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jueves, 27 de abril de 2017

JUAN BOSCH Y LA INTERVENCIÓN MILITAR AMERICANA DE 1965

 
Al cumplirse… (51) años de la última intervención armada de Estados Unidos a la República Dominicana,  el 28 de abril de 1965, los dominicanos que luchamos por la soberanía de nuestra amada Quisquella debemos hacernos una pregunta que hasta ahora nadie ha hecho. 
Al formularla la concibo así: ¿Qué fines perseguía en verdad el gobierno del presidente Lyndon B. Johnson cuando éste dio la orden de iniciar la operación intervencionista? ¿Qué había detrás de la agresión militar de que fue víctima el movimiento constitucionalista iniciado el día 24 de abril de ese año? ¿Qué llevó a los altos funcionarios del gobierno de Johnson y al propio Johnson a decir que habían resuelto enviar tropas a la República Dominicana porque el levantamiento militar y popular del 24 de Abril era comunista y Estados Unidos no podía tolerar la implantación de otro gobierno como el de Cuba en América Latina, y sobre todo en la región del Caribe? ¿Era cierto que los altos funcionarios del gobierno estadounidense y el propio jefe de ese gobierno creían en la naturaleza comunista del levantamiento constitucionalista de una parte de las Fuerzas Armadas dominicanas o actuaron con ese pretexto pero por otras razones?
 
 
En el libro Dictadura con Respaldo Popular (Publicaciones Max, Santo Domingo, segunda edición, febrero de 1971, pp. 78 y siguientes) Juan Bosch decia: “yo hacía referencia a los muchos años de la lucha antitrujillista y daba nombres de personas que se habían destacado en ella, “sin embargo”, decía, “esa lucha sólo tuvo éxito cuando el gobierno de los Estados Unidos, en tiempos del presidente Eisenhower, decidió organizar a la todavía dispersa oligarquía dominicana a fin de que ésta matara a Trujillo y tomara el poder”. 
 
 
 Con un salto sobre un párrafo que no tiene nada de documental, copio a seguidas lo que seguía, que eran datos precisos nunca antes dichos en el país y nunca desmentidos a pesar de que fueron publicados en julio de 1969 en la revista Ahora, que era en esos años la más importante y en consecuencia la publicación no diaria de más circulación en el país; y lo que seguía era esto: “El encargado de realizar ese trabajo fue un coronel retirado de apellido Reed, quien llegó a Santo Domingo y se puso en contacto con algunos comerciantes importadores de artículos norteamericanos e ingleses. A través de uno de esos comerciantes, Reed alquiló una casa en las vecindades del hipódromo Perla Antillana; desde esa casa se dominaba el palco donde se sentaba Trujillo cuando iba a presenciar alguna carrera. En esa ocasión el dictador iba a ser cazado con un rifle de mira telescópica, pero el plan fracasó porque por alguna razón desconocida Trujillo dejó de ir al hipódromo”. 
 
Un Patriota dominicano se enfrenta  a un soldado  Invasor,  armado solo de su coraje caribeño,  defendiendo la dignidad de la patria ultrajada por el Imperio del Norte.
El episodio que conté con esas palabras ocurrió a mediados de 1960 y el comerciante que gestionó el alquiler de la casa desde la cual iba a dispararse contra Trujillo fue Antonio Martínez Francisco, cuyo nombre no mencioné en 1969 porque todavía a esa altura del tiempo eran muchos los protegidos de Trujillo que mantenían vigencia militar en el país y yo no debía exponer a Martínez Francisco al peligro de ser eliminado por uno de ellos, sobre todo si se toma en cuenta que fue él, Martínez Francisco, quien me dio detalles sobre la actividad del coronel Reed, si bien debo decir que a Reed lo había conocido en Washington en la ocasión en que pasé por esa ciudad de viaje hacia Europa, y él, sin ofrecerme datos concretos, me dijo que en 1960 había estado en la República Dominicana para darle cumplimiento a órdenes que había recibido de funcionarios del gobierno de su país. Dicho eso, paso ahora a copiar los párrafos del libro que seguían a los datos referidos. 

 
 
“A través de Antonio Martínez Francisco, el coronel Reed le propuso al general Rodríguez Reyes que encabezara un complot cuya finalidad sería matar a Trujillo. El general Rodríguez Reyes se negó a organizar el complot o a participar en cualquier tipo de acción contra “el jefe”, y Reed y sus amigos dominicanos temieron que Rodríguez Reyes los denunciara; sin embargo, el hombre que poco más de dos años después iba a caer en Palma Sola no los denunció”.
“Los trabajos de Reed en la República Dominicana se prolongaron hasta muy avanzado el año de 1960. En ese tiempo el coronel retirado norteamericano conoció a mucha gente, y de una manera o de otra fue conectando a esa gente, de modo que cuando salió del país ya estaba prácticamente formado el núcleo de lo que iba a ser el sector llamado a dirigir a la oligarquía nacional en el campo político”. 
“Lo que podríamos llamar “el plan Reed” operaba a favor de una ola antitrujillista que estaba siendo estimulada por la crisis económica que se había desatado en los Estados Unidos en 1957 y se había profundizado en Santo Domingo debido a los gastos suntuosos de la Feria de la Paz y se agravó a causa del bloqueo del régimen trujillista acordado en San José de Costa Rica en agosto de 1960. En el orden político, la crisis se manifestaba al nivel de todas las capas sociales. La juventud de la mediana y la alta pequeña burguesía, impresionada por el asesinato de los invasores del 14 de Junio, se organizaba clandestinamente; la escasa burguesía nacional estaba asustada por la magnitud de la crisis económica; los obreros y los campesinos pobres sufrían por la falta de trabajo y el encarecimiento de la vida; una parte de la baja pequeña burguesía y del proletariado de las ciudades comenzó a ser organizada por los líderes del MPD, que habían llegado de Cuba. Trujillo reaccionó con violencia ante esa ola de actividades contra su régimen que se extendía por todo el país; mató a centenares de luchadores, entre ellos a las hermanas Mirabal; llenó de presos la cárcel de La Victoria, inició la persecución del sacerdocio católico; apretó de manera despiadada las tuercas de su régimen, cuya estabilidad confió a la maquinaria de terror que dirigía Johnny Abbes García”. 
 
 
 “El coronel Reed se fue del país y, al mismo tiempo que él, se fueron a los Estados Unidos algunos de los oligarcas que habían estado trabajando con él. Pero el plan norteamericano no quedó abandonado. La Radio Swan fue puesta a la orden de algunos dominicanos; periódicos y revistas de Norteamérica recibieron instrucciones de destacar las noticias desfavorables al sistema de Trujillo; algunos jóvenes de los que trabajaban en Santo Domingo fueron protegidos y sacados del país cuando se tuvieron pruebas de que Abbes García había ordenado su detención, y los funcionarios del consulado general de los Estados Unidos en el país –pues las relaciones diplomáticas habían quedado suspendidas después de la Conferencia de San José de Costa Rica– siguieron haciendo contacto con los grupos oligárquicos. Esta situación duró, por lo menos, hasta el día en que el gobierno norteamericano abandonó completamente el plan de organizar el asesinato de Trujillo”.
 
