno de Haití.
Sin embargo, he aquí que un buen día, al leer la prensa en las primeras horas de la mañana me enteré de que el general León Cantave había invadido Haití por la costa norte.
El general Cantave había estado a verme para pedirme ayuda y yo le había respondido que el Gobierno dominicano no podía hacerlo. ¿De dónde salió la expedición de Cantave; quién la armó, quién la respaldó? Eso era un misterio que debía aclararse. Hice una reunión de jefes militares, les interrogué sobre todas las posibilidades que se me ocurrían; pedí detalles acerca de los tipos de armas que usó Cantave. Nadie sabía nada. De acuerdo con sus informes, Cantave no había salido de territorio dominicano, no había recibido la menor ayuda de las fuerzas armadas dominicanas, y en los depósitos dominicanos no había armas similares a las que había llevado Cantave a Haití.
Algo andaba mal. Si el general Cantave no había salido de Santo Domingo, había salido de alguna de las islas vecinas —Las Bahamas, de bandera inglesa—, y si había salido de esas islas, ¿quién lo ayudaba? Le hice la pregunta, de manera abierta, al embajador Martin. Me respondió que él no sabía, que su Gobierno no sabía, pero que algunos de sus ayudantes presumían que Cantave había contado con la ayuda de Venezuela. Eso me pareció imposible; primero, porque el presidente Betancourt tenía encima las guerrillas comunistas y no iba a autorizar, con esa acción, un acto parecido al de Fidel Castro contra su Gobierno; segundo, porque si Betancourt hubiera tenido que ver en la invasión de Cantave, me lo hubiera hecho saber. “¿Hay en la Florida algún lugar que se llame Venezuela?”, le pregunté riendo al embajador Martin. “No, no lo hay”, respondió él, riendo también.
Pocos días antes del golpe de Estado, quizá tres días antes, me hallaba en mi despacho del Palacio Presidencial cuando a eso de las seis de la mañana me dijo el jefe de los ayudantes militares que los haitianos estaban atacando Dajabón, villa dominicana en la frontera del norte. Efectivamente, en las calles de Dajabón caían balas que procedían del lado haitiano, de la Villa de Juana Méndez —Ouanaminthe, en el patois de Haití—, que queda frente a Dajabón, a menos, tal vez, de dos kilómetros. Cuando la situación se aclaró, unas horas después, se supo la verdad: el general Cantave había entrado en Haití de nuevo y había atacado la guarnición de Juana Méndez.
El combate fue bastante largo, con abundante fuego de fusilería y de ametralladoras. ¿De dónde había sacado Cantave, otra vez, armas y municiones?
Al día siguiente, con asombro de mi parte, vi en la prensa una foto de Cantave en un cuartel de Dajabón. Había cruzado la frontera, como la habían cruzado otros haitianos, algunos de ellos heridos; pero Cantave estaba vestido como quien iba a un baile de gala, no como quien llegaba de un combate; y eso indicaba que el general haitiano tenía ropa en Dajabón o en algún lugar cercano. Por primera vez, mis sospechas hallaban un hilo que podía seguirse hasta dar con el ovillo. Hice llamar al Ministro de Relaciones Exteriores y al de las Fuerzas Armadas. “Tenga la bondad de solicitar de la OEA que envíe una comisión para que pruebe sobre el terreno que la agresión a Haití no partió de la República Dominicana”, le dije al primero.
¿Tuvo esa decisión alguna parte en el golpe de Estado? 
A menudo pienso que sí; pues si la OEA investigaba —y mi plan era que investigara a fondo— yo llegaría a saber qué mano oculta manejaba los hilos de una intriga que nos ponía en ridículo como Gobierno, que restaba autoridad al Presidente de la República, el responsable ante el país y ante los organismos internacionales de la política exterior dominicana, y que nos exponía a los dislates de un tirano que era capaz de todo.
 Espero que algún día se aclare el misterio en que están envueltos los repetidos y extraños incidentes domínico haitianos de 1963.

martes, 12 de noviembre de 2013

JUAN BOSCH: LA HISTORIA DEL CONFLICTO HISTÓRICO RD...

 JUAN BOSCH: LA HISTORIA DEL CONFLICTO HISTÓRICO RD...: EN SU 103 ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO. ¡JUAN BOSCH UN HOMBRE DE SIEMPRE! A continuación  presentaremos la historia de un conflicto en...

