MORAL Y LUCES

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lunes, 18 de abril de 2016

Desafíos de la Iglesia Siglo XXI

CONFERENCIA: TEGUCIGALPA, SÁBADO 9 DE MAYO DE 2009, IGLESIA

Vida Abundante

Dra. Phil. Irma Becerra

1.- HACIA UNA ÉTICA MUNDIAL CONTRA LA CULTURA LIGHT: La autonomía de la conciencia y la secularización en el siglo XXI

Vivimos en un mundo amenazador que atenta contra la vida sana de los seres humanos. Es la era del capitalismo globalizador, que, con todos sus aspectos absolutizantes, se alza por encima del humanismo y la humanización de las sociedades para englobarlas en el mercado total. Por mucho tiempo, la iglesia ha permanecido observando esas amenazas sin reaccionar ante ellas y sólo proclamando la sumisión, la resignación y el conformismo ante los terribles problemas que se acrecientan agobiando la existencia humana. Por años, la iglesia, sea cual sea su tendencia, ha proclamado que la vivencia de la fe debe realizarse a través de la obediencia, la sumisión y la resignación. Esto ha llevado a la enseñanza de los principios bíblicos a través del temor y la legitimación del poder y no a través del amor mutuo[1].
El temor ha prevalecido como principio básico sobre toda la vida, enseñando que es la muerte en tanto vida eterna algo más importante que el sentido de justicia en el presente. Es tiempo ya de que esto cambie. Los seres humanos estamos siendo bombardeados con el culto de lo ligero, lo pasajero y lo desechable y, ante ello, es preciso superar las actitudes de resignación e indiferencia que han prevalecido. La llamada cultura light  se impone como valor absoluto a las nuevas generaciones, que ven en los valores morales solamente una excusa para responsabilizarse lo menos posible ante los hechos. Dejar hacerdejar pasar, es el lema que rige a todas las concepciones, incluso las religiosas.
Como señala el Padre Antonio Rivero, el nuevo estilo extremado del culto a lo ligero y lo rápido se sostiene en los siguientes pilares:
  1. 1.    Permisividad: la que señala que lo importante es siempre hacer lo que uno quiera, en todos los campos. Rige el todo me es permitido; basta que yo pueda hacerlo. Todo lo damos por bueno y le restamos importancia... 
  2. 2.    Relativismo: Se desprende del punto anterior. Nada es absoluto, sino que todo depende en última instancia del propio punto de vista, de lo que a uno le parezca. Esto se desliza en una desembocadura muy concreta: el escepticismo, la desvalorización del conocimiento, que se torna incapaz de acceder a sus cimas más altas. Si todo es relativo, si todo es bueno y malo, si nada es definitivo, ¿qué más da? Lo importante es hacer lo que quieras, aquello que te apetezca o dicte el momento. El relativismo es ese dios moderno y poderoso que reclama un punto de vista subjetivo para todo, ya que no existe una verdad absoluta. Defiende la utilidad, lo práctico, la idea de que el fin justifica los medios. El relativismo supone entrar en la incoherencia, y ella es causa de muchas rupturas, de biografías ilógicas, sin argumentos irreconciliables. La abrupta altanería del relativismo tiene un tono devorador que afecta a los sentimientos quitándoles solidez. Su lema es: “Según desde el punto de vista que se mire”. 
  3. 3.    Hedonismo y sexualidad rebajada y trivializada: es decir, lo fundamental es pasarlo bien sin restricciones. El placer por el placer; disfrutar sin privarse de nada... 
  4. 4.    Consumismo galopante: hijo directo del hedonismo. Nos lleva a acumular más y más cosas, más y más experiencias placenteras. Compra, usa, goza, tira. El ideal del consumo no tiene otro horizonte que la multiplicación o la continua sustitución de unos objetos por otros mejores. Este consumismo se traduce en el viejo dicho de “tanto tienes, tanto vales”. Su lema es: “compra, usa, tira”. 
  5. 5.    Materialismo: El ser humano se va convirtiendo en objeto, en materia; va dejando de ser alguien para ser algo. Y ese vértigo de sensaciones placenteras tienen un tono devorador...se trata de vivir sin ideal y sin objetivos trascendentes... 
  6. 6.    Religión y espiritualidad a la carta: ofrecidas por las innumerables sectas que están pululando por doquier. Religión y espiritualidad que nos están conduciendo a un nuevo paganismo, con la aparición de dioses de la historia universal que conviven con otros nuevos dioses, como el sexo, el dinero, el poder y el placer. Su lema es: “Toda religión es buena”. 
  7. Medios de comunicación social: como fábrica de mentiras, que tergiversan la verdad, distorsionan la realidad, inculcan una cultura superficial, barata, chata, que da rienda suelta a los instintos animales que tenemos, que destruyen los valores humanos y cristianos que nos alimentaban y formaban. Estos medios de comunicación social están promoviendo al hombre light, ese personaje sin mensaje interior, vacío. Tomen, por ejemplo, las telenovelas, las revistas del corazón. En esas parejas todo está preparado para la ruptura. Y todo es presentado con risas, sin seriedad, de manera superficial, de tal forma que no tengamos que pensar o reflexionar mucho. Se presenta el modelo light sin drama y sin compromiso. Lo importante es disfrutar, pasarlo bien y sortear cualquier sufrimiento, porque para esta sociedad que quieren ellos proponer el sufrimiento es un sinsentido, es más un atentado al hedonismo” (Rivero, 2009: 1-2. Documento de Internet)
Ante lo anterior se vuelve necesario crear una ética mundial que ayude a controlar los extremismos y absolutismos de una era de mundialización entre los países y sociedades. Esta ética mundial debe tener como principio absoluto la protección de la vida en todas sus manifestaciones contra la violencia y la discriminación y deberá estar centrada en establecer la autonomía de la conciencia y la voluntad decidida de todas las personas.
Tomando en cuenta que la nueva constelación mundial de la posmodernidad establece cambios profundos como los siguientes:
l  “Desde el punto de vista geopolítico, nos hallamos ante una constelación posteurocéntrica: se acabó el dominio del mundo en manos de cinco Estados europeos rivales (Inglaterra, Francia, Austria, Prusia/Alemania, Rusia). Ahora nos enfrentamos a una constelación policéntrica de diversas regiones del mundo, en primer lugar, Norteamérica, Rusia, la Comunidad Europea y Japón, y luego, también China y la India.
l  Desde el punto de vista de la política exterior, hemos de contar con una sociedad mundialpostcolonialista postimperialista. En el mejor de los casos, ello supondría una cooperación internacional y unas verdaderas Naciones Unidas.
l  Desde el punto de vista de la política económica, empieza a desarrollarse una economíapostcapitalista postsocialista. Podríamos llamarla, con cierto derecho, economía de mercado ecológico-social.
l  Desde el punto de vista de la política social, se halla en creciente ascenso una sociedadpostindustrial. Estamos progresando hacia una sociedad de servicios y comunicaciones.
l  Desde el punto de vista de la convivencia, se perfila un sistema postpatriarcal en la relación de los sexos. En la familia,  en la vida profesional y en la pública se camina claramente hacia una relación más participativa entre hombre y mujer.
l  Desde el punto de la cultura, nos movemos hacia una orientación postideológica. El universo cultural del futuro estará marcado por el pluralismo.
l  Desde el punto de vista religioso, se prepara un mundo postconfesional e interreligioso.Empieza a desarrollarse, a paso lento y penoso, una comunidad mundial multiconfesional y ecuménica”(Küng, 1992: 36).