Pueblo  y soldados patriotas en un pasaje de la guerra patria
 
 “Ese abandono se produjo cuando ya Kennedy estaba en el poder. La invasión de Cuba había terminado en el fracaso de Bahía de Cochinos y era altamente peligroso sumarle a ése un nuevo fracaso en la explosiva zona del Caribe. En el caso de Bahía de Cochinos, Kennedy había salvado la cara diciendo que él cargaba con la responsabilidad de los hechos, ¿pero cómo hubiera podido salvarla de nuevo si Trujillo salía inesperadamente diciéndole al mundo que había descubierto un complot para matarlo y presentaba pruebas de que ese complot estaba dirigido desde Washington? ¿No había sido una acusación similar —la de que él había tratado de matar a Rómulo Betancourt, presidente de Venezuela— la que se había usado para acordar en la Reunión de Costa Rica el bloqueo de la República Dominicana? Dada la naturaleza policíaca del gobierno de Trujillo la conjura podía ser descubierta en cualquier momento y la Casa Blanca podía quedar ante el mundo como un nido de mentirosos empedernidos que al mismo tiempo organizaba expediciones contra Fidel Castro porque era comunista y planes de asesinato de Trujillo porque era un fanático anticomunista”. 
El coronel Caamaño acompañado por el pueblo en arma camino a una de las tantas batallas heroicas que el pueblo dominicano libro contra el Invasor Yanqui.
“La retirada de Reed no detuvo, sin embargo, la marcha de los acontecimientos que iban a desembocar en la muerte de Trujillo. Hasta el momento no se han presentado pruebas de que los que intervinieron en el atentado del 30 de mayo de 1961 tuvieron contacto con Reed o con los norteamericanos que permanecieron en Santo Domingo después de la salida del coronel retirado. Sólo se sabe que un norteamericano, el dueño del colmado Wimpy —si es así como se escribe el nombre de ese comercio—, introdujo en el país algunas de las armas que se usaron en esa ocasión. De todos modos, si los conjurados tuvieron esos contactos, el hecho no le resta méritos a lo que hicieron, pues enfrentarse al dictador para matarlo no era un juego de niños. Por otra parte, cualquiera persona puesta en su lugar habría actuado de manera insensata si hubiera rechazado la ayuda que podían ofrecerle los yanquis. En la situación en que se encontraban ellos y el país, toda ayuda era buena aunque procediera del infierno”. 
“Desde el punto de vista político, lo que tuvo importancia trascendental en esa ocasión no fue que los conjurados del 30 de mayo contaran con la ayuda norteamericana, si es que la tuvieron; lo realmente importante fue que el gobierno de los Estados Unidos, encabezado entonces por el demócrata John F. Kennedy, se aprovechó de la profunda crisis económico-política del país —la más seria que había conocido el país desde el año 1916— para darle a la oligarquía, que todavía era políticamente incapaz de tomar los mandos del país, la consistencia organizativa necesaria a fin de que a la muerte de Trujillo pudiera tomar el poder y lo usara en perjuicio del pueblo y en beneficio, sobre todo, de los intereses norteamericanos”. 
 
 “En los sucesos que se han dado en Santo Domingo a partir de la muerte de Trujillo puede verse con claridad absoluta y con detalles nítidos cuál es el papel que juegan los Estados Unidos en la formación y la consolidación de los frentes oligárquicos. Fueron ellos los que formaron el frente oligárquico dominicano entre 1960 y 1961, y en ese frente, como en todos los de América Latina, ellos pasaron a ser, desde el primer momento, el miembro más poderoso. Como representante político de ese frente formaron la Unión Cívica Nacional, cuya organización fue planeada en Washington con la participación de Donald Reid (Cabral) y (José Antonio) Bonilla Atiles. El primer vehículo de propaganda de la Unión Cívica fue una estación de radio de New York que estaba al servicio del gobierno norteamericano”. 
 
Un  humilde hombre del pueblo  pide a un soldado Yanqui lo deje pasar  para buscar auxilio medico para salvar a un  niño herido por una bala Yanqui  en el momento de una agresión de los soldados americanos a simples ciudadanos indefenso.    
Lo que dije desde París en artículos escritos en el mes de julio de 1969 vino a ser confirmado por el periodista Víctor Grimaldi al darles publicidad en el diario La Noticia del 19 de abril de este año (1985) a documentos oficiales del gobierno de Estados Unidos que consultó en la Biblioteca John F. Kennedy de Boston y en los archivos del Consejo Nacional de Seguridad de Lyndon B. Johnson, en Austin, Texas. En esa publicación Grimaldi dice que “el presidente demócrata John F. Kennedy estaba de acuerdo con su antecesor, el presidente republicano Dwight Eisenhower, en el sentido de que la tiranía trujillista podría provocar una resistencia que diera paso a un movimiento revolucionario similar al de Fidel Castro (en Cuba). Por tanto, tal como lo revelan los documentos oficiales norteamericanos, Kennedy también comprometió al gobierno de su país en los planes para eliminar a un “anticomunista a ultranza” como Trujillo con el propósito de que el fanatismo de ultraderecha no facilitara los planes de los simpatizantes de Fidel Castro que pudieran haber en el país (República Dominicana) por aquella época”. 
 
Entierro de un combatiente constitucionalista  muerto en combate con tropas invasoras
Trujillo fue muerto el 30 de mayo de 1961, y Víctor Grimaldi halló en la Biblioteca John F. Kennedy documentos que “revelan que el 5 de mayo (de ese año) se reunió el Consejo Nacional de Seguridad para analizar la situación de la República Dominicana, Haití y Cuba”. Ese día, refiere Grimaldi, el teniente general Earle G. Wheeler le envió al mayor general Chester Clifton Junior, ayudante militar del presidente Kennedy, un memorando —el número DJSM-546-61— que decía: “Si las circunstancias de la República Dominicana requieren el uso de fuerzas de los Estados Unidos, los planes requeridos están en las manos de las unidades que participarán, y las fuerzas están listas. Los comandantes apropiados de las fuerzas asignadas del Comando del Atlántico han sido alertados de que puede haber problemas en la República Dominicana”, y luego describe esas fuerzas diciendo que incluían 14 destructores, un Phibron con un batallón menos una compañía y un escuadrón de aviones de combate. 
Esos documentos revelan que veinticinco días antes de que Trujillo fuera muerto a tiros mientras salía de la ciudad de Santo Domingo en dirección hacia San Cristóbal el presidente Kennedy estaba listo para actuar militarmente en la República Dominicana si los acontecimientos que esperaba se darían en este país requerían de una intervención armada de Estados Unidos, y revelan también que lo que haría el demócrata John F. Kennedy seguía la misma línea de acción que había establecido su antecesor inmediato, el general Dwight Eisenhower, cuyo gobierno dirigió el acuerdo de San José de Costa Rica mediante el cual el gobierno de Trujillo fue económica y diplomáticamente aislado del resto de los Estados de las dos Américas por haber tramado el asesinato del presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt. El 3 de junio, tres días después de la muerte de Trujillo, el gobierno de Kennedy envió a las costas dominicanas nada menos que 40 unidades navales; y en noviembre de ese año, cuando Ramfis, el hijo de Trujillo, y un grupo de altos oficiales de su confianza se negaban a salir del país tras haber dado muerte a los sobrevivientes de la conjura que culminó en la muerte del dictador, John F. Kennedy envió otra flota a la cabeza de la cual se hallaba nada menos que el portavionesIntrepid.
 
