Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta Capitalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Capitalismo. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de febrero de 2017

La disyuntiva: el ser o el tener, patria o individualismo


He ahí la disyuntiva: el ser o el tener; el bien colectivo o el individualismo; la patria o el egoísmo personal.

Por: Yusuam Palacios Ortega
Corre a una velocidad inmensa el convulso siglo XXI con sus episodios de crisis que parecen no tener fin. La humanidad sigue teniendo ansias de justicia y clama por un mundo donde la paz, la seguridad y el humanismo sean los referentes esenciales. El orden económico, político, social y cultural hegemónico deviene en enemigo principal de quienes abogamos por el socialismo para construir nuestro proyecto de vida colectiva (ello desde nuestras propias individualidades), con un pensamiento de nación, desde la perspectiva de la Cuba nuestra, con sus realidades, matices y colores; con lo auténtico y original que nos caracteriza.

El capitalismo resulta verdaderamente insostenible para dar respuesta a los ingentes problemas globales que presenta la humanidad, su fase imperialista es un flagelo con altas dosis de nocividad y dañosidad. De ahí la necesidad de promover valores que respondan a la construcción del socialismo, que aboguen por el respeto a la dignidad plena del ser humano, como quería Martí. He ahí la disyuntiva: el ser o el tener; el bien colectivo o el individualismo; la patria o el egoísmo personal.
Enfrentamos una desigual guerra cultural que se traduce en la toma de partido entre el socialismo o el capitalismo: entre la cultura del ser o la cultura del tener, entre el patriotismo o el egoísmo que encuentra su máxima expresión en un individualismo despiadado. La lucha por la supervivencia humana encuentra un escollo muy fuerte en el capitalismo devorador de los pueblos, de sus culturas, identidades y símbolos, quien, a través de la ley del más fuerte, lucha como fiera enjaulada por mantener su hegemonía.
Los cubanos vivimos una Revolución que apuesta por la salvación y dignificación del ser humano; hija de la cultura y las ideas; una Revolución “con los pobres de la Tierra”; con todos y para el bien de todos. El cerco desideologizante de la penetración cultural hegemónica del capitalismo, de la colonización de las mentes tropieza con la coraza ética y el escudo moral de nuestra resistencia como contracultura: la identidad nacional; los valores que nos fraguan como revolucionarios, patriotas y antimperialistas; los símbolos que nos hacen ser militantes por la justicia social, propagadores de las ideas del socialismo, de su cultura.
En este orden resulta valedero compartir las valoraciones de Enrique Ubieta cuando expresa la elección martiana por la cultura del ser:
“…la apuesta que hace Martí de la cultura del ser y en contra de la cultura del tener; estamos hablando de un hombre que le escribió una carta a María Mantilla donde le dice que la belleza de un ser humano no radica en lo que se llevaba por fuera sino por dentro. Establece en la tradición cubana un cauce que sin dudas va a parar al proyecto socialista; y creo que no hay que traer a Martí y convertirlo en marxista, en defensor del socialismo tal cual lo entendemos hoy; pero el ideario en torno a la cultura del ser de Martí es nuestra base para sustentar el ideario anticapitalista. Y es que la cultura del ser se dirime en cuanto se aporta a la sociedad, en cuan útil se sea. Martí hablaba de la utilidad de la virtud, llevaba el término utilidad que es tan caro al pensamiento burgués al plano de la virtud. Es esta una guerra compleja pero tenemos una fortaleza enorme que es nuestra tradición cultural sustentada en Martí, la misma que nos condujo a la Revolución”.