...deberemos adoptar principios reafirmantes de la ética intercultural con la finalidad de ayudar a las sociedades actuales  a superar el fragmentarismo y la disgregación política de sus fundamentos.
Se vuelve indispensable el desarrollo de una conciencia ciudadana autónoma en los individuos que conforman las sociedades del planeta que forje un conglomerado mundial basado en la colaboración y el respeto mutuo. Es indispensable que cada persona despierte de la indiferencia y aprenda a pensar por sí misma para actuar participativamente en sociedades que ya avanzan hacia la producción del conocimiento y el saber, y no únicamente hacia la propagación de la información. La autonomía de la conciencia implica que las personas actúen sabiendo lo que hacen, conociendo plenamente las consecuencias de sus acciones, y se responsabilicen por ellas. Implica que pierdan el temor ante los avatares de la vida, y renuncien a ser siempre dirigidas por otros, a otorgar la dirección de sus vidas a una autoridad superior que las exima de la responsabilidad de tomar las riendas de su propio camino vital. Es decir, una conciencia que cree relaciones de sentido para tener siempre una sana orientación ante los problemas que se presenten en el transcurso de la vida en todas las distintas etapas del crecimiento personal. Necesitamos personas que realicen en la práctica la autoafirmación de su carácter sin volver la fe en una ciega reproducción de vicios y ausencia de valores, porque hayan renunciado a la vivencia consciente de la existencia humana.
Sin embargo, ante los nuevos desafíos que plantea la globalización de la economía mundial a través de la tecnología de la comunicación están surgiendo además nuevos fenómenos de conversión y necesidades de la espiritualidad y lo intelectual como los siguientes:
  1. “Necesidad de interioridad, de espiritualidad para el alma.
  2. Necesidad de amor y afectividad para el corazón.
  3. Necesidad de principios sólidos, estables y duraderos para la mente.
  4. Necesidad de motivaciones convincentes para la voluntad.
  5. Necesidad de una justicia largamente esperada, de una política que busque el bien común, de una economía que no desvista a unos para enriquecer a unos cuantos privilegiados.
  6. Necesidad de volver a sostener nuestra sociedad sobre esos valores humanos y sociales que soñaron nuestros próceres: amor a la patria, religiosidad, educación, respeto, etc.” (Rivero, 2009: 3. Documento de Internet).
Podemos, entonces afirmar que está surgiendo una amplia necesidad mundial de colaboración, unidad y coalición entre todos los actores sociales hacia una ética planetariaque pretende enfrentar los siguientes retos-problemas más graves de la incultura del vacío:

  1. “El riesgo de un vacío de sentido, de valores y normas amenaza igualmente a creyentes y no creyentes. Deberemos, pues, afrontar en común la pérdida de las viejas tradiciones e instancias orientativas, con sus fatales crisis de sentido último.
  2. Una democracia carente de consenso prejurídico adolece de falta de legitimación. Si bien, un Estado democrático libre ha de ser neutral en su cosmovisión, no puede prescindir de un consenso básico con respecto a determinados valores, normas y actitudes, ya que, de otro modo, resultaría imposible una convivencia humana digna.
  3. La supervivencia de la comunidad humana no es, por consiguiente, posible sin una actitud ética: imposible la paz interna sin una voluntad común de resolver sin violencia los conflictos sociales; imposible un ordenamiento económico y jurídico sin la voluntad de atenerse a un orden y unas leyes concretas; imposibles unas instituciones sin un consenso, al menos implícito, del conjunto de ciudadanos y ciudadanas” (Küng, 1992: 58).

2.- EL NUEVO ROL CIVIL DE LA IGLESIA EN EL SIGLO XXI

         El mayor desafío de la Iglesia para el siglo XXI es crear una nueva conciencia civil en los ciudadanos de total rechazo a la indiferencia, la injusticia y la impunidad. Se trata de crear una ética secular que ayude, tanto a creyentes como a no creyentes por igual, a asumir un rol participativo y activo en relación al establecimiento de deberes y derechos, contra el culto a la muerte y la violencia. Se trata de la práctica liberadora. Surge así lo que el teólogo suizo Hans Küng denomina la pregunta fundamental de toda ética: “De nuevo la pregunta es radical: ¿por qué debe el hombre —como individuo, grupo, nación o religión— comportarse de un modo humano, verdaderamente humano? ¿Y por qué tal comportamiento ha de serincondicional? ¿Por qué nos afecta esto a todos, sin excluir a ningún estrato social, clase o grupo? ¡Esta es la cuestión fundamental de toda ética!”(Küng,1992: 45).
      En las nuevas sociedades del conocimiento que están surgiendo, los individuos deberán convertirse en productores de conocimiento lo cual significa que serán ciudadanos conscientes de su propia valía que podrán contestar activamente a tres preguntas concretas:
l  ¿Qué hago con mi vida?
l  ¿Qué hago con mi conciencia?
l  ¿Qué hago con mi voluntad?