Lo que un observador, que no tiene que ser necesariamente muy sagaz, puede sacar en claro de la identidad de actuación ante el caso dominicano de un gobierno estadounidense republicano y otro demócrata se resume en pocas palabras; esos dos gobiernos, el de Eisenhower y el de Kennedy, fueron en su política exterior, por lo menos en la región del Caribe y hasta cierto punto en el Sudeste Asiático, partidarios de la aplicación de la Doctrina Truman pero no pudieron ejecutarla como lo haría Johnson lo mismo en el Caribe que en Viet Nam. Kennedy trató de aplicar esa llamada doctrina en Cuba y fue derrotado por la decisión de los cubanos, no porque dispusieron de más elementos de guerra que los invasores llevados por el gobierno norteamericano a Bahía de Cochinos; Johnson la puso en práctica en la República Dominicana pero fracasó de manera humillante cuando quiso ejecutarla en Viet Nam, y fracasó a tal punto que su empeño en mantener la guerra en la antigua Indochina le costó el poder puesto que no se atrevió a presentar su candidatura presidencial para un segundo período dada la oposición del pueblo de los Estados Unidos a esa guerra y al gobernante norteamericano que la llevaba a cabo. Conviene tener presente que también Nixon fue partidario de la aplicación en la política exterior de su país de la Doctrina Truman, que ha sido en resumen la de llevar la guerra sin limitación alguna a cualquier país que se proclame socialista lo mismo si está situado en tierras del Nuevo Mundo, como sucedía con Chile, que si se halla en los confines de África, como es el caso de Angola y Etiopía; y naturalmente, el más empecinado en la aplicación de lo que dictaminó Harry S. Truman cuando proclamó, el 12 de marzo de 1947, la llamada Doctrina de la Guerra Fría, nombre con que la bautizaron los periodistas de varias partes del mundo, es Ronald Reagan, para quien la misión de Estados Unidos es destruir el socialismo dondequiera que se establezca o se tema que lo haga, y destruirlo mediante el uso del poderío militar, tal como hizo él en Granada. 
De este breve resumen con que expongo, no juicios sino hechos, brota una comparación con lo que estuvieron haciendo los gobiernos norteamericanos antes de la Segunda Guerra Mundial y desde fines del siglo pasado cuando usaban sus fuerzas armadas para arrastrar a países militar y económicamente débiles a su hegemonía económica; esto es, lo que varias generaciones de latinoamericanos han conocido con el nombre de imperialismo. En la etapa imperialista los gobiernos estadounidenses usaban su poder militar para explotar las riquezas naturales y el trabajo humano de países pequeños, lo mismo si estaban cerca de su territorio —Cuba, Nicaragua, Haití, la República Dominicana, Puerto Rico, Panamá—, como si se hallaban a distancias de varios días de navegación, que era el caso de Guam, Hawai y Filipinas. La explotación requería previa ocupación militar, que en algunos casos acabó siendo ejercida por una mezcla de tropas metropolitanas y policías o soldados naturales del territorio ocupado como sucedió en Puerto Rico, territorio español en el Caribe que ha sido convertido en una colonia aunque toda su población tenga la ciudadanía norteamericana, incluyendo entre los ciudadanos al gobernador de la isla, o en un Estado de la Unión, como es el caso de Hawai. 
 
Soldados Americanos entran a la ciudad de Santo Domingo mansillando el suelo patrio
Tenemos, pues, que en los años del imperialismo llegaban primero los soldados, casi siempre miembros de la Infantería de Marina, y tras ellos los banqueros, los comerciantes; los agentes económicos de la intervención militar, a los que seguían los agentes religiosos, pastores de iglesias protestantes, y los agentes culturales que tenían a su cargo demostrar que en ningún pueblo de la Tierra se vivía con más holgura y seguridad que en Estados Unidos, el paraíso de los ambiciosos donde cualquiera podía hacerse millonario.
Ahora, en la época de las empresas transnacionales no hay necesidad de tomar por medio de las armas un territorio dado porque los llamados inversionistas de dólares tienen a su servicio gobiernos interesados en que se instalen en sus países; ahora la agresión militar se lleva a cabo por miedo, un miedo pavoroso a que el comunismo se expanda por las porciones del mundo desde las cuales puede penetrar en Estados Unidos o puede cercar la tierra del dólar y esterilizarla de tal manera que en ella se acaben los multimillonarios. 
 Ocurre, sin embargo, que la intervención se ejecuta por miedo al comunismo pero se afirma mediante la instalación de empresas industriales, bancarias, comerciales que se hacen al favor del poder militar interventor y del debilitamiento del poder político del país ocupado. Ese es el caso de la República Dominicana, que fue ocupada por las Fuerzas Armadas estadounidenses por miedo a que en el país se estableciera el comunismo y acabó siendo convertida en una neocolonia suministradora de trabajo asalariado barato, de facilidades para montar negocios, lo mismo industriales como la Gulf and Western o la Falconbridge que financieros como el Bank of America, el City Bank o el Chase Manhattan Bank. 
En la etapa que podría denominarse de invasión de empresas capitalistas norteamericanas en un país que ha sido agredido militarmente el gobierno estadounidense se convierte en el agente introductor de las empresas, y en algunos casos ese gobierno es representado por los funcionarios más altos. Así, por lo menos, sucedió en la República Dominicana, donde la Gulf and Western Incorporated, que figura en la conocida lista de Fortuneen lugar destacado entre las 500 multinacionales más importantes de Estados Unidos, fue introducida por recomendación directa del presidente Johnson ante el presidente Joaquín Balaguer cuando los dos jefes de Estado se reunieron en Punta del Este, Uruguay, en el mes de abril de 1967. La Gulf and Western inició sus negocios en el país comprando las instalaciones del Central Romana a su propietaria, la South Porto Rico Sugar, y en menos de diez años se había convertido en una potencia industrial, comercial y financiera dueña de negocios de todo tipo entre los cuales estaban, además de la producción y venta de azúcar y furfural, de frutos tropicales, de cemento, grandes instalaciones turísticas con aeropuerto propio, zonas francas y una firma financiera.