Estas ideas nos hacen reflexionar en el peligro que representa para la humanidad, y por supuesto para Cuba, la guerra cultural que se nos hace, de dimensiones inimaginables, dominadora de las mentes humanas al basarse en la construcción de modos de vida que nada tienen que ver con los “valores” del socialismo; y traigo a la cuartilla el término “socialismo” porque precisamente esta guerra cultural va direccionada directa e indirectamente a que la “percepción del socialismo” sea la de un sistema de miserias, pobreza, decadencias; en fin, toda una construcción cultural en los seres humanos para continuar sosteniendo el capitalismo; aún hoy en su cara monopolista, dominando las trasnacionales, bajo la cárcel que representa el cerco mediático, tergiversador, inductor de los valores del sistema capitalista; éstos se reproducen, son acatados por quienes no han despertado del sueño embrutecedor que constituye la cultura aludida.
El principal instrumento de dominación con que cuenta el enemigo imperialista es la guerra cultural, imponiendo al mundo patrones nocivos de una cultura ajena a las raíces identitarias de los pueblos; ello, desde una maquinaria mediática y la industria del entretenimiento que sólo muestran su operación, a gran escala, de colonización cultural. Y es en este punto en el que se enmarca la batalla cultural por la defensa de nuestra condición de cubanos; la soberanía e independencia, el carácter entero y dignidad humana de los hijos de la Patria. Se trata de salvar la cultura para tener siempre libertad, de ser consecuentes con la historia patria, sentir y vivir los símbolos que nos identifican y definen. Es una actitud ante la vida su respeto, honra y protección.
La clave del patriotismo radica en amar a los símbolos y desterrar el egoísmo personal; colocando en nuestra bandera, alrededor de la estrella, la fórmula del amor triunfante. La realidad cubana nos impone un reto de una alta trascendencia si queremos mantener viva la Revolución. El contexto histórico en que nos encontramos hoy demanda de que las instituciones culturales, con mayor intencionalidad, propaguen la cultura que necesariamente nos mantenga a salvo. Recordemos a Martí cuando expresó:
“…la madre del decoro, la savia de la libertad, el mantenimiento de la República y el remedio de sus vicios, es sobre todo lo demás, la propagación de la cultura: hombres haga quien quiera hacer pueblos.”[1]
Hay que formar patriotas, mujeres y hombres que amen a su patria, homagnos martianos u hombres nuevos cuyo pensamiento y acción sean consecuentes con el momento histórico, hay que prepararlos para la vida, ponerlos a la altura de su tiempo.
Vamos a encontrar en Martí el antídoto a la crisis humanística; sus postulados éticos, su vocación de justicia, su antimperialismo sustentan la contra cultura socialista, y nos arma consecuentemente en la batalla cultural (que es ideológica también) así como en la búsqueda de un socialismo próspero y sostenible; empresa que no puede asumirse sin una mirada crítica a la subjetividad o espiritualidad; siguiendo las claves martianas; de la actualidad que vivimos, de los seres humanos que son colonizados a diario. Por eso Martí es un ser actual, él nos enseña a mirar con ojos judiciales el convite imperialista que continúa haciéndonos daño; él nos sigue dotando de las herramientas éticas para construir el socialismo en Cuba: es una constante inspiración.