        Si el futuro pertenece a la conducta reflexiva autónoma en sociedades de producción cognoscitiva plena e integral, esto significa que también la iglesia se convertirá en una institución obligada a producir conocimiento y a formar personas seguras de que su conocimiento beneficiará a sí mismo y a los demás en el cultivo de una mejor calidad de vida. Por ello, la lectura bíblica significará una relativización del dogma y una ampliación de sus principios a través de la conciliación con la ética científica y sus producciones humanizadoras. Se deberá enseñar a los ciudadanos la responsabilidad por la producción humanista de conocimiento que exige respuestas concretas a las preguntas anteriores. Se trata de un nuevo tipo de humanismo que, como bien señala el filósofo cubano Raúl Fornet-Betancourt, no va primariamente hacia la “civilización” de los seres humanos o a su educación como buenos ciudadanos de la sociedad burguesa que sólo cambian de costumbres o rituales, sino de una formación hacia su perfección total (Vollkommenheit) en la que se fomenta todo lo bueno de los seres humanos (Fornet-Betancourt, pág. 10).
        Se deberá además superar la conciencia determinada por el pecado al evitarse laabsolución de los individuos aunque éstos sean corruptos, delincuentes de cuello blanco y viciosos enseñando más bien a responsabilizarse por las propias acciones. La iglesia no debe ser más una fuente de justificación del poder o una mampara para aquellos sujetos que se aprovechan de la absolución al continuar cometiendo delitos impunemente[2].
        Lo anterior surge porque los ciudadanos como productores de conocimiento y no sólo pasivas criaturas pecadoras tendrán que aprender a legitimar sus conductas de forma científica, lo cual no significa otra cosa más que aprender a crear productivamente el sentido de civilidad de la historia. El nuevo rol civil de la iglesia se deriva, en este sentido, del hecho de que en su seno se cultivarán valores y principios de protección de toda la persona humana para no privatizar la fe y, en consecuencia, para evitar por todos los medios la privatización de la política. Como ha señalado el Pastor hondureño Evelio Reyes, la nueva iglesia debe evitar la privatización de la política al formar políticamente a los ciudadanos para la participación civil activa y pacífica que rechace toda forma de violencia y discriminación de los actores sociales y reciba científicamente sus aportes y esfuerzos ciudadanos de superación del mal. Debemos, ha dicho, “hacernos políticamente pueblo”, es decir, volvernos conscientes de nuestro rol civil como forjadores de nuevas sociedades más humanas. No más ignorancia, indolencia ni de quedarse al margen.
      La iglesia de nuevo tipo, cumple con una función civil al combatir la permisividad y el oportunismo moral que pretende justificar las acciones subjetivas que no resuelven los problemas sino que los agudizan al ignorarlos[3]. El nuevo rol civil de la iglesia, cualquiera que sea su tendencia, será inevitablemente la de preparar a los individuos para convivir maduramente en sociedad, para asumir responsabilidades cada vez más complejas y acordes con la razón y lo racionalmente bueno para la humanidad: para estar al nivel de lo humano y lo posible humanamente. La iglesia enseñará que el hombre debe responsabilizarse por la Humanidad y que su futura responsabilidad como productor de conocimientos estará enfilada hacia el fortalecimiento de todo lo que proteja y fortalezca a la Humanidad y la verdad histórica. Por eso recurrimos a la Declaración del II Parlamento de las Religiones del Mundo, celebrado en Chicago en 1993 en donde se establece que: “Hacer valer la verdad, en lugar de confundir libertad con capricho y pluralismo con arbitrariedad. Fomentar el espíritu de veracidad en las relaciones interpersonales de cada día en lugar de vivir en la insinceridad, la simulación y la acomodación oportunista. Buscar incesantemente la verdad, animados por una incorruptible voluntad de sinceridad, en lugar de difundir medias verdades ideológicas y partidistas. Servir a la verdad, una vez conocida, con confianza y firmeza en lugar de rendir tributo al oportunismo” (Declaración de Chicago, 1993: 8. Documento de Internet)
           Lo que afirmamos implica que la iglesia debe transformar su concepción de la vivencia de la fe en tanto sistema de penitencia, premio y castigo para dar paso a la concientización de los creyentes, los cuales deberán aprender a actuar no porque existe el premio de la vida eterna, sino porque la vida eterna es el ahora y el presente vivido consciente y responsablemente. Esto es indispensable para formar personas maduras sicológica y emocionalmente: los ciudadanos reflexivos de la sociedad del conocimiento que se indignan por toda injusticia. Esto significa la defensa definitiva como valor absoluto de lo correctamente humano que determina la autonomía de la conciencia.
     Sobre esto, ha señalado Hans Küng, deben haber soluciones plurales en la tierra: “Una segunda dificultad —ha dicho— que no debería olvidar el hombre religioso de nuestro tiempo:  para todos los problemas y conflictos es preciso buscar y elaborar “en nuestra tierra” soluciones plurales. Judíos, cristianos, mahometanos, o miembros de las religiones indias, chinas o japonesas son hoy responsables de la configuración de su propia moral. ¿En qué sentido? En cuanto que también ellos parten de experiencias, de diversas situaciones vitales, y han de atenerse a la realidad. Por consiguiente, tampoco el hombre religioso puede dispensarse de buscar informaciones y conocimientos fiables en los campos concretos de la bioética, de la ética sexual, económica y política, ni de actuar en todos los ámbitos con argumentos objetivos, para así lograr garantías de decisión y, finalmente, llegar a soluciones practicables. Son precisamente los hombres religiosos, frecuentemente con la cabeza en las nubes, quienes han de tenerlo en cuenta. No pueden privar al hombre de su autonomía intramundana en nombre de ninguna autoridad superior, por alta que sea. En este sentido habrá que recordar un importante logro kantiano: existe una auto-legislación y una auto-responsabilidad ética arraigada en la conciencia, en orden a nuestra propia realización y a la configuración del mundo” (Küng, 1992: 70).

3.- LA CIUDADANIZACIÓN INCLUYENTE E INSTITUYENTE EN EL SIGLO XXI: URGE UN NUEVO SISTEMA ECONÓMICO

      Ante la situación de actual recesión económica basada en el fraude y el engaño del capital especulativo del neoliberalismo la Iglesia debe establecer la necesidad urgente de participación de los ciudadanos en la limitación moral y política de la economía. Como ya claramente se definió en el Sínodo de los Obispos en 1971, La Justicia en el Mundo, se trata deformar a las personas para la justicia porque “es imposible concebir una verdadera promoción, sin antes reconocer —dentro de la opción política adoptada— la necesidad de un desarrollo que resulte de la unión del incremento económico y de la participación; y la necesidad del incremento de las riquezas que implica al mismo tiempo un progreso social de toda la comunidad, superando los desequilibrios regionales y las islas de prosperidad. La misma participación entraña un derecho que debe ser aplicado tanto en el campo económico como social y político” (Sínodo, 2009: 5).
      Lo anterior coincide con la determinación de un nuevo rol para el ciudadano del mundo: el ciudadano cosmopolita que construye activamente una sociedad mejor sistematizada económicamente. Desde 1970, en Kyoto, Japón, se celebró la primera Conferencia mundial de las Religiones en favor de la Paz en la que se establecieron algunos principios universales que determinan dicho nuevo rol. Esos principios fueron los siguientes:
  1. “La convicción de la fundamental unidad de la familia humana, la unidad y dignidad de todos los hombres;
  2. el sentimiento de la inviolabilidad del individuo y de su conciencia;
  3. el sentimiento del valor de la comunidad humana;
  4. la persuasión de que poder no equivale a derecho, que el poder humano ni se basta a sí mismo ni es absoluto;
  5. la fe en que el amor, la compasión, el altruismo y la fuerza del Espíritu y de la veracidad interior son, en última instancia, muy superiores al odio, la enemistad y el egoísmo;
  6. el sentimiento de la obligación de estar de parte de los pobres y oprimidos y en contra de los ricos y opresores;
  7. la esperanza de que al fin vencerá la buena voluntad” (Lücker, 1971: 110).
      Como podemos ver la economía del capitalismo especulativo, después de más de treinta años, no ha podido responder a estos principios porque no fortalece la justicia sino más bien la desigualdad, el fraude y la anarquía entre los actores sociales[4]. El neoliberalismo, con su globalización financiera, crea y genera anarquía por su esencia antisocial que impide la inclusión de los ciudadanos al ejercicio del poder democrático, lo cual, a su vez impide la ciudadanía instituyente[5]. Esta última se define como “...la posibilidad de autoafirmación mediante la interpelación del orden vigente, para generar cambios basados  en el reconocimiento de la propia subjetividad y en el pleno ejercicio de derechos individuales y colectivos, lo que implica la inclusión de los excluidos de tales derechos”(Arpini, 2009. 4. Documento de Internet). Los actores sociales son impedidos de ejercer una ciudadanía activa y más bien son tratados como individuos débiles y no aptos, carentes de una capacidad totalmente agresiva de competencia que, sin límites morales y políticos, favorezca la especulación financiera.
         Esto debe relativarse incorporando elementos de reflexión de las relaciones sociales y humanas al plantearse, por parte de la religión, de los siguientes frenos al extremismo economicista:
l  “Los seres humanos no actúan sólo por máximas económicas racionales.
l  Sus logros no están determinados sólo por intereses materiales, su motivación no es únicamente el instinto del intercambio mercantil.
l  No todas las necesidades humanas pueden ser satisfechas por lo que produce la economía.
l  No sirve a todos el hecho de que cada quién siga sus propios intereses.
l  Las personas, y también los economistas, necesitan para su bienestar propio, de una buena vida común y una felicidad mutua más que sólo de la economía de mercado” (Küng, 1997: 282).