La Gulf and Western Industries es un ejemplo de empresa neocolonial establecida mediante el uso del poder estatal de su país de origen, pero es necesario decir que el poder estatal norteamericano no se mantiene en la República Dominicana alimentado únicamente por el peso en la economía de Estados Unidos que tienen empresas como ésa; se mantiene primordialmente por la autoridad que impone el poderío militar de aquel país sobre las Fuerzas Armadas dominicanas. Para la generalidad de las personas, tanto en nuestro país como en los de Europa, América Latina y Estados Unidos, la intervención armada de 1965 terminó cuando las tropas norteamericanas retornaron a sus cuarteles en Puerto Rico y Norteamérica, y sin embargo no sucedió así porque la reorganización de las fuerzas militares dominicanas fue impuesta por los interventores y los que quedaron en las posiciones de mando de esas fuerzas fueron hombres escogidos entre los que habían demostrado lealtad a los principios ideológicos del Pentágono cuyos representantes aquí serían los miembros de la Misión Militar norteamericana. Naturalmente, en casos similares hay siempre excepciones y las hubo también en la República Dominicana, pero en número muy limitado.
El ejercicio de la autoridad militar de Estados Unidos en nuestro país ha tenido muchas manifestaciones y a seguidas vamos a exponer algunas de las más ostensibles porque las que se han hecho de manera encubierta aparecerán en público sólo cuando sea posible examinar sin limitaciones los documentos secretos que se guardan en los archivos del Pentágono y del Consejo de Seguridad Nacional estadounidense. 
 De las actuaciones conocidas, la más importante fue la misión encabezada por el general Dennis McAuliffe, jefe del Comando Sur (Zona del Canal, Panamá) del Ejército de Estados Unidos, formada por él y por varios coroneles que llegaron al país a cumplir órdenes del presidente Antonio Guzmán, quien, tomó posesión de la presidencia de la República el 16 de agosto de 1978 y se proponía retirar a los numerosos jefes militares que en la noche del 16 al 17 de mayo de ese año habían puesto en ejecución un plan para sustraer la documentación de las elecciones que se habían celebrado el día 16. Los documentos habían sido llevados a la Junta Central Electoral donde estaba haciéndose el conteo de los votos emitidos y las noticias en que se daba cuenta de ese conteo eran transmitidas por estaciones de radio, razón por la cual pasada la media noche empezó a conocerse que los resultados estaban siendo favorables al candidato presidencial del Partido Revolucionario Dominicano, el señor Antonio Guzmán, y a eso de las 3:30 de la mañana entraron al local de la Junta Central Electoral fuerzas militares que se apoderaron de la documentación y la llevaron a lugares controlados por ellos.
 
 Juan Bosch habla en una manifestacion y a su lado el Coronel Caamaño.