jueves, 20 de agosto de 2015

Los retos de la izquierda latinoamericana

Por: Ricardo Arturo Salgado


La intensificación de los ataques de la derecha contra todos los movimientos populares de izquierda, así como sus partidos políticos y gobiernos nos plantean escenarios en los que para seguir adelante, necesariamente tendremos que aplicarnos en muchas tareas que hemos relegado por muchos años, quizá demasiados, si consideramos la fuerza con que nuestros pueblos han buscado incansablemente su liberación y un cambio hacia sociedades más justas y prosperas.

La lección histórica es dura; no basta ganar elecciones y administrar gobiernos para consolidar procesos revolucionarios. Se necesita plantear la vía alternativa que conduzca a los pueblos a la consumación de sus aspiraciones y construya una sociedad capaz de transformarse constantemente, y responder a las exigencias que impone la realidad a cada generación.
La parálisis en la producción teórica, que dura varias décadas, el conformismo excesivo con los planteamientos reduccionistas que ya no son buenos ni para manuales, nos han llevado poco a poco a un camino estéril en el que protestamos, nos declaramos victimas pero no producimos las ideas necesarias para construir el nuevo mundo, que sigue siendo posible. Todo esto nos ha llevado a un callejón sin salida en el que terminamos divorciados de la realidad y sin entender lo que hace el enemigo.
En esto nos movimos pálidamente a aceptar con demasiada facilidad la política tradicional que gusta tanto a la derecha; renunciamos por mucho a lo que somos, y modificamos hasta nuestro vocabulario para entrar en la trampa de la ideología dominante que nos llena de estereotipos y de estigmas. Preferimos disfrazarnos de progresistas, en algunos casos, o pretendernos ultra radicales, en otros, ninguno de ellos consecuente con las necesidades que nos plantea cada momento histórico.
Y es que hemos abandonado la obligatoria misión de producir ideas para sostener nuestros argumentos. En muchos casos caemos en la arrogancia de creer que solo existe una verdad, y en ese punto comenzamos a atomizarnos en un camino sin regreso. Esta posición nos condena irremediablemente a perder el horizonte estratégico, y a enredarnos en profundas discusiones cuyo único asidero son los intereses particulares de grupos que viven muy bien en el entorno del dogma.
La ofensiva de la derecha a nivel continental en estos días es de tal envergadura que no podemos darnos el lujo de obviar cuestiones básicas, pero que muchas veces parecemos olvidar. No puede ser que nosotros sirvamos como herramienta para minar las construcciones revolucionarias en aquellos países donde con muchas dificultades hemos podido avanzar. Llenamos páginas enteras de “verdades” que invariablemente pierden de foco al enemigo, y confunden el blanco.
Esto no quiere decir que quienes dirigen nuestros partidos políticos no cometen errores, ni que llegados al gobierno son infalibles. Al contrario, la falta de producción teórica nos lleva una y otra vez a la improvisación, y con ello nos llegan muchas dificultades para encontrar formas para avanzar y profundizar nuestros procesos. Ahora bien, este asunto tiene sus orígenes en nuestro planteamiento de lucha, no parece, hasta ahora, que hayamos sido capaces de encontrar la forma de superar las estructuras neoliberales imperantes, mucho menos que podamos avanzar en la construcción de un nueva ideología hegemónica.
No solo somos detenidos por la acción incesante del enemigo, que por demás estará siempre presente, sino por nuestras serias limitaciones, así como la grave tendencia que mostramos a la burocratización de nuestras actitudes. En el debate sin sentido sobre lo que no hacemos, dejamos de lado mucho de lo que tenemos que hacer en la labor cotidiana. Políticamente nos hemos acostumbrado a estar en el campo del enemigo, y, peor aún, casi hemos renunciado a construir nuestro propio ambiente.
Otro asunto que tiende a obstaculizar nuestro avance, es la visión local, corto plazista en la que jerarquizamos en orden de “importancia” a cada partido y a cada país. Produciendo inconscientemente, luchadores de primera, segunda, tercera y hasta cuarta categoría. El enemigo no puede pedir mucho más de nosotros. No tenemos un marco común, y preferimos particularizar nuestras realidades al máximo. Esto favorece mucho el accionar desestabilizador de la derecha que es mucho más coherente, y mantiene posiciones en el largo plazo.
No se trata hoy de cuan acertados o equivocados estuvieran Marx, Engels, Lenin o Mao. Se trata de que nosotros hemos fallado a la hora de asumir la responsabilidad de llevar adelante los procesos revolucionarios que aquellos cimentaron con sus ideas. Peor aún resulta la experiencia cuando creemos entrar en el ámbito del pragmatismo, de la “Real Politik” en el que muchas veces hacemos concesiones, aun siendo más fuertes en el escenario.
La idea, cada vez más propagada, del “progresismo” nos presenta un reto sí misma. Adherimos un movimiento que en nombre de la modernidad, frena la misma creatividad de los revolucionarios. Tanto así que la derecha ha tenido poca exigencia en el campo de la propaganda, porque nos regresa invariablemente al expediente de la Unión Soviética, al que nosotros mismos no vemos aun con sentido crítico.
Da la impresión que los casos en que estamos conscientes nos mimetizamos con facilidad a la derecha, y en otros, menos claros, somos víctimas ideológicas inevitables del capitalismo.
Si somos auto críticos, no auto destructivos, encontraremos grandes preguntas: ¿Están la ideología y la economía en campos paralelos, mutuamente excluyentes? ¿Cómo construimos la sociedad socialista? ¿Es el neoliberalismo el único sistema que puede producir riquezas? ¿Cómo combatimos en consumismo demencial en nuestras sociedades? ¿Cómo construimos la unidad alrededor de una correspondencia teórico-práctica? ¿Qué necesitamos para formar cuadros políticos comprometidos con una verdadera integración de nuestros pueblos?, y muchas más. Algo es seguro, esas cuestiones aun no tienen respuestas.
Es necesario, urgente, construir los espacios de pensamiento que nos permitan resolver nuestras limitantes en este campo. Más allá de las organizaciones que ya existen y que cumplen su función, se impone la constitución de uno o varios cuerpos que formulen, que propongan, que discutan, que sean capaces de conocer al enemigo, y le quiten la posibilidad de pensar por nosotros.
(Tomado de Telesur)