MORAL Y LUCES

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viernes, 8 de abril de 2016

La humanidad esta como una torta: fuego por arriba, fuego por abajo...

                       Un armagedón nuclear en estado de gestación en el sur de Asia

Dilip Hiro
TomDispatch.com

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.




Durante casi dos décadas, el lugar más peligroso sobre la Tierra ha sido, sin duda alguna, la frontera indo-pakistaní en Cachemira. No es precisamente imposible que una pequeña chispa de artillería y un intercambio de cohetes a través de esa frontera pueda –teniendo en cuenta las conocidas doctrinas militares de los dos vecinos dotados de armas nucleares- llevar de forma inexorable a una conflagración nuclear a gran escala. En tal caso, el resultado sería catastrófico. Además de causar la muerte de millones de indios y pakistaníes, esa guerra podría provocar un “invierno nuclear” a escala planetaria, lo que conllevaría niveles de sufrimiento y muerte que escaparían a nuestra comprensión.

De forma alarmante, la competición nuclear entre India y Pakistán ha entrado ya en una fase escalofriante. Ese peligro se deriva de la decisión de Islamabad de desplegar armas nucleares tácticas de bajo rendimiento en sus puestos de operaciones avanzadas a lo largo de toda su frontera con la India para disuadir de una posible agresión de fuerzas invasoras con tanques. Pero aún más inquietante es que la decisión de lanzar un misil nuclear con un alcance entre 57 y 100 kilómetros va a depender de los comandantes locales. Este es un cambio peligroso de la práctica universal de investir de tal autoridad al oficial más importante del país. Tal situación no tiene paralelo en la carrera armamentística entre Washington y Moscú en la era de la Guerra Fría.

En lo que se refiere a las armas nucleares estratégicas de Pakistán, sus componentes están almacenados en diferentes lugares para ser ensamblados sólo tras una orden del líder del país. Por el contrario, los misiles nucleares tácticos se ensamblan previamente en una instalación nuclear y se envían a un puesto de avanzada para uso instantáneo. Además de los peligros inherentes a esta política, esas armas serían vulnerables a un mal uso por parte de un comandante canalla o si alguno de los muchos grupos militantes existentes en el país llegara a robarlas.

En el punto muerto nuclear entre los dos vecinos, los riesgos están constantemente al alza, como Aizaz Chaudhry, el principal burócrata del Ministerio de Asuntos Exteriores pakistaní, dejó clarorecientemente. El despliegue de armas nucleares tácticas, explicó, significaba actuar como forma de “disuasión”, dada la doctrina militar de “Arranque en Frío” de la India, un supuesto plan de emergencia para castigar en gran medida a Pakistán por cualquier provocación inaceptable, como un ataque terrorista contra la India del que resultaran víctimas masivas.

Nueva Delhi se niega a reconocer la existencia de Arranque en Frío. Pero esas negativas son falsas. Ya en 2004 se estaba discutiendo esta doctrina, que implicaba la formación de ocho Grupos de Batalla Integrados (IBGs, por sus siglas en inglés) del tamaño de una división. Estos grupos constaban de infantería, artillería, blindados y apoyo aéreo, y cada uno podría operar de forma independiente en el campo de batalla. En caso de graves ataques terroristas de algún grupo con sede en Pakistán, estos IBGs responderían penetrando rápidamente en territorio pakistaní por puntos inesperados a lo largo de la frontera y no avanzarían en su interior más allá de 50 kilómetros, alterando las redes de control y mando militar aunque manteniéndose alejados de lugares desde donde pueda desencadenarse una represalia nuclear. Es decir, la India lleva mucho tiempo planificando las respuestas ante graves ataques terroristas con una acción militar convencional rápida y devastadora que infligiría sólo daños limitados, y así –en el mejor de los casos-, privar a Pakistán de justificación para una respuesta nuclear.

Islamabad, a su vez, ha estado planeando cómo disuadir a los indios de poner en marcha un ataque relámpago estilo “Arranque en Frío” sobre su territorio. Después de grandes debates internos, sus altos funcionarios optaron por las armas nucleares tácticas. En 2011, los pakistaníes hicieron una prueba con éxito. Desde entonces, según Rajesh Rajagopalan, que vive en Nueva Delhi y es coautor de Nuclear South Asia: Keywords and Concepts, Pakistán parece haber estado ensamblando cuatro o cinco de ellas al año.