      Por el hecho de que el capitalismo especulativo no promueve la justicia que implica el amor entre los seres humanos[6] la iglesia debe hablar ya abiertamente de la necesidad de un nuevo sistema económico: el socialismo comunitario intercultural para cuyo sostenimiento se necesita de un nuevo ciudadano y una nueva forma democrática de ciudadanización:
  1. Se precisa de actores sociales participativos y no sumisos que impongan autoridad y reglas morales a la economía.
  2. Se precisa de ciudadanos que pongan límites civiles y ambientales al capital especulativo denunciando sus abusos.
  3. Se precisa de ciudadanos que pongan límites y frenen la voracidad de los organismos internacionales de financiamiento al presionar a los gobiernos para que resistan los embates a la soberanía nacional por las medidas neoliberales.
  4. Se precisa de ciudadanos comunitarios que hagan de cada comunidad una protagonista activa de nuevas políticas interculturales de promoción y fortalecimiento de la economía social y ecológica de mercado.
  5. Se precisa de ciudadanos emprendedores que defiendan la clase media y los microempresarios ante la voracidad de las grandes compañías transnacionales.

       Necesitamos principios limitadores de la economía que precedan a ésta última. Podemos adoptar algunos de esos principios en los establecidos por la Declaración del II Parlamento de las Religiones del Mundo, celebrado en Chicago en 1993:
  1. “Compromiso a favor de una cultura de la no violencia y respeto a toda vida.
  2. Compromiso a favor de una cultura de la solidaridad y de un orden económico justo.
  3. Compromiso a favor de una cultura de la tolerancia y un estilo de vida honrada y veraz.
  4. Compromiso a favor de una cultura de igualdad y camaradería entre hombre y mujer” (Declaración de Chicago, 1993: 4-9. Documento de Internet).
           Para todo ello necesitamos de una Iglesia transformadora y revolucionaria. Tal como ha establecido el teólogo chileno, Pablo Richard: “los cristianos que se integran conscientemente al movimiento popular han comprendido que ellos pueden sobrevivir como iglesia sólo en la medida que se produce una radical conversión a su identidad propia y original. Una iglesia-ley o una iglesia-poder o una iglesia-doctrina tiene que desaparecer, pues no tiene ningún lugar o espacio al interior del movimiento obrero-campesino. Si no se da esa conversión radical, la iglesia seguiría siendo al interior del movimiento obrero un poder paralelo o alternativo, motivo de división y obstáculo para una total liberación. La única iglesia posible y significativa al interior del movimiento popular es una iglesia crítica y profética contra todo sistema de dominación. Una iglesia desalienadora y deslegitimadora frente a la “religión” oficial del poder dominante. Una iglesia “subversiva” frente al poder político y religioso dominantes...La iglesia podrá cumplir ese rol en la medida que sea una comunidad de fe liberadora, una comunidad de esperanza de un mundo diferente y antagónico al actual mundo capitalista. Una iglesia que viva la dimensión política de la caridad en una práctica revolucionaria” (Richard, 1978: 14-23).

