MORAL Y LUCES

MORAL Y LUCES

domingo, 5 de abril de 2020

Carta desde New Yor


Roberto Brodsky

Se viene la noche en Nueva York. Hoy es día 26 de marzo. Ayer, en un solo día, el Elmhurst Hospital, ubicado en Queens, reportó la muerte de 81 personas afectadas por el coronavirus. Algunos fallecieron en las salas de emergencia, otros en los pasillos esperando ser atendidos. Un médico del hospital describió la situación como apocalíptica: no había respiradores, faltaban camas, las enfermeras se preguntaban cuál de ellas moriría esa noche o la siguiente. En Elmhurts y en el Bellevue Hospital de Manhattan, también de la red pública, se improvisaron morgues de campaña para dejar los cuerpos y liberar rápido las camas de los fallecidos. La situación se repite hoy en el Brooklyn Hospital.

La primera economía del planeta cruje como una galleta vieja y se derrumba a los pies de un virus de un tamaño no superior a unas diez milésimas de diámetro. El sueño americano hace agua con la crisis sanitaria. O acaso es el perverso sueño latinoamericano de ver al Imperio padecer por una vez el mismo tipo de carencia y vulnerabilidad que, de forma por demás rutinaria, golpea a los países del sur. Lo que sea, el evento en los hospitales de Nueva York grita a los cuatro vientos su condición de acontecimiento. La situación es impresionante.

“No se puede creer lo que está pasando en NY en estos momentos”, escribí esa tarde-noche en un tweet, apenas supe lo que estaba ocurriendo en Queens, el foco más agresivo de los cinco condados en que se divide Nueva York. Era un mensaje bastante hermético, y de inmediato se produjo la duda: qué está pasando, cuenta, de qué hablas. Pero el tweet no permite explicar nada, ni siquiera dialogar: es una máquina de pensamiento hablado y de mentiras echadas al vuelo, no de hechos. Twitter es a las ideas lo mismo que las encuestas son al voto: una propaganda disfrazada, dice Jill Lepore. Y tiene razón, de modo que voy a resumir aquí lo que está pasando en NY en estos momentos y que apenas se puede creer.

Dos días antes, el lunes 23, cuando ya la cuarentena voluntaria regía para toda la ciudad, el gobernador Andrew Cuomo había iniciado su conferencia de prensa, habitual desde que se declaró la emergencia en la ciudad, con una advertencia: “La ola es más grande y llegará más pronto de lo que pensábamos”. Los números oficiales eran aterradores pero Cuomo tuvo el coraje y la serenidad de entregarlos sin transmitir pánico: el sistema público estaba sobrepasado y no sería capaz de afrontar la carestía de insumos, personal médico, infraestructura necesaria y tecnología sanitaria suficiente para enfrentar los hechos: Nueva York era ya el epicentro de la pandemia, pero la red de salud estaba colapsada. Y Cuomo agregó: hablo de hechos, no de opiniones. Hasta hace muy poco hemos vivido y nos hemos dividido en un mundo de opiniones, pero estos son los hechos. No les voy a mentir, dijo; tampoco voy a exagerar: la mitad de la ciudad, es decir, cerca de cuatro millones de personas se contagiará en las semanas que vienen. No lo podremos evitar. Lo que podemos hacer es extender el tiempo de propagación, la curva de la infección. Para eso pedimos que todos se queden en sus casas. No para que no se infecten, porque se infectarán igual; no porque nadie vaya a morir, porque algunos morirán igual; sino para que den tiempo a los hospitales y albergues de emergencia para responder. La idea es dar atención de urgencia a todos los que la requieran, pero esto no podrá hacerse si llegan todos al mismo tiempo, eso no va a ser posible. Y concluyó: no pedimos que se queden en las casas por la salud de cada uno, sino por la salud de los otros.

Impresionante para una declaración pública. En ese momento Cuomo tomó el liderazgo nacional que todos estaban esperando, y cuya patética caricatura hasta ese instante no era otra que la figura grotesca y frívola de Donald Trump, atrincherado en la ignorancia de un negacionismo infantil, primero, y luego en la bravuconería del narciso que todo lo puede y todo lo responde porque se refiere sólo a él mismo. Un perfecto tuitero el Presidente de Estados Unidos. Imposible saber si las palabras finales de la intervención de Cuomo iban dirigidas a Trump, pero calaron hondo en la opinión de una mayoría angustiada: veinticuatro horas después su intervención ya se había vuelto viral en las redes sociales y las portadas de los diarios hablaban de una nueva carta presidencial para noviembre. Ojalá que así sea: ni Biden tiene las agallas y la claridad para enfrentar semejante crisis, ni Bernie tiene el temple que se requiere para empatizar con la población y negociar con el gobierno federal. Pero Cuomo puede hundirse de la noche a la mañana de la misma forma que se hunde el país y la ciudad bajo la acción de una catástrofe que es tanto sanitaria como moral. Ya lo escribió Camus en La peste: la rehumanización de un mundo que ha extraviado su norte sólo podrá sobrevenir con una catástrofe. Es lo que deja al descubierto el “virus chino”, como lo ha llamado Trump con su xenofobia habitual, sabiendo acaso que en esta pasada el liderazgo mundial ya viajó al Oriente y no volverá; que en China no sólo surgió el virus sino también que allí se le derrotó, y que a nivel de liderazgo global ese es el futuro que le espera a su consigna “Make America Great Again”.