Todo esto ha ido sucediendo en el contexto de unas poblaciones que se ven entre sí de manera desfavorable. Una encuesta típica llevada a cabo en este período por el Pew Research Center encontró que el 72% de los pakistaníes tenían una opinión desfavorable de la India, que el 57% la consideraban una amenaza seria, mientras que, por la otra parte, el 59% de los indios veían a Pakistán bajo un prisma negativo.

Este es el contexto contra el que los dirigentes indios han dicho que un ataque nuclear táctico contra sus fuerzas, incluso en territorio pakistaní, se consideraría un ataque nuclear a escala total contra la India y que se reservaban el derecho a responder en consecuencia. Como la India no dispone de armas nucleares tácticas, sólo podría tomar represalias con armas nucleares estratégicas mucho más devastadoras, posiblemente atacando ciudades pakistaníes.

En el peor de los escenarios, según una valoración hecha en 2002 por la Agencia de Inteligencia de la Defensa de EEUU (DIA, por sus siglas en inglés), una guerra nuclear indo-pakistaní podría provocar inicialmente de ocho a doce millones de víctimas, seguidas de muchos millones más a causa del envenenamiento por radiación. Estudios más recientes han mostrado que hasta mil millones de personas en todo el mundo podría llegar a estar en peligro de morir de hambruna e inanición a causa del humo y hollín arrojados a la troposfera en caso de un intercambio nuclear grave en el sur de Asia. El “invierno nuclear” resultante y la consiguiente pérdida de las cosechas se añadirían funcionalmente hasta llegar a un holocausto nuclear global de desarrollo lento.

El pasado noviembre, para reducir las posibilidades de que pudiera producirse un intercambio tan catastrófico, los altos funcionarios de la administración Obama se reunieron en Washington con el jefe del ejército de Pakistán, el general Raheel Sharif, el árbitro final de las políticas de seguridad nacional de ese país, y le instaron a dejar de producir armas nucleares tácticas. A cambio, le ofrecieron la promesa de poner fin al estatuto de paria de Islamabad en el campo nuclear apoyando su entrada en el Grupo de Proveedores Nucleares, de 48 miembros, al que pertenece ya la India. Aunque no se emitió ningún comunicado formal tras el viaje de Sharif, es bien conocido que rechazó la oferta.

Ese fracaso estaba implícito en el testimonio que el Director de la DIA, el teniente general Vincent Steward, dio al Comité de Servicios Armados el pasado febrero: “Las armas nucleares de Pakistán continúan aumentando”, dijo. “Estamos preocupados por ese crecimiento y por si la evolución de la doctrina asociada con las armas [nucleares] tácticas aumenta el riesgo de un incidente o accidente”.

Ojivas nucleares estratégicas

Desde la valoración de la DIA de las víctimas humanas en una guerra nuclear en el sur de Asia, los arsenales nucleares estratégicos de la India y Pakistán han seguido creciendo. En enero de 2016, según un informe del Congreso estadounidense, el arsenal pakistaní constaba probablemente de 110-130 ojivas nucleares. Según el Instituto Internacional de Investigaciones por la Paz de Estocolmo, la India tiene entre 90 y 110 de esas mismas ojivas. (China, el otro actor regional, tiene aproximadamente unas 260 ojivas).

Cuando terminaba la década de 1990, en la que tanto la India como Pakistán probaban su nuevo armamento, sus gobiernos dieron a conocer sus doctrinas nucleares. La Junta Asesora de Seguridad Nacional sobre la Doctrina Nuclear India, por ejemplo, afirmaba en agosto de 1999 que “la India no va a ser la primera en iniciar un ataque nuclear, pero responderá con represalias de castigo si la disuasión fracasa”. El Ministerio de Asuntos Exteriores de la India explicó en aquel momento que la “disuasión mínima creíble”, mencionada en la doctrina, era una cuestión de “adecuación” y no de cifras de ojivas. Sin embargo, en los años siguientes ese criterio de la “disuasión mínima creíble” se ha vuelto a calibrar periódicamente mientras los responsables políticos de la India seguían comprometiéndose a actualizar el programa de armas nucleares del país con una nueva generación de bombas de hidrógeno más potentes diseñadas para destruir ciudades.