                  4.- LA IGLESIA CONTRA LA GUERRA

         Se debe superar la concepción antropológica negativa que  establece que el ser humano es malo por naturaleza y que la violencia es antropológicamente innata a las acciones humanas.Sobre esto es importante citar a Ashley Montagu que señala que la explicación antropológica negativa es satisfactoria para casi todo el mundo porque a quien nace predeterminado no puede culpársele por su forma de comportarse por lo que dicha antropología sirve de pretexto para realizar actos violentos contra la propia Humanidad. En este sentido lo que debemos rescatar es la capacidad de aprender y formarse de los seres humanos como lo que nos distingue del mundo de los simples instintos: “La característica más destacada de la especie humana es su educabilidad, el hecho de que todo lo que sabe y hace como ser humano ha de aprenderlo de otros seres humanos. Y esto lo ha ido aprendiendo en sus cuatro millones de años de evolución, a partir del momento en que los hombres hubieron de abandonar la vida en los árboles   ̶que escaseaban a causa del descenso de lluvias  ̶ y asentarse en llanuras abiertas donde tenían que cazar para subsistir. En la caza son muy importantes la cooperación, la capacidad para solucionar rápidamente problemas imprevistos y la adaptabilidad. Los instintos que predeterminaron el comportamiento no hubieran tenido ninguna utilidad en el nuevo nivel de adaptación hacia el que los seres humanos había evolucionado: la parte aprendida, hecha por el ser humano, del entorno; en otras palabras, lacultura. Lo que hacía falta era saber cómo abrirse paso en un entorno creado por el hombre, y las reacciones biológicamente predeterminadas resultaban inútiles ante situaciones para las que habían sido pensadas ni eran apropiadas. Hacía falta respuestas, no reacciones; era preciso crear soluciones ante los nuevos y siempre cambiantes desafíos del entorno” (Montagu, 2008: 3).
          Ante lo anterior resulta sumamente importante retomar el problema de la guerra como un resultado de la ignorancia y ausencia de cultura de los grupos que la promueven. La Iglesia debe ser contundente en este sentido y establecer una antropología positiva que rescate los buenos sentimientos del ser humano así como su capacidad de negociar y conciliar para la paz perpetua. Ninguna guerra es justa, ni siquiera en los procesos de autodefensa, por lo que se debe siempre promover el respeto a la persona humana que se pierde siempre que hay una guerra. La Iglesia debe negar toda guerra y toda carrera armamentista[7]. Por ello resulta sumamente importante rescatar algunos de los principios establecidos en la Octava Asamblea Mundial de Religiones por la Paz reunida en Kyoto, Japón, el 29 de agosto de 2006:
  1. “Resistir y confrontar cualquier mal uso de la religión para fines violentos:
  2. Convertirse en educadores, abogados y actores efectivos para la transformación de conflictos, la promoción de justicia, la construcción de la paz y el desarrollo sustentable.
  3. Aprovechar sus tradiciones espirituales individuales para educar a los miembros de las comunidades religiosas sobre nuestras responsabilidades compartidas a fin de fomentar la seguridad compartida.
  4. Fortalecer la educación por la paz en todos los niveles.
  5. Hacer responsables a los gobiernos por los compromisos que hicieron en nombre de sus pueblos.
  6. Conectarse localmente, nacionalmente, regionalmente y globalmente para promover la cooperación multireligiosa entre los organismos religiosos del mundo.
  7. Aliarse con los gobiernos, organismos internacionales y otros sectores de la sociedad para confrontar la violencia y fomentar una nueva noción de seguridad compartida” (Declaración de Kyoto, 2006: 6).