A raíz de ese hecho se declaró en la jefatura de la Policía que el ganador de las elecciones había sido el presidente Joaquín Balaguer, quien mantenía el poder desde hacía años con apoyo político, económico y militar de cuatro gobiernos norteamericanos: los presididos por Johnson, Nixon, Ford y Carter. El Dr. Joaquín Balaguer había sido elegido presidente en el año 1966 con el beneplácito del gobierno de Johnson, quien le dio toda suerte de respaldo incluyendo el envío desde Miami en aviones que aterrizaban en la base aérea de San Isidro, a 15 kilómetros de la ciudad de Santo Domingo, cargados de urnas llenas de votos falsos; en las elecciones de 1970 no figuró el Partido mayoritario de la oposición, el Partido Revolucionario Dominicano, debido a que el gobierno no ofrecía garantías de ninguna especie a los activistas electorales de ese partido, y en las de 1974 el PRD se retiró 24 horas antes por la misma razón; pero en las de 1978 la situación había cambiado porque el PRD había abandonado del todo, desde fines de 1973, su línea de oposición a la Gulf and Western y en general a la política de entrega de las tierras y las minas del país a empresas norteamericanas, y con ese abandono pasó a ser la organización política favorita del gobierno de Estados Unidos, que estaba encabezado en 1978 por Jimmy Carter. Carter en persona dirigió el operativo político y militar destinado a sacar del poder al Dr. Balaguer y llevar a él a Antonio Guzmán y en poco tiempo consiguió que el Dr. Balaguer accediera a reconocer la victoria electoral de Guzmán si a él se le atribuía la victoria en cuatro provincias donde su partido había perdido las elecciones, con lo cual él pasaba a tener mayoría de un asiento en el Senado. 
En el orden político, Carter aceptó la propuesta de Balaguer y con él la aceptó Guzmán, pero tanto Carter como Guzmán se reservaron el uso del poderío militar norteamericano para mostrarlo en el momento mismo en que Guzmán pasara a ser presidente de la República Dominicana, y así se hizo con el envío del general McAuliffe y varios coroneles del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos cuya misión fue ejecutar, pidiéndoles a los afectados que las aceptaran, las órdenes de retiro de varios generales y coroneles dominicanos considerados políticamente adictos al Dr. Balaguer, Posiblemente con esa operación se inició una nueva etapa en el uso del poderío militar estadounidense en condición de instrumento de dominación política en países neocoloniales.
 La supervisión de la situación militar y política del país por parte del Pentágono ha estado a cargo, desde agosto de 1978, del propio general McAuliffe, quien volvió a la República Dominicana poco después de su primera visita; del general Robert B. Tanguy, comandante de la División Aérea Sur de la Aviación y vicecomandante en jefe del Comando Sur con asiento en Panamá. El general Tanguy se reunió con el presidente Guzmán el 9 de septiembre de 1979. El 29 de enero de 1980 llegó el mayor general Robert L. Schweitzer, director de Estrategias, Planes y Políticas del Ejército, quien en declaraciones a la prensa dominicana dijo que había venido a brindar apoyo para combatir la subversión comunista y para “fortalecer con nuestros amigos de la República Dominicana las acciones políticas, sociales, económicas y militares que podamos hacer juntos frente a esa amenaza comunista”, y afirmó que Estados Unidos “sabe bien la posición estratégica que tiene la República Dominicana, especialmente porque está ubicada entre el Canal de la Mona y el Paso de los Vientos y ésa es una razón por la que todos los barcos que se dirigen al Canal de Panamá necesitan pasar por aquí”. 
Apenas mes y medio después, el 14 de marzo, llegó el almirante y general de cuatro estrellas Harry D. Train, jefe de la flota, y también él hizo declaraciones sobre el peligro del “avance del comunismo”; el 12 de mayo vino el teniente general Wallace Nutting, nuevo jefe del Comando Sur del Ejército con sede en Panamá; el jefe de la Fuerza Aérea del mismo Comando, el general James Walters, se reunió el 30 de septiembre con el presidente Guzmán; el 1º de junio de 1981 llegó, en condición de enviado especial del presidente Reagan, el teniente general retirado Vernon Walters, conocido como agente político-militar al que se le atribuye estar muy versado en los problemas políticos y militares de la región del Caribe. 
El general Robert L. Schweitzer volvió al país al comenzar el mes de agosto de 1983 en calidad de presidente de la Junta Interamericana de Defensa y se entrevistó con el presidente Jorge Blanco; menos de dos meses después, el 27 de septiembre, vino acompañado de varios oficiales el mayor general William E. Masterson, vicecomandante en jefe del Comando Sur y comandante de la División Aérea de ese Comando en Panamá; el 19 de marzo de 1984 llegó el almirante Ralph Hedge, jefe de la Fuerza Naval de Estados Unidos en el Caribe, y un año después, el 19 de marzo de 1985, llegó el jefe de la Flota Atlántica y del Comando Naval de Estados Unidos, almirante Wesley McDonald, quien declaró en rueda de prensa que Estados Unidos intervendría militarmente el país si el gobierno dominicano lo solicitaba y si las circunstancias del momento lo aconsejaban; reafirmó el respaldo militar norteamericano a la República Dominicana e hizo los consabidos señalamientos anticomunistas. El presidente Jorge Blanco, a quien el militar estadounidense no había visitado, por lo menos públicamente, visitó el portaviones Nimitz, en el cual viajaba el almirante McDonald. 
Aunque parezca innecesario, debo decir que las visitas de los jefes militares mencionados en estas páginas fueron acompañadas de exhibiciones de poder naval y aéreo porque en la mayoría de los casos vinieron al país en transportes de guerra que eran aviones o portaviones, fragatas y destructores armados de cohetes, todo lo cual se ha estado haciendo para dejar en el ánimo de los militares dominicanos, y por lo menos de una parte de nuestro pueblo, la idea de que el poderío militar de Estados Unidos es invencible. 
En resumen, lo que surge de un análisis de las causas que dieron origen a la intervención armada de Estados Unidos en la República Dominicana iniciada el 28 de abril de 1965 con el pretexto de que en nuestro país se había producido un levantamiento comunista es la convicción de que con esa acción Estados Unidos dejó atrás la etapa del imperialismo impulsado por razones económicas que había sido su política de penetración y dominación mundial desde fines del siglo pasado hasta mediados del actual y pasó a actuar en el terreno militar en forma de agresión armada defensiva por miedo a la instauración del comunismo en territorios que el capitalismo norteamericano consideró desde los tiempos de Monroe reservas destinadas a ser usadas por él. 
La Revolución Rusa no alarmó a los capitalistas estadounidenses mientras no apareció en uno de esos territorios que habían sido considerados reservas para ser explotadas por ellos. La alarma primero y el miedo después a ese sistema social, político y económico que reemplaza al capitalismo apareció en Estados Unidos cuando quedó instalado en Cuba, y aun desde antes, puesto que fueron las sospechas de que la Revolución Cubana era comunista lo que provocó la formación de la fuerza expedicionaria llamada a penetrar en Cuba por Bahía de Cochinos. 
El miedo del gobierno de Eisenhower al establecimiento de un régimen comunista en Cuba llevó al gobierno revolucionario cubano a apoyarse en la Unión Soviética, primero económicamente y después en la ayuda militar, única manera de sobrevivir a las amenazas políticas y las medidas económicas que le llegaban de Estados Unidos y por fin a la convicción de que por órdenes del presidente Eisenhower la CIA estaba organizando una fuerza armada de cubanos que habían pasado a vivir en Estados Unidos. 
La expansión del llamado comunismo, que en realidad es socialismo y puede tardar hasta cien años en pasar a ser comunismo, aterra a los capitalistas de Estados Unidos y con ellos a sus representantes políticos a tal punto que una isla minúscula del Caribe como es Granada le pareció al gobierno del presidente Reagan un continente gigantesco lleno de cohetería y toda suerte de armas imbatibles destinadas a aniquilar no sólo el poderío sino la población entera de Norteamérica. En la República Dominicana, donde el año 1965 no había cien comunistas, el miedo de Johnson y de todos los altos funcionarios de su gobierno dio lugar a la intervención armada cuyas causas se estudian en estas páginas, pero esa intervención creó una fecha histórica, y con ella una bandera de lucha por la liberación nacional alrededor de la cual se organizan los mejores hijos del pueblo. 
 En el escudo de esa bandera figuran los mártires de 1965 y dos nombres de jefes militares que entraron en la historia nacional: Francisco Alberto Caamaño y Rafael Fernández Domínguez. 
A ellos dedica el autor estas páginas. 
Santo Domingo, R. D. 
18-19 de abril, 1985.
 
Editora Alfa y Omega, 1985, primera edición.

lunes, 24 de abril de 2017

Neruda le canto a la epopeya histórica de abril de RD

Neruda universalizó en 1966 epopeya histórica de la patria quisqueyana, República Dominicana.

Prestigiosos poetas, escritores, músicos, compositores y pintores dominicanos y extranjeros plasmaron en sus obras su admiración por el pueblo dominicano enfrentado en su lucha por la constitucionalidad y la democracia al poder de los Estados Unidos, la potencia económica y militar más poderosa de la tierra.

Así como el español Francisco Villaespesa les cantó a los dominicanos en lucha por la desocupación de las tropas norteamericanas del país durante los años 1916 y 1924, con la invasión de 1965 se produjo un movimiento cultural de mayor envergadura cuyos trabajos merecen el conocimiento y la ponderación de las nuevas generaciones.

Mientras poetas nacionales como Pedro Mir, Manuel del Cabral, Abelardo Vicioso y René del Risco Bermúdez, por solo citar algunos, resaltaban el valor de los combatientes constitucionalistas frente a las tropas invasoras, en el plano internacional se destacó el chileno de fama universal Pablo Neruda, cuyo poema Versainograma a Santo Domingo, que para muchos no ha sido lo suficientemente valorado en los círculos políticos e intelectuales del país.

Un joven poeta haitiano residente en el país, Jaques Viaux Reneaud, dejó su vida en pleno combate contra las tropas de intervención. Sus versos también debieran ser valorados como parte del impacto cultural que tuvo la guerra patria en la región caribeña.

Neruda, militante del Partido Comunista Chileno, era más político y más intelectual que esos gurúes dominicanos que no reconocen el valor estético y humanístico de Versainograma a Santo Domingo, probablemente porque se sienten aludidos en los acusadores versos del bardo chileno.