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10/07/12


¿Dijo usted austeridad? Psicopatalogía de la (ir)racionalidad económica, nuevo libro de Jordi Pigem

¿Quién no ha sospechado alguna vez que la economía que hoy impera es una locura? Se rescatan bancos con grandes sumas de dinero público, mientras se recortan servicios de interés general. Se da prioridad a los intereses financieros por delante del bien común. Todo ello, se nos dice, está avalado por la "racionalidad económica", que el autor califica de "inhumana". En el mundo de la economía, "racionalizar" significa "recortar". Pero ¿qué hay de racional en valorar el dinero más que las personas?


Es como si la mirada tecnocrática, limitada por anteojeras como las que llevan los caballos, sólo viera cifras y abstracciones que tiene enfrente, y no la realidad viva que pisa con sus herraduras y el sufrimiento que genera.



Hay sin embargo, otra posibilidad, más inquietante y más certera. ¿Y si en el núcleo del pensamiento económico convencional hay un trastorno de la percepción y del entendimiento? ¿Una verdadera psicopatología, hábilmente disfrazada de racionalidad?. Pocas cosas son hoy más urgentes que su diagnóstico y su remedio.


28/06/12


Políticos y reinados: ¿de profesión o de vocación?, por Salvador Harguindey

Si algo de positivo ha traído la crisis actual es que ha obligado a la sociedad a abrir los ojos y darse cuenta de la mediocridad e incapacidad que domina a la clase política para resolver los problemas más acuciantes. Además de que han sido los políticos, con la inestimable ayuda de la banca, los responsables directos de originarlos. También es sabido que los grandes problemas nunca pueden ser resueltos al mismo nivel de pensamiento con el que se crearon. Así, El País publicó hace tiempo un artículo en el cual se cuestionaba la necesidad de la existencia de la figura del político profesional, ese individuo que se gana la vida, y demasiado bien por cierto, de su actividad. Nada parece haber cambiado desde que Einstein dijese que el destino de las naciones no debe dejarse inevitablemente en manos de los irresponsables dueños del poder político, añadiendo al efecto que en lo que se refiere a intelecto y moralidad no puede considerárseles una representación del sector más avanzado.

09/05/12


Fe y esperanza en tiempo de crisis, por Koldo Aldai



En la calle y en los medios impera el tema de la crisis pero absolutamente nada frena el brotar de las nuevas hojas, el despertar de la nueva vida en la avanzada primavera. El Ibex en rojo no detiene ninguna clorofila. Los batacazos de la bolsa no paralizan las huertas en mi aldea. La prima de riesgo no afecta el florecer de los campos. El hayedo inmenso gana cada día, quién sabrá de dónde, más fascinante verde. La vida continúa, es el sistema económico urdido por el humano el que quiebra. La naturaleza entera se rige por la economía del bien común que nosotros/as no terminamos de observar. Más allá de ese verde que ahora va conquistando nuestros paisajes, hay un mundo individualista y materialista que zozobra, más allá de la economía real, hay una economía artificial y especulativa que se tambalea.

16/04/12


La dimensión espiritual del ser humano, su despertar, por Ángeles Román

La cultura Maya al referirse al origen del universo, sostiene que el tiempo funda el espacio. Este espacio flexible contiene el cambio incesante del cosmos y de la vida. Con la noción de tiempo medimos estos cambios. 


Para Henri Bergson, filósofo francés del siglo xx, existe un tiempo numerado mezclado con el espacio, cuantitativo; pero existe también un tiempo puro que es mera duración interna, el tiempo verdadero, es el fluir de nuestra interioridad en el sentido cualitativo, desprovisto de medida.



Podemos representar al tiempo cronológico con la clásica flecha que señala el transcurrir de pasado a futuro, principio y fin; y al tiempo puro con una línea de forma helicoidal ascendente, que representa la evolución y la conexión cósmica superior. 


07/04/12


Jesús de Nazaret, indignado. Por eso lo mataron, por Juan José Tamayo

Tras acusar a Dios de ser “nuestra más larga mentira”, calificar a los evangelios de “testimonio de la ya incontenible corrupción existente dentro de la primera comunidad”, definir a Pablo de Tarso como de “disangelista” y dirigir la “maldición sobre el cristianismo en El Anticristo, Nietzsche hace el siguiente retrato idílico de Jesús de Nazaret: “Él no opone resistencia, ni con palabras ni en el corazón, a quien es malvado con él… No se encoleriza con nadie, ni menosprecia a nadie. No se deja ver en los tribunales, ni se deja citar ante ellos (‘no jurar’)… Lo que él legó a la humanidad es la práctica: su comportamiento ante los jueces, ante los sayones, ante los acusadores, ante toda especia de calumnia y burla, su comportamiento en la cruz. Él ora, sufre, ama con quienes, en quienes le hacen mal. No defenderse, no encolerizarse, no hacer responsable a nadie”.