5.- EL ETHOS MUNDIAL COMO NUEVO ESTILO DE REVOLUCIÓN SOCIAL Y EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

       Es preciso crear y fomentar el diálogo interreligioso con miras a lograr un ethos mundialque establezca claramente lo que es bueno para los seres humanos, y defienda lo que los seres humanos precisan para una vida en paz y prosperidad. Por eso, es válida la pregunta que se hace Hans Küng al respecto: “¿Por qué no ha de ser posible que todas las religiones lleguen a un punto de coincidencia, al menos con respecto a esta cuestión fundamental?: ¡es bueno para el hombre lo que realmente le ayuda a ser verdaderamente hombre! De acuerdo con esta norma básica de humanidad, de verdadera humanidad, puede distinguirse entre lo bueno y lo malo, entre lo verdadero y lo falso. De igual modo es posible distinguir, en una religión concreta, entre lo fundamentalmente bueno y lo malo, entre lo verdadero y la falso. Y este criterio referido a las religiones es susceptible de una formulación positiva y también —quizás con mayor fuerza— de una formulación negativa:
     —formulación positiva: una religión se acredita como verdadera buena en la medida en que sirva a la humanidad y consiga fomentar con su doctrina de fe y costumbres, con sus ritos e instituciones, la verdadera identidad, sensibilidad y veracidad del hombre, posibilitándole el logro de una existencia rica y llena de sentido;
           —formulación negativa: una religión se desacredita como falsa y mala en la medida en que fomente la inhumanidad e impida, con su doctrina de fe y costumbres, con sus ritos e instituciones, la verdadera identidad, sensibilidad y veracidad del hombre, imposibilitándole el logro de una existencia rica y llena de sentido” (Küng, 1992: 116-117).
       El mismo Küng señala en un apartado anterior, que “las religiones sólo son creíbles cuando comienzan por aplicarse radicalmente a ellas mismas las normas éticas que predican al mundo” (Idem, pág. 84). En este sentido, el diálogo interreligioso debe significar un análisis reflexivo autocrítico que retome los principios universales más importantes y los fomente para, como bien señala el Pastor hondureño Pedro Reyes,”despertar de la pasividad a la santa y sana impaciencia” por la injusticia que campea en el mundo de hoy. Se precisa de un nuevo sentimiento religioso universal de confraternidad para acallar a aquellos que “dicen amar a Dios porque no pueden amar a su hermano”; a todos los que buscan y se sitúan en un mundo trascendental porque el mundo real les parece inútil e insuficiente. Y para eso, debemos distinguir entre las verdaderas religiones y las que no lo son, entre religiones que defienden los derechos humanos y aquellas que no lo hacen. Debemos recordar que “el hombre creado a imagen de Dios tiene un valor sagrado y violar los derechos fundamentales del ser humano, es lesionar los mismos derechos de Dios” (Geffré, 2009: 107. Documento de Internet).
       En nuestra América Latina, para el caso, la religión fue instaurada a través del látigo de un Dios punitivo que sólo juzgaba los actos y que se olvidaba de la relación de amor que rige entre el creyente y la divinidad. De ahí que en el continente latinoamericano la vivencia de la fe se halla profundamente arraigada al sentimiento de la liberación, de la revolución y la utopía sociales. Este sentimiento debe ser fomentado, profundizado, defendido y resguardado para nuestro tiempo porque representa las aspiraciones legítimas de nuestros pueblos de libertad e igualdad políticas. Ante ello, la Iglesia, sea cual fuere su tendencia, necesita educar para la indignación, para el rechazo de toda injusticia e impunidad, y para el apoyo de la revolución continental[8]. Ésta se define como “el método para la realización del humanismo histórico, pero un humanismo cuyo esencia no es la libertad abstracta de individuos unidos contractualmente, sino la praxis de la liberación de experiencias concretas de sufrimiento de explotación que une a las personas solidariamente como pueblo” (Fornet-Betancourt, pág. 6). Éste es el método de lograr, por la vía de la cultura y la formación políticas, las transformaciones que se necesitan en nuestros países, agobiados por la dependencia y la explotación.
      El diálogo interreligioso tiene la obligación de integrar a todos los creyentes y no creyentes en la formulación de una “verdad histórica compartida”, pues, “la esencia de la verdad es  ser compartida porque la verdad más sagrada, más absoluta siempre se expresa  en la contingencia de un idioma histórico. Eso no conduce al relativismo, pero testifica simplemente el carácter inaccesible de la verdad completa que coincide con el misterio de Dios” (Geffré, 2009: 104).
        El diálogo interreligioso deberá esforzarse por encontrar los puntos comunes entre las diferentes creencias y un aspecto especialmente relevante puede ser la lucha por la justicia: “Tal vez, mejor que el monasterio o el monte del místico, la lucha por la justicia puede ser el lugar donde hindúes, budistas, cristianos y judíos pueden sentir y comenzar a hablar sobre lo que los une. Lo que hace posible una comunicación en la doctrina entre los creyentes de diferentes procedencias no es solamente lo que Tomás Merton llamó una comunicación de experiencia místico contemplativa sino también y especialmente una comunicación de la praxis liberadora” (Knitter, 2009: 10. Documento de Internet).
       Se trata de inspirar ideales de profundo cambio en los que se apliquen nuevas formas originales de resistencia civil realizando presiones políticas de nuevo tipo y alianzas estratégicas entre actores sociales que antes se encontraban dispersos o que simplemente se ignoraban mutuamente. El trabajo ecuménico de reunificación contra la disgregación y el fragmentarismo político es decisivo para la reagrupación del pueblo en torno a ideales éticos universales que poseen una dimensión política de ciudadanización, tales como los siguientes:
  1. Despertar la conciencia del aprecio por el mundo material presente y el amor al prójimo.
  2. Concientizar acerca del hecho de que todos los hombres son iguales en deberes y derechos.
  3. Determinar definitivamente que la violencia y la corrupción no son innatos ni insuperables para el ser humano.
  4. Establecer el máximo canon de la moral en el hecho de que todos los seres humanos son fines en sí mismos y no medios.
  5. Establecer la protección de los seres vivos, el medioambiente y la naturaleza en general.
  6. Determinar que aún la guerra de autodefensa causa destrucción y muerte por lo que debemos abogar por la paz perpetua y permanente.
  7. Determinar que sólo por medio de la revolución social podremos alcanzar una plenitud de vida.
  8. Establecer que nunca se podrá detener la utopía humana de perfeccionar el mundo como sueño e ideal últimos.
  9. Aceptar finalmente que ningún tipo de capitalismo realiza el bien común que es el principio último decisivo de la religiosidad humana, y que por eso, necesitamos de un nuevo sistema socioeconómico: el socialismo comunitario intercultural.