Versainograma a Santo Domingo, como su título sugiere, es un canto popular a un pueblo en lucha. Los poetas populares chilenos cultivan la Versaina, que como los viejos juglares cantan de plaza en plaza, muchas veces acompañados de guitarras, las historias heroicas de las colectividades. Las versainas son comparables con las décimas y las coplas populares en República Dominicana.

Neruda quiso expresar su respeto y admiración a los dominicanos con un canto de pueblo, con metáforas y figuras que, aunque sencillas, tienen el sello de la expresión poética de quien, según el Nobel colombiano Gabriel García Márquez, fue el poeta más grande del mundo de todas las épocas.

El autor de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada escribió el poema en su casa de Isla Negra, región de Valparaiso, precisamente en febrero de 1966, en momentos que República Dominicana debió celebrar su Mes de la Patria invadida por el ejército de los Estados Unidos.

Conspiración del silencio contra el Versainograma

En nuestros círculos literarios, cuando se quiere opacar una determinada obra o la vida de un escritor, sencillamente se le ignora con lo que se ha dado a llamar “la conspiración del silencio”. Los años que siguieron al poema nerudiano fueron en el país de gran represión gubernamental con una izquierda sectaria que controlaba importantes áreas de la actividad intelectual, especialmente las que se originaban en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

Neruda, quien manifestó su interés en venir al país a conocer el pueblo que tanto admiraba, no pudo realizar ese deseo por la oposición rabiosa y desafiante de un grupo maoísta llamado Partido Comunista de la República Dominicana (Pacoredo), que acusó al poeta de ser “un agente del social imperialismo soviético”.

 Lo cierto es que Versainograma a Santo Domingo es la obra de un poeta universal en honor al pueblo dominicano, y como tal debe ser valorado por los hijos de esta tierra que se sienten orgullosos de su dominicanidad. Sería oportuno que volviésemos a leer reflexivamente, a seguidas, el poema en cuestión.

Versainograma a Santo Domingo

Perdonen si les digo unas locuras
En esta dulce tarde de febrero
Y si se va mi corazón cantando
hacia Santo Domingo, compañeros.

Vamos a recordar lo que ha pasado
Desde que don Cristóbal marinero
Puso los pies y descubrió la isla.
¡Ay mejor no la hubiera descubierto!
Porque ha sufrido tanto desde entonces
Que parece que el Diablo y no Jesús
Se entendió con Colón en este aspecto.

Estos conquistadores españoles
Que llegaron desde España con lo puesto
Buscaban oro y lo buscaban tanto,
Como si le sirviese de alimento.

Enarbolando a Cristo con su cruz
Los garrotazos fueron argumentos
Tan poderosos que los indios vivos
Se convirtieron en cristianos muertos.

Aunque hace mucho de esta historia amarga
Por amarga y por vieja se las cuento
Porque las cosas no se aclaran nunca
Con el olvido ni con el silencio.

Y hay tanta iniquidad sin comentario
En la América hirsuta que nos dieron
Que si hasta los poetas nos callamos
No hablan los otros porque tienen miedo.

Ya se sabe que un día declaramos
La independencia azul de nuestros pueblos
Uva por uva América Latina
Se derramó como un racimo negro
De nacionalidades diminutas
Con mucha facha y con poco dinero.

(Andamos con orgullo y sin zapatos
Y nos creemos todos caballeros.)

Cuando tuvimos pantalones largos
Nos escogimos pésimos gobiernos
(rivalizamos mucho en este asunto:
Santo Domingo se sacó los premios.)

Tuvo presidentes singulares
Déspotas sanos, déspotas enfermos,
Tiranos tontos y tiranos ricos,
Mandones locos y mandones viejos.

En esta variedad un tanto triste
Tuvieron a Trujillo sempiterno
Que gracias a un balazo se enfermó
Después de cuarenta años de gobierno.
Podríamos decir de este Trujillo
(a juzgar por las cosas que sabemos)
Que fue el hombre más malo de este mundo
(si no existiese Johnson por supuesto).

(Se sabrá quien ha sido más malvado
Cuando los dos estén en el infierno).

Cuando murió Trujillo respiró
Aquella pobre patria de tormentos
Y en un escalofrío de esperanzas
Subió la luna sobre el sufrimiento.

Corre por los caminos la noticia,
Santo Domingo sale del infierno,
Por fin elige un presidente puro:
Es Juan Bosch que regresa del destierro.

Pero no les conviene un hombre honrado
A los gorilas ni a los usureros.
Decretaron un golpe en Nueva York:
Lo echan abajo con cualquier pretexto,
Lo destierran con su Constitución,
Instalan a cualquier sepulturero
En el trono del mando y del castigo.
Y los verdugos vuelven a sus puestos.

“La democracia representativa
Ha sido restaurada en ese pueblo”
Dijo El Mercurio en su editorial
Escrito en la embajada que sabemos.

Pero esta vez las cosas no marcharon.
De un modo inesperado aunque severo
A norteamericanos y gorilas
Les salieron tornillos en el queso.
Y con voz de fusiles en la calle
Salió a cantar el corazón del pueblo.

Santo Domingo con su pueblo armado
Borró la imposición de los violentos:
Tomó ciudades, campos, y en el puente,
Con el pecho desnudo y descubierto,
Aplastó tanques, desafió cañones.
Y corría impetuoso como el viento
Hacia la libertad y la victoria,
Cuando el texano Johnson, el funesto,
Con la sangre de muchos en las manos,
Hizo desembarcar sus marineros.

Cuarenta y cinco mil hijos de perra
Llegaron con sus armas y sus cuentos,
Con ametralladoras y napalm
Con objetivos claros y concretos:
“poner en libertad a los ladrones!
Y a los demás hay que meterlos presos!”.

Y allí están disparando cada día
Contra dominicanos indefensos.

Como en Vietnam, el asesino es fuerte,
Pero a la larga vencerán los pueblos.

La moraleja de este cuento amargo
Se la voy a decir en un momento
(no se lo vayan a contar a nadie:
Soy pacifista por fuera y por dentro!).

Ahí va:
Me gusta en Nueva York el yanqui vivo
Y sus lindas muchachas, por supuesto,
Pero en Santo Domingo y en Vietnam
Prefiero norteamericanos muertos!

Pablo Neruda, Isla Negra (Chile),
Febrero, 1966.

domingo, 23 de abril de 2017

BOSCH: La Revolución Dominicana de abril no fue un hecho improvisado.