En Pakistán, en febrero del 2000, el presidente, el general Pervez Musharraf, que era también el jefe del ejército, estableció la División de Planes Estratégicos en la Autoridad del Mando Nacional, nombrando director general de la misma al teniente general Khalid Kidwai. En octubre de 2001, Kidwai ofreció un esbozo de la doctrina nuclear actualizada del país en relación con su vecino, mucho más poderoso militar y económicamente, diciendo: “Es bien sabido que Pakistán no tiene una política de ‘no ser el primero en atacar con armas nucleares’”. A continuación, expuso los “umbrales” para el uso de armas nucleares. Las armas nucleares del país, señaló, tenían como único objetivo a la India y estaban disponibles para su uso no sólo en respuesta a un ataque nuclear de este país, sino en caso de conquista de una gran parte del territorio de Pakistán (el umbral del espacio), o para destruir una parte importante de su territorio o fuerzas aéreos (el umbral militar), o para empezar a estrangular económicamente a Pakistán (el umbral económico) o para desestabilizar políticamente el país a través de la subversión interna a gran escala (el umbral de la desestabilización interna).

De todos ellos, el umbral del espacio era el que podía llevar a apretar más fácilmente el gatillo. Nueva Delhi, así como Washington, especularon sobre dónde podría situarse la línea roja de ese umbral, aunque no hubo unanimidad entre los expertos de defensa. Muchos suponían que podría ser la pérdida inminente de Lahore, la capital del Punyab, a sólo 23 kilómetros de la frontera india. Otros situaban la línea roja en la enorme cuenca del río Indo en Pakistán.

A los siete meses de este debate, las tensiones indo-pakistaníes se intensificaron abruptamente tras un ataque contra una base militar india en Cachemira, llevado a cabo por terroristas pakistaníes en mayo de 2002. En aquel momento, Musharraf reiteró que no iba a renunciar al derecho de su país a utilizar primero las armas nucleares. La perspectiva de Nueva Delhi alcanzada por una bomba atómica se hizo tan plausible que el embajador estadounidense Robert Blackwill investigó la construcción de un bunker reforzado en el recinto de la embajada para sobrevivir a un ataque nuclear. Sólo abandonaron la idea cuando él y su equipo comprendieron que quienes estuvieran en el bunker morirían por las secuelas de la explosión nuclear.

Como era de esperar, los dirigentes de los dos países se encontraron mirando fijamente hacia el abismo nuclear debido a un acto violento en Cachemira, un disputado territorio que ha provocado tres guerras convencionales entre los vecinos del sur de Asia desde 1947, el año de la fundación de una India independiente y de Pakistán. Como consecuencia de la primera de esas guerras en 1947 y 1948, la India se apoderó de la mitad de Cachemira, Pakistán consiguió una tercera parte y el resto fue posteriormente ocupado por China.

Cachemira, la causa fundamental de la duradera enemistad

La disputa sobre Cachemira se remonta a la época en la que el subcontinente indio gobernado por los británicos se dividió entre la mayoría hindú en la India y la mayoría musulmana en Pakistán, y a los estados gobernados indirectamente por príncipes se les dio la opción de unirse a uno o a otro. En octubre de 1947, el maharajá hindú de Cachemira, de mayoría musulmana, firmó un “instrumento de adhesión” con la India después de que los invasores tribales musulmanes de Pakistán invadieran su reino. La rápida llegada de tropas indias privó a los invasores de la capital, Srinagar. Más tarde se enfrentaron a tropas regulares pakistaníes hasta que el 1 de enero de 1949 se produjo un alto el fuego auspiciado por las Naciones Unidas. El documento de adhesión exigía que se les diera a los habitantes de Cachemira la oportunidad de elegir entre la India y Pakistán una vez restaurada la paz. Esto aún no ha sucedido y no hay perspectiva alguna de que vaya a tener lugar.

Por temor a una derrota en ese plebiscito, dado los sentimientos propakistaníes predominantes entre la mayoría musulmana del territorio, la India encontró varias formas de bloquear los intentos de la ONU para organizarlo. A continuación, Nueva Delhi concedió un estatuto especial a la parte de Cachemira que controlaba y celebró elecciones para su asamblea legislativa, mientras Pakistán observaba con inquietud.

En septiembre de 1965, cuando quedó claro que sus protestas verbales eran inútiles, Pakistán intentó cambiar el statu quo mediante la fuerza militar. Lanzó una guerra que acabó de nuevo en punto muerto con otra tregua patrocinada por la ONU, que exigió que las partes en conflicto volvieran a la línea de alto el fuego de 1949.

