MORAL Y LUCES

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domingo, 4 de noviembre de 2012

No eran comunistas, eran valientes dominicanos


 Combatientes de la expedición del 14 de junio 1959 vinieron lleno de heroísmo a  luchar por la libertad

Combatientes de la expedicion del 14 de junio 1959 vinieron lleno de heroismo a  luchar por la libertad 


Manuel A. García Arévalo
No hay dictaduras malas y dictaduras buenas, todas son igualmente abominables...
Ernesto Sábato
Ante la terrible y cruel represión desatada por la inexorable tiranía totalitaria que caracterizó al régimen de Trujillo, el pueblo dominicano quedó aislado, desamparado y vencido.  En su irremediable soledad, sumido en la penumbra de una noche interminable, una realidad horrible le arrancó lo más preciado de la condición humana: su dignidad.
Se habla todavía, a 50 años de distancia, de los supuestos logros del régimen.  “Orden y progreso”, es la divisa que proclaman con euforia los tiranos, a cambio de la más sórdida de las miserias: la falta de coraje para decir la verdad.
Al igual que en la Alemania de Hitler, con sus desfiles espectaculares y despliegues de uniformes, una Gestapo se implantó aquí, en el corazón del Caribe, para escenificar su holocausto por 30 años, dando al traste con la vida y la moral de miles de seres humanos.  De esa manera, una amenazadora ideología  de carácter autoritario y personalista entronizó en el poder la más absurda megalomanía.
Ese tiempo de silencio, implacable y macabro, con su largo eclipse de libertad, despertó calladamente con el ruido lejano de las aspas de un bimotor que al final de la tarde abrió el combate de la esperanza en Constanza, el 14 de junio de 1959.  Al foco guerrillero de la cordillera se sumarían  días después los desembarcos en las playas de Maimón y Estero Hondo, para enfrentar la dictadura en dos frentes expedicionarios.
Era la respuesta revolucionaria del pueblo, o al menos de la parte irreductible, que nunca se plegó a las abyecciones del régimen.  Tras la caída de Pérez Jiménez y Fulgencio Batista, el exilio dominicano obtuvo el apoyo de los gobiernos de Venezuela y Cuba, creándose una coyuntura internacional favorable que le permitió enarbolar los ideales patrióticos y venir a combatir la tiranía. 
El impacto de esa gesta heroica desató la ira del déspota, resultado de una amarga humillación, que había que convertir en victoria a toda costa.  No bastó la derrota infligida a los aguerridos combatientes, a quienes les sobró valor y les faltaron armamentos frente a la superioridad numérica del Ejército.  Sin importar el dolor de los caídos, vilmente encarnizados, pronto se oyeron resonar las rítmicas notas del merengue para adular al Jefe: “Recogiendo limosna no lo tumban, qué va gallo qué va, no lo tumban”.
La maquinaria periodística y diplomática al servicio de Trujillo trató de inmediato de negar la paternidad  y el protagonismo de los hechos al exilio dominicano, acusando a Cuba de invasión y a los expedicionarios de ser “comunistas”, tal y como fueron tildados por la dictadura en su obsesión anticomunista para congraciarse con Estados Unidos en tiempos del mundo bipolar de la Guerra Fría. 
Lo cierto es que aquellos valientes dominicanos, de todas las clases sociales y de diferentes ideologías, junto al grupo de solidarios internacionalistas que se le unió, lejos de ser en su mayoría comunistas, como se dijo con el propósito de estigmatizar a los expedicionarios, eran amantes de la libertad y de la democracia. 
Y vinieron a inmolarse para que el país superara aquel tenebroso período trujillista, donde vivimos subyugados por una nefasta y feroz voluntad omnipotente, que concentró en sus manos todos los instrumentos del terror, pudiendo detener, arrestar, encarcelar, torturar y asesinar sin rendir cuenta a la ley o la justicia.
Varios meses antes del desembarco, el gobierno había sido informado por sus servicios de espionaje de que se fraguaba un ataque.  La prensa se había encargado de moldear a la opinión pública nacional e internacional con los alegatos de la “no intervención extranjera” y la “amenaza del comunismo”.
La ofensiva desatada por la diplomacia trujillista tuvo éxito.  El joven gobierno revolucionario cubano, que había facilitado la instalación de un campamento para entrenar a los voluntarios,  cedió ante las presiones diplomáticas, especialmente de la Organización de Estados Americanos (OEA), controlada por los Estados Unidos.  Se rompió el compromiso con el Movimiento de Liberación Dominicana y se clausuró el campamento donde se entrenaba un segundo grupo de expedicionarios.
Mientras, abandonados a su suerte, los heroicos combatientes de junio de 1959 ofrendaron sus vidas por la causa de la libertad y la instauración de un Estado de derecho.  Su sacrificio, a pesar del fracaso militar, avivó la rebelión en contra del tirano que cayó abatido a balazos en el magnicidio del 30 de mayo de 1961. Todos ellos, aún encontrándose al resguardo de la dictadura en playas extranjeras, sintieron la llamada del decoro y el patriotismo, y en un gesto de coraje y desprendimiento retornaron al país a inmolarse para que sus conciudadanos pudieran vivir con honor. Es un ejemplo que las presentes y futuras generaciones de dominicanos no podemos olvidar.

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