Los Estados Unidos, que en el mes de abril (1965) tenían en Vietnam 23 mil hombres, desembarcaron en Santo Domingo 42 mil. Para los funcionarios de Washington, los sucesos de la República Dominicana eran de naturaleza tan peligrosa que se prepararon como si se tratara de llevar a cabo una guerra de la que dependía la vida misma de los Estados Unidos. La fuerza de los Estados Unidos se usó en el caso de la Revolución Dominicana de una manera absolutamente desproporcionada. Un pueblo pequeño y pobre que estaba haciendo el esfuerzo más heroico de toda su vida para hallar su camino hacia la democracia fue ahogado por montañas de cañones, aviones, buques de guerra, y por una propaganda que presentó ante el mundo los hechos totalmente distorsionados.

La Revolución Dominicana de abril no fue un hecho improvisado. Era un acontecimiento histórico cuyos orígenes podían verse con claridad. En realidad, esa revolución estaba en marcha desde fines de 1959, y fue manifestándose gradualmente, primero con una organización clandestina de jóvenes de la clase media que fue descubierta a principios de 1960, después con la muerte de Trujillo en mayo de 1961, más tarde con las elecciones de diciembre de 1962 y por último con la huelga de mayo de 1964. El golpe de Estado de septiembre de 1963 no podía detener esa revolución. Fue una ilusión de gente ignorante en achaques de sociología y de política pensar que al ser derrocado el Gobierno que yo presidí la revolución quedaba desvanecida. Fue una ilusión creer, como consideraron los que formulan en Washington la política dominicana, que una persona de buena sociedad y de los círculos comerciales era el hombre indicado para dominar la situación dominicana.

Fueron precisamente el uso de la fuerza y la frivolidad del favorito de Washington —Donald Reid Cabral— los factores que aceleraron el estallido de la revolución de abril. 

La Revolución Dominicana tenía causas no sólo profundas, sino además viejas. La falta de libertades de los días de Trujillo y el desprecio a las masas del Pueblo volvieron a gobernar el país a partir del golpe de Estado de 1963; el hambre general se agravó con la política económica sin sentido del equipo encabezado por Reid Cabral, y la corrupción trujillista resultó a la vez más extendida y más descarada que bajo la tiranía de Trujillo. Se pretendió volver al trujillismo sin Trujillo, un absurdo histórico que no podía subsistir. La clase media y las grandes masas se aliaron en un mismo propósito; barrer ese pasado ignominioso que había renacido en el país y retornar a un estado de ley y de honestidad pública.

Veamos ahora el punto que toca al tiempo histórico. Lo que le da carácter peculiar a la historia de Santo Domingo es lo que en otras ocasiones he llamado su “arritmia”. Los acontecimientos dominicanos suceden en un tiempo que no corresponde al tiempo histórico general de la América Latina. El momento histórico en que se hallaba la República Dominicana en abril de 1965 era el equivalente de 1910 en México, y es curioso que los Estados Unidos actuaran sobre Santo Domingo, en cierto sentido, como lo hicieron sobre México en 1910, aunque alegaran para ello que en Santo Domingo estaba en marcha una segunda Cuba. Pero en Santo Domingo no podía estar en marcha en abril de 1965 una segunda Cuba como no podía producirse en México de 1910. Lo que había estallado en la República Dominicana en abril de 1965 era —y es— una revolución democrática y nacionalista; y el 1965 era el momento histórico exacto para que los dominicanos iniciaran su revolución democrática y nacionalista. En términos de 1965,  justicia económica.

Por otra parte, el nacionalismo es un sentimiento que se origina en la necesidad vehemente de hacer progresar en todos los órdenes el propio país, en la necesidad de afirmar la conciencia nacional en el campo económico, en el político y en el moral, y toda revolución verdadera, sobre todo si es democrática, tiene un alto contenido de nacionalismo. Para no equivocarse en el caso de la Revolución Dominicana de 1965 bastaba con situarla en su tiempo histórico. Eso hubiera servido también para evitar el costoso error político de considerar que era una revolución comunista o en peligro de derivar hacia el comunismo. 

El precio que pagarán los Estados Unidos por ese error será alto, y a mi juicio lo veremos en nuestro propio tiempo. Un índice de la magnitud del error es el tamaño de la fuerza usada originalmente para embotellar la revolución. Los Estados Unidos, que en el mes de abril tenían en Vietnam 23 mil hombres, desembarcaron en Santo Domingo 42 mil. Para los funcionarios de Washington, los sucesos de la República Dominicana eran de naturaleza tan peligrosa que se prepararon como si se tratara de llevar a cabo una guerra de la que dependía la vida misma de los Estados Unidos. Siempre recordaré como un síntoma de esa enorme equivocación un detalle de la densa propaganda hecha por el departamento de guerra psicológica, el del famoso submarino ruso capturado en el puerto de la vieja capital dominicana. Ese submarino desapareció misteriosamente tan pronto llegaron a Santo Domingo los primeros periodistas norteamericanos independientes, pero sigue navegando en las aguas del rumor interesado. 

La fuerza de los Estados Unidos se usó en el caso de la Revolución Dominicana de una manera absolutamente desproporcionada. Un pueblo pequeño y pobre que estaba haciendo el esfuerzo más heroico de toda su vida para hallar su camino hacia la democracia fue ahogado por montañas de cañones, aviones, buques de guerra, y por una propaganda que presentó ante el mundo los hechos totalmente distorsionados. La revolución no fusiló una sola persona, no decapitó a nadie, no quemó una iglesia, no violó a una mujer; pero todo eso se dijo, y se dijo en escala mundial; la revolución no tuvo nada que ver ni con Cuba ni con Rusia ni con China, pero se dio la noticia de que 5 mil soldados de Fidel habían desembarcado en las costas dominicanas, se dio la noticia de que había sido capturado un submarino ruso y se publicaron “fotos” de granadas enviadas por Mao Tse-Tung. La reacción norteamericana ante la Revolución Dominicana fue excesiva, y para comprender la causa de ese exceso habría que hacer un análisis cuidadoso de los resultados que puedan dar la fe en la fuerza y el uso ilimitado de la fuerza en el campo político, y convendría hacer al mismo tiempo un estudio detallado del papel de la fuerza cuando se convierte en sustituto de la inteligencia. 

En el caso de la Revolución Dominicana, el empleo de la fuerza por parte de los Estados Unidos comenzó a tener malos resultados inmediatamente, no sólo para el Pueblo dominicano sino también para el Pueblo norteamericano. Con el andar de los días, esos resultados serán peores para los Estados Unidos que para Santo Domingo. Pero mantengámonos ahora dentro del límite estrecho de los daños causados a Estados Unidos en Santo Domingo. 

Por de pronto, la Revolución Dominicana, que hubiera terminado en el propio mes de abril a no mediar la intervención de los Estados Unidos, quedó embotellada y empezó a generar fuerzas que no estaban en su naturaleza, entre ellas odio a los Estados Unidos. Ese odio no se extinguirá en mucho tiempo. El nacionalismo sano de la revolución irá convirtiéndose a medida que pasen los meses en un sentimiento antinorteamericano envenenado por la frustración a que fue sometida la revolución. 