En diciembre de 1971 se produjo un tercer conflicto armado entre los dos vecinos, que hizo que Pakistán perdiera su franja oriental, que se convirtió en el independiente Bangladesh. Poco después, la primera ministra de la India Indira Gandhi trató de convencer al presidente pakistaní Zulfikar Ali Bhutto para transformar los 740 kilómetros de la línea del alto el fuego en Cachemira (renombrada “Línea de Control”) en una frontera internacional. Al no estar dispuesto a renunciar a la exigencia de su país de un plebiscito en toda la Cachemira anterior a 1947, Bhutto se negó. Por tanto, el punto muerto continuó.

Durante el gobierno militar del general Zia al Haq (1977-1988), Pakistán inició una política de sangrar a la India con miles de cortes patrocinando acciones terroristas tanto dentro de la Cachemira india como en otros lugares del país. Delhi respondió reforzando su presencia militar en Cachemira y reprimiendo brutalmente a aquellos de sus habitantes que pedían un plebiscito o abogaban por la separación de la India, perpetrando en el proceso violaciones de los derechos humanos a gran escala.

A fin de detener la infiltración de militantes de la Cachemira pakistaní, la India construyó una doble barrera de vallas de 3,6 metros de alto y en el espacio entre ellas plantó cientos de minas terrestres. Más tarde, esa barrera contaría también con dispositivos termales de imágenes y sensores de movimiento para ayudar a detectar a quien se infiltrara. A finales de la década de 1990, en uno de los lados de la Línea de Control había 400.000 soldados indios y en el otro 300.000 pakistaníes. No es extraño que el presidente Bill Clinton llamara a esa frontera “el lugar más peligroso en el mundo”. Actualmente, con el añadido de las armas nucleares tácticas a toda esa mezcla, es mucho más que eso.

Cachemira, el hueso tóxico de la contención

Antes incluso de que Pakistán introdujera las armas nucleares tácticas, las tensiones entre los dos vecinos eran peligrosamente altas. Después, de repente, a finales de 2015, apareció un destello de oportunidad para la normalización de relaciones. El primer ministro indio Narendra Modi tuvo un encuentro cordial con su homólogo pakistaní, Nawaz Sharif, el día del cumpleaños de este, el 25 de diciembre, en Lahore. Pero esa esperanza se desvaneció cuando en las primeras horas del 2 de enero, cuatro terroristas pakistaníes fuertemente armados consiguieron cruzar la frontera internacional en Punjab, vestidos con uniformes del ejército de la India, y atacaron una base de la fuerza aérea en Pathankot, produciéndose un tiroteo que duró todo un día. Cuando el 5 de enero consiguió restaurarse la calma, todos los terroristas estaban muertos, pero también siete efectivos de la seguridad india y un civil. El Consejo Unido para la Yihad, una organización-paraguas de grupos militantes separatistas en Cachemira, se atribuyó el ataque. Sin embargo, el gobierno indio insistió en que la operación había sido dirigida por Masud Azhar, líder del Jaish-e Muhammad (el Ejército de Mahoma), que tiene su base en Pakistán.

Como había ocurrido anteriormente, era Cachemira el leitmotiv de los militantes anti-India. Por fortuna, el ataque de Pathankot fue un suceso menor, insuficiente para agravar la perspectiva de una guerra aunque disipó cualquier buena voluntad generada en el encuentro entre Modi y Sharif.

Sin embargo, hay pocas dudas de que una repetición de la atrocidad perpetrada por los infiltrados pakistaníes en Bombay en noviembre de 2008, que provocó la muerte de 166 personas y el incendio del emblemático Hotel Taj Mahal de esa ciudad, podría tener consecuencias realmente graves. La doctrina india pidiendo represalias masivas en respuesta a un exitoso ataque terrorista a esa escala podría significar la puesta en marcha casi instantánea de su estrategia de Arranque en Frío. Esto, a su vez, llevaría probablemente a Pakistán a utilizar armas nucleares tácticas, abriendo así una posibilidad real de un holocausto nuclear total de consecuencias globales.

Más allá del duradero problema de Cachemira está el miedo primario de Pakistán a una India mucho más grande y poderosa, y su aversión ante las ambiciones de la India de convertirse en la potencia hegemónica en el sur de Asia. Con independencia de qué partido gobierne, todos los gobiernos en Nueva Delhi han seguido una trayectoria de fuerza en la cuestión de la seguridad nacional destinada a reforzar el perfil de la defensa del país.