      BIBLIOGRAFÍA

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[1]    Resulta, para el caso, sumamente denigrante para la historia de los pueblos la actitud del caballero católico de la Orden de los Caballeros de la Tumba Sagrada de Jerusalén, Franz von Papen, quien con su actitud negligente ayudase al reconocimiento internacional de Hitler durante el nazismo alemán. El caballero von Papen hizo negociaciones en Roma para la legitimación del tercer Reich. El 20 de julio de 1933 sellaron en Roma Franz von Papen y el secretario del cardenal Pacelli con sus firmas la reconciliación entre la Alemania nazi y el Papado. Esta acción, a los ojos del mundo, hizo de Hitler un legítimo hombre de Estado (Koch y Schröm, 1994: 12).
[2]    Sobre la corrupción al interior de la Iglesia católica, especialmente la relación de la Orden de los Caballeros de la Tumba Sagrada de Jerusalén con la mafia siciliana, véase el artículo citado “Dunkle Ritter im weissen Gewand” en Die Zeit, Nr. 13, 25. März 1994. Pág. 14.
[3]    Esto tiene que ver también con el problema del enriquecimiento de la propia iglesia a costa de la buena fe de sus adeptos. Sobre la “Pobreza de la Iglesia” véase los documentos finales de Medellín, Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Septiembre de 1968. Edición Digital.
[4]    Al respecto leemos: “...el proceso de globalización termina por dilatar, más que reducir, las desigualdades entre los países en términos de desarrollo económico y social” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 2005: 163).
[5]             “Ciudadanía instituyente que recupera la autodeterminación propia de la modernidad en su mayor radicalidad, justamente aquella por la cual se instituye como ciudadanía al tiempo que también interpela a las instituciones vigentes en tensión con las cuales procede a su afirmación y construcción a través de cambios institucionales. En ella, el sentido de la emancipación priva sobre el de la dominación, porque instituye desde la crítica y superación de lo instituido que de alguna manera implica siempre dominación. Su condición instituyente implica novedad institucional y por lo tanto novedad en la dominación, pero la recreación de su identidad sin la cual dejaría de ser lo que es, supone nuevos discernimientos de la dominación que ella misma ha institucionalizado por la nueva afirmación de su sentido liberador-instituyente”(Acosta, 2006: 10. Documento de Internet).
[6]    En el documento La Justicia en el Mundo encontramos la estrecha relación entre lucha por la justicia y el amor al prójimo: “...Por tanto, según el mensaje cristiano, la actitud del hombre para con los hombres se completa con su misma actitud para con Dios; su respuesta al amor de Dios...se manifiesta eficazmente en el amor y en el servicio de los hombres. Pero el amor cristiano al prójimo y la justicia no se pueden separar. Porque el amor implica una exigencia absoluta de justicia, es decir, el reconocimiento de la dignidad y de los derechos del prójimo. La justicia a su vez alcanza su plenitud interior solamente en el amor...” (Sínodo de los Obispos de 1971: 8-9. Documento de Internet).
[7]    Un primer paso en este sentido se encuentra ya documentado en la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” (Sobre la Iglesia en el mundo actual) donde se habla en la Sección I del Capítuloo V, de la Obligación de evitar la guerra, aunque aún falta contundencia en este tema. Véase pág.58.
[8]    Sobre el problema de la revolución social y la relación con la iglesia véase de Ernesto Parra-Escobar, La doctrina social de la iglesia frente a la revolución social, Nueva Sociedad Nro. 36, Mayo-Junio 1978, págs. 53-60.
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JUAN BOSCH: "LENÍN, EL PROGRAMA Y LA TÁCTICA"



Coronel Tomas Fernandez Dominguez, soldado de la Patria y el Profesor Juan Bosch


Para hacer una guerra hay que elaborar un plan estratégico, y para ganarla hay que vencer al enemigo en las batallas, que pueden ser numerosísimas, como sucedió en VietNam; y el que quiera resultar vencedor en esas batallas tiene que aplicar medidas tácticas apropiadas para cada una de ellas.



Entre la estrategia —planes generales para ganar una guerra— y la táctica —conjunto de medidas que se aplican en los campos de batalla— hay la misma relación que hay entre una cadena y sus eslabones, pero debe entenderse que así como la cadena no puede sustituir a los eslabones ni estos a la cadena, así tampoco puede la estrategia sustituir a la táctica ni la táctica a la estrategia.




Hemos dicho numerosas veces, aunque tal vez no lo hayamos escrito antes de ahora, que la actividad humana que más se parece a la política es la guerra y que la guerra es lo que más se parece a la política, de manera que las concepciones estratégicas y tácticas inventadas para ser usadas en las guerras tienen su equivalencia en la política. Esa equivalencia la exponía Lenin con estas palabras, dichas en el discurso que pronunció el 1º de junio de 1921 en el III Congreso Mundial de la Internacional Comunista: “Los principios no son el objetivo, ni el programa ni la táctica ni la teoría. La táctica y la teoría no son los principios”.


¿Qué cosa eran, pues, los principios para Lenín?


Él mismo lo dijo en la ocasión a que acabamos de referirnos; lo dijo de esta manera: “Los principios del comunismo consisten en el establecimiento de la dictadura del proletariado y en la aplicación de la coerción por el Estado durante el período de transición”.


Si esos eran los principios, ¿qué era entonces el objetivo; qué eran la táctica, la teoría, el programa?


Debemos entender que