Y es una tontería insigne considerar que el nacionalismo de los pueblos pequeños y pobres puede ignorarse, desdeñarse o doblegarse. La más poderosa de las armas nucleares es débil al lado del nacionalismo de los pueblos pequeños y pobres. El nacionalismo es un sentimiento profundo, casi imposible de desarraigar del alma de las sociedades una vez que aparece en ellas, y ese sentimiento, según lo demuestra la historia, lleva a los hombres a desafiar todos los poderes de la tierra. Ahora bien, cuando el nacionalismo democrático es ahogado o estrangulado, pasa a ser un fermento, tal vez el más activo, para la propagación del comunismo. 

Estoy convencido de que el uso de la fuerza de los Estados Unidos en la República Dominicana producirá más comunistas en Santo Domingo y en la América Latina que toda la propaganda rusa, china o cubana. La fuerza, en su caso, fue empleada para impedirles que alcanzaran su democracia. Para muchos norteamericanos esto no es y no será cierto, pero yo estoy exponiendo aquí lo que sienten y sentirán por largos años los dominicanos, no las intenciones norteamericanas. Debido a que la fuerza nunca es tan fuerte como creen quienes la usan, los Estados Unidos tuvieron que recurrir en Santo Domingo a un expediente que les permitiera usar la fuerza sin exponerse a las críticas del mundo; y eso explica la creación de la junta cívico-militar encabezada por Antonio Imbert. Esa junta, como es de conocimiento general, fue la obra del embajador John Bartlow Martin, es decir, de los Estados Unidos; y pocas veces en la historia reciente se ha cometido un error tan costoso para el prestigio de los Estados Unidos como el que se cometió al poner en manos del señor Imbert parte de las fuerzas armadas dominicanas y al proporcionarles como justificación para sus crímenes el argumento de estar combatiendo el comunismo en Santo Domingo. Las matanzas de dominicanos y extranjeros —entre los últimos, un sacerdote cubano y uno canadiense— realizadas por las fuerzas de Imbert bajo el pretexto de que estaban aniquilando a los comunistas, quedarán para siempre en la historia dominicana cargadas en la cuenta general de los Estados Unidos y en la particular del señor Martin. 

Esas matanzas fueron hechas mientras estaban en Santo Domingo las fuerzas norteamericanas; y además el embajador Martin sabía quién era Imbert antes de invitarlo a encabezar la junta cívico-militar. La tiranía de Imbert fue establecida a ciencia y conciencia, y después de la tiranía de Trujillo no había excusa que pudiera justificar el establecimiento de la de Imbert. 

La revolución no fusiló a nadie ni decapitó a nadie; pero las fuerzas de Imbert han fusilado y decapitado a centenares, y aunque a esos crímenes no se les ha dado la debida publicidad en los Estados Unidos, figuran en los expedientes de la Comisión de los Derechos Humanos de la OEA y de las Naciones Unidas, con todos sus horripilantes detalles de cráneos destrozados a culatazos, de manos amarradas a la espalda con alambres, de cadáveres sin cabezas flotando en las aguas de los ríos, de mujeres ametralladas en los “paredones”, de los dedos destruidos a martillazos para impedir la identificación de los muertos. La mayor parte de las víctimas fueron miembros del Partido Revolucionario Dominicano, un partido reconocidamente democrático, pues la función de la llamada democracia de Imbert es acabar con los demócratas en la República Dominicana. Parece un sangriento sarcasmo de la historia que los crímenes que se le achacaron a la revolución sin haberlos cometido, hayan sido cometidos por un falso gobierno creado por los Estados Unidos sin que eso conmueva a la opinión norteamericana. La mancha de esos crímenes no caerá toda sobre Imbert, que al fin y al cabo es un ave de paso en la vida política dominicana; caerá también sobre los Estados Unidos y, por desgracia, sobre el concepto genérico de la democracia como sistema de gobierno. O yo no conozco a mi pueblo, o va a ser difícil que a la hora de determinar responsabilidades los dominicanos de hoy y de mañana sean indulgentes con los Estados Unidos y duros solamente con Imbert.

En general, va a ser difícil salvar a los Estados Unidos de responsabilidad en todos los males futuros de Santo Domingo, aún de aquellos que se hubieran producido naturalmente si la revolución hubiera seguido su propio curso. El Pueblo dominicano no olvidará fácilmente que los Estados Unidos llevaron a Santo Domingo el batallón nicaragüense “Anastasio Somoza”, el émulo centroamericano de Trujillo; que llevaron a los soldados de Stroessner, los menos indicados para representar la democracia en un país donde acababan de morir miles de hombres y mujeres del Pueblo, peleando por establecer una democracia; que llevaron a los soldados de López Arellano, que es para los dominicanos una especie de Wessin y Wessin hondureño.

 En todos los textos de historia dominicana del porvenir figurará en forma destacada el bombardeo a que fue sometida la ciudad de Santo Domingo durante 24 horas los días 15 y 16 de junio. Todos estos puntos a que me he referido a la ligera son consecuencias del uso de la fuerza como instrumento de poder en el tratamiento de los problemas políticos. Una apreciación inteligente de los sucesos de Santo Domingo hubiera evitado los males que ha producido y producirá el uso de la fuerza que se desplegó en el caso dominicano. 

Para la sensibilidad de los pueblos de la América Latina, para su experiencia como víctimas tradicionales de gobiernos de fuerza, todo empleo excesivo e injusto de la fuerza provoca sentimientos de repulsión. Desde el punto de vista de los latinoamericanos, los Estados Unidos cometieron en Santo Domingo el peor error político de este siglo. El presidente Johnson dijo que los infantes de marina de su país habían ido a Santo Domingo a salvar vidas, pero lo que puede asegurar el que conozca la manera de sentir de los latinoamericanos es que esos infantes de marina destruyeron en todo el Continente la imagen democrática de los Estados Unidos. Es que parece estar en la propia naturaleza de la fuerza destruir en vez de crear, y cuando se usa en forma excesiva e inoportuna, la fuerza tiende a destruir a quien la usa. Una revolución puede detenerse con la fuerza, pero sólo durante cierto tiempo.

En muchos sentidos, las revoluciones son terremotos históricos incontrolables, sacudimientos profundos de las sociedades humanas que buscan su acomodo en la base de su existencia. Y la Revolución Dominicana de abril de 1965 fue —y es— una revolución auténtica. Por lo menos eso creen los que tienen razones para conocer la historia, las fallas, las angustias y las esperanzas dominicanas, es decir los dominicanos que las hemos estudiado y estamos vinculados al destino de aquel pueblo por razones tan justas y tan honorables como puede estar vinculado el mejor de los norteamericanos al destino de los Estados Unidos.

Juan Bosch
Puerto Rico. 29 de junio de 1965