De ser cierta la versión de Nietzsche, Jesús habría huido del conflicto como de la quema y se habría instalado en una religión conformista, sin que nada ni nadie le turbara. Pero nada más lejos de la realidad. Jesús fue un Indignado que adoptó una actitud de rebeldía frente al sistema y se comportó como un insumiso frente al orden establecido. El conflicto, nacido de la indignación, define su modo de ser, caracteriza su forma de vivir y constituye el criterio ético de su práctica liberadora. La insumisión y la resistencia fueron las opciones fundamentales durante los años de su actividad pública, tanto en el terreno religioso como en el político, ambos inseparables en una teocracia y la clave hermenéutica que explica su trágico final.


26/03/12


El triunfo de la dignidad, por Francisco Traver

Una de esas palabras-trampa en la que muchos de nosotros nos caemos con todo el equipo por la fuerza que procede de la costumbre ,es la palabra “espiritualidad”. Se trata de un item que a unos (los reduccionistas del abajo) les da cierta repugnancia, mientras que a otros- los reduccionistas del arriba les viene muy bien para mezclar “churras con merinas” y arrimar el ascua a su sardina que no es otra para ellos sino la evidencia de una Presencia divina. De manera que voy a definirme y contarles lo que para mi significa esta palabra “espiritualidad”. Una espiritualidad laica.


La espiritualidad es la condición no-material de cualquier actividad humana. Sin embargo no hay que confundir la espiritualidad con lo sobrenatural.



Espiritualidad es todo aquello que sucede en lo que hacemos y que se presenta como un plus, algo intangible, algo que se añade y que se situa más allá de la necesidad, y desde luego no es algo material, más que eso, no es algo que sume a la vida sino algo que se sustrae a la muerte. Nada a lo que se puede meter el dedo, no es contable, ni mensurable y sin embargo es algo que tiene el valor de la Verdad. De manera que lo espiritual no pertenece al campo de lo fenoménico sino al campo de lonoumenico, a lo oculto. Es por eso que hablamos de una condición no-material y es por eso que solemos retratarla con la palabra “sagrado”, pues hay algo en una experiencia de ese calibre que nos conecta con un nivel de conciencia elevado por encima de nuestra condición de simios, por encima de la determinación. Es como otra vuelta de tuerca en nuestra condición humana, algo que se parece y mucho a aquella metáfora del monolito de Kubrick en 2001 y los cambios de nivel de conciencia que acontecen a partir de un hito evolutivo. En “Eso” hablé precisamente de esta experiencia que usualmente es una experiencia contemplativa, inútil desde la perspectiva de la razón, tan inútil como una colección de sellos o un poema.


20/03/12


Recuperando nuestra esencia, lo que somos, nuestra espiritualidad, por María Gómez

¿Cómo desenmarañar la multitud de significados, etiquetas, ideas, prejuicios, etc., relacionados con esta palabra? ¿Por qué nos ponemos alerta cuando la escuchamos? Aparece la desconfianza…alguien quiere engañarnos.


Quizás porque de ella se han servido el poder y los poderosos para mantenerse.



Nos la arrancaron de las entrañas, de nuestro ser más profundo y la colocaron lejos, muy lejos fuera de nuestro alcance. Nos hicieron creer que no éramos nada, que todo nuestro valor se encontraba fuera, guardado por algo todopoderoso a quien solo podíamos suplicar perdón por existir, y cuyos designios debíamos acatar sin cuestionamientos.


15/03/12


Presentación del libro Espiritualidad y Política en Barcelona el 20 de marzo




El próximo día 20 de marzo a las 19,30 horas se presenta el libro Espiritualidad y Política (Ed. Kairós) en la Casa del Libro (Rambla Catalunya, 37) de Barcelona. Será una mesa redonda en diálogo con el público.