En general, los dirigentes indios están decididos a demostrar que su país está entrando en lo que a ellos les gusta llamar “la era de las aspiraciones”. Cuando, en julio de 2009, el primer ministro Manmohan Singh lanzó oficialmente un submarino de misiles balísticos con potencia nuclear construido en el país, el INS Arihant, fue recibido como un paso espectacular en tal dirección. Según los expertos en defensa, ese navío era el primero de esa clase que no había sido construido por alguna de las cinco potencias nucleares reconocidas: Estados Unidos, Gran Bretaña, China, Francia y Rusia.

Dos sitios nucleares secretos en la India

No se esperaba nada nuevo de la India en el frente nuclear. Pero el pasado diciembre, una investigación del Centro por la Integridad Pública, con sede en Washington, revelaba que el gobierno indio estaba invirtiendo 100 millones de dólares en construir una importante ciudad nuclear secreta de alrededor de 21 kilómetros cuadrados cerca del pueblo de Challakere, a 257 kilómetros al norte de la ciudad sureña de Mysore. Cuando esté terminada, posiblemente ya en 2017, será el complejo militar más grande del subcontinente con centrifugadores nucleares, laboratorios de investigación atómica e instalaciones para ensayo de armas y aviones”. Entre los objetivos del proyecto está ampliar las investigaciones nucleares del gobierno, producir combustible para los reactores nucleares del país y ayudar a alimentar la creciente flota de submarinos nucleares. Estará protegido por un anillo de guarniciones, convirtiendo el lugar en una instalación militar virtual.

Otro proyecto secreto, la Planta de Materiales Raros de la India, cerca de Mysore, está ya en funcionamiento. Es un complejo nuevo de enriquecimiento nuclear que está alimentando los programas de armas nucleares del país, al tiempo que sienta las bases para un ambicioso proyecto de crear un arsenal de bombas de hidrógeno (termonucleares).

El objetivo global de estos proyectos es proveer a la India de una reserva extra de combustible de uranio enriquecido que pueda utilizarse en esas bombas futuras. Como sitio militar, el proyecto de Challakere no estará abierto a las inspecciones de la Agencia Internacional de la Energía Atómica o de Washington, ya que el acuerdo nuclear de 2008 de la India con EEUU excluye el acceso a instalaciones militares. Estas empresas están dirigidas por la oficina del primer ministro, que está encargado de supervisar todos los proyectos de energía atómica. El Acta de la Energía Atómica de la India y el Acta de Secretos Oficiales colocan bajo secreto todo lo relacionado con el programa nuclear del país. En el pasado, quienes intentaron obtener una imagen más completa del arsenal indio y de las instalaciones que lo alimentan fueron reducidos al silencio.

No es de extrañar entonces que hace poco se citara a un funcionario de la Casa Blanca diciendo: “Incluso para nosotros, los detalles del programa indio son siempre escasos e ignoramos bastante la realidad sobre el terreno”. Añadió: “Mysore está siendo constantemente monitorizada y hacemos un seguimiento constante de los progresos en Challakere”. Sin embargo, según Gary Samore, un excoordinador del control de armas y de las armas de destrucción masiva de la administración Obama, “la India intenta construir armas termonucleares como parte de su disuasión estratégica contra China. No está muy claro cuando la India conseguirá este objetivo de un arsenal mayor y más poderoso, pero lo lograrán”.

Una vez fabricado, no hay nada que detenga a la India de desplegar ese armamento contra Pakistán. “India está ahora desarrollando bombas muy grandes, bombas de hidrógeno que pueden arrasar una ciudad”, dijo Pervez Hoodbhoy, un importante analista pakistaní de seguridad nacional y nuclear. “No está interesada en las armas nucleares para utilizarlas en el campo de batalla; está desarrollando esas armas para eliminar centros de población”.

En otras palabras, mientras el conflicto de Cachemira siga latente, se induzcan ataques terroristas periódicos contra la India y se fomente la competición entre Nueva Delhi e Islamabad para superarse una a otra en la variedad y tamaño de sus arsenales nucleares, el peligro para el sur de Asia en particular y el mundo en general no hace sino crecer.




Dilip Hiro, colaborador habitual de TomDispatch, ha escrito 36 libros, entre ellos: The Longest August: The Unflinching Rivalry between India and Pakistan (Nation Books). Su última obra es: The Age of Aspiration: Money, Power, and Conflict in Globalizing India (The New Press).


Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y a Rebelión como fuente de la misma.

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