Un imperio que no logra proveer a sus ciudadanos con mascarillas de 75 centavos para protegerse no puede llamarse grande. “Miserable” es acaso la palabra adecuada, aunque demasiado fuerte para aplicarlo sobre la desgracia de un país. “Decadente” se adecua bien a lo que los propios norteamericanos escogieron hace tres años. La decadencia ya estaba aquí antes, en efecto, pero se infatuó con la presidencia de Trump. Después de tres años de manipulación de las instituciones, ataques a la prensa, criminalización de los inmigrantes, desprecio a los aliados europeos en el plano internacional, desregulación medioambiental, desarticulación y ataques a la red social instituida desde hace casi un siglo por Franklin D. Roosevelt, transgresiones flagrantes a la independencia del poder judicial, cesarismo y arrogancia mediática, Estados Unidos enfrenta el colapso sanitario como una sociedad desprovista de dirección y sentido, hambrienta de soluciones colectivas que no sean las del lucro y la acumulación de poder. No sin razón la población joven, entre 20 y 35 años ha sido la tierra firme de la candidatura de Bernie Sanders: hoy el frenesí inmobiliario de la opulencia es incapaz de frenar una epidemia que esta semana superó el umbral del millar de muertos en tan sólo unos pocos días.

Se viene la noche sobre Nueva York. Tres semanas atrás, crucé con la vista a una señora de mediana edad en el Barrio Chino. Llevaba una mascarilla para protegerse de una infección en la remota ciudad de Wuhan, al sur de Beijing, donde siete millones de personas habían quedado confinadas en sus casas con el fin de detener la propagación del virus. La señora caminaba rápido, ansiosa por dejar la populosa calle Canal, y en sus rasgos asiáticos adiviné una exageración. El Barrio Chino, en la parte baja de Nueva York, queda a una distancia superior a los 12 mil kilómetros de Wuhan, casi el doble de la existente entre Nueva York y Santiago. La mujer parecía estar convencida de su proceder y del atuendo profiláctico que la enmascaraba. ¿Acaso tenía miedo de un enemigo tan distante como invisible, o sólo estaba bien informada? De seguro, ambas cosas a la vez. El signo por excelencia de la decadencia son los espectros, presencias de lo que no está, y hoy en la calle Canal no hay nadie que camine con mascarilla porque no hay nadie que camine por la calle Canal, sencillamente, ni por ninguna otra calle en toda la ciudad.

Nueva York es una ciudad vacía.

No, miento: una ciudad vacía es aquella donde sus habitantes se han ido transitoria o permanentemente, porque llegó el verano o porque pasó la peste. Nueva York en cambio es una ciudad fantasma, suspendida, vacilando entre las luces nocturnas que iluminan como un escalofrío a los espectros que han hecho de ella su hogar, su casa habitación. Los espectros son muertos vivos, imágenes que sobreviven a los seres de carne y hueso, y deambulan a su aire en una especie de suspensión ilocalizable sobre la realidad de las calles y costumbres. Detrás de las paredes que ayer se levantaron, la gente de Nueva York respira todavía. Nadie se ha ido, o muy pocos, porque la isla de Manhattan es ya también una isla de la pandemia global y tiene restricciones de entrada y salida. Nadie tampoco sale a la calle. La densidad de la ciudad no lo permite. No sólo las clases en universidades y colegios son por Internet, también los nacimientos y los entierros. Cuando despertemos, el mundo será otro.

Por ahora, todo es inmovilidad, espera, detención, como mudarse a vivir un tiempo al interior de las novelas de Di Benedetto. Antes de ayer, un hombre de 64 años se lanzó desde el décimo sexto piso de un edificio en Chambers. Su muerte sorprendió a los vecinos de Tribeca. Robert Herman era fotógrafo, y dejó un mensaje: “¿Cómo disfrutas la vida?” Enigmático, en cualquier caso. Por la noche, la Avenida de las Américas es un túnel frío y desértico, con algunas balisas policiales encendidas en las esquinas. Es la hora de las ratas, que hacen de la cuarentena un festín: ya nadie las persigue, nadie intenta espantarlas, a nadie se le ocurre ningún nuevo plan para exterminarlas ni un insecticida industrial para acabar con los dos millones de roedores que pueblan las alcantarillas de la ciudad; hoy nadie las ve siquiera, y la comida es abundante como nunca antes al pie de los edificios. Su velocidad de reproducción es inquietantemente igual al del coronavirus: por cada persona infectada, hay tres que se contagian. En poco tiempo, el crecimiento exponencial de estos tres infectados hace que por cada contagio existan 59 mil nuevos casos, que es el rango de reproducción de cada rata de la ciudad. Cada una significa diez crías. Al cabo de doce meses ya hay 56 mil dando vueltas en busca de comida.

NY ya no es el epicentro del mundo, sino la metáfora de un mundo que enfermó.

Me quedaré aquí. Quiero ser parte de su sanación en la resiliencia de la catástrofe.

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