Participan:



Joan Antoni Melé: Subdirector de Triodos Bank
Antoni Gutierrez-RubíAsesor de comunicación
Jordi PigemEscritor y filósofo de la ciencia
Agustín PánikerDirector de la Editorial Kairós y escritor  
Cristóbal CervantesCoordinador del libro




Día: 20 de marzo, martes
Hora: 19,30 horas
Lugar: Casa del libro. Rambla de Catalunya, nª 37, Barcelona




Más información sobre el libro Espiritualidad y Política:







Algunos comentarios sobre el libro:





Otros coautores del libro:



04/03/12


Por una política terapéutica y espiritual, por Alfonso Colodrón



El título de este artículo tiene pinta de manifiesto. En cierta medida lo es. Intento sin ánimo partidista, pero sí con contundencia y pasión, seguir despierto ante el bombardeo de píldoras adormecedoras: exceso de información sin reflexión; amenazas de catástrofes sin fin; la sociedad del espectáculo en medio de la crisis, la crisis, la crisis.

Gran parte de la población ha caído en un gran espejismo. La crisis económica se ha convertido en el talismán que lo justifica todo:recortes de la inversión pública y de los gastos sociales; bajada de salarios y subida de impuestos; apretarse el cinturón durante los próximos años. Y el común de los mortales se haya atemorizado ante la posibilidad de quedarse sin trabajo y sin ingresos, porque conoce a familiares, amigos o vecinos que las pasan canutas hace tiempo. Acabo el párrafo y me llega este mensaje de una amiga:Hace un mes me ofrecieron un puesto en una fundación, mano derecha de la Presidente. Lo que de inmediato surgió en mi cabeza fue una extraña pregunta: “¿para qué quiero dejar de ser autónoma y trabajar de sol a sol?”, y lo rechacé. Pesarosa y confusa (con la que está cayendo...) esperaba un “castigo divino”. En su lugar recibí otra oferta totalmente inesperada a la semana siguiente. Mi intuición me dijo ¡Sí! En unos días empiezo a trabajar a tiempo parcial en algo ilusionante y con gente de mi onda”. No se dejó vencer por el pánico colectivo.

Y mientras, los políticos “legitimados por las urnas” pueden manejar a su antojo la legislación sin decir que los hilos del poder los tiran otros que están por encima. Sin embargo, se creen los cirujanos que operan, cortan y trasplantan, sin preguntarle al enfermo. Para que sobreviva, dicen ellos. Pero no se cuestionan por qué llegó al quirófano, ni si vale la pena sobrevivir sin piernas, sin brazos y sin riñones. Y los “pobres cirujanos” se recortan sueldos que eran absolutamente escandalosos. No es lo mismo congelarse un sueldo de 5.000 o 10.000 euros mensuales que congelar a los que cobran 400, 700 o 1.000. O dejar sin cobertura ninguna a una parte de la población. Pero el Estado, la Patria, la Comunidad Europea… se convierten en categorías absolutas al servicio de no se sabe quién. ¿O sí?

27/02/12


Segunda edición y eBook del libro Espiritualidad y Política



Ya está en las librerías la segunda edición del libro Espiritualidad y Política (Ed. Kairós) después de casi agotada la primera, y ya está disponible también el eBook, libro electrónico o edición digital. 



Hace cuatro meses que el libro salió a la luz y esta segunda edición es una buena noticia que demuestra que está teniendo una respuesta positiva y está cumpliendo poco a poco su objetivo que era abrir una nueva vía de reflexión y debate sobre el tema. Me consta que hay muchos colectivos y muy diversos que están debatiendo sobre el libro que van desde comunidades cristianas de base a grupos de "indignados", incluso han surgido grupos nuevos a partir del libro y se están haciendo tesis doctorales sobre el mismo. También hay bastantes políticos que han leído el libro, en definitiva, se está moviendo y "está vivo". 



El libro no ha tenido difusión en los medios tradicionales, prensa, radio y televisión, la difusión ha sido por Internet y las redes sociales y el tradicional boca a oido, muchas gracias a todas las personas que han comentado y difundido el libro. 



Por otro lado ya ha salido la edición digital del libro (eBook), está disponible en muchas plataformas y librerías virtuales. Era una petición insistente desde que salió el libro, muchas personas me han preguntado por la edición en libro electrónico y ya está en la Red.



En estos cuatro meses el libro ha llegado a las librerías de America Latina y pronto llegará a EE.UU., espero que siga siendo fuente de luz y esperanza. GRACIAS.



Más información:







Algunos comentarios sobre el libro:





Coautores del libro:




Cristóbal Cervantes
espiritualidadypolitica@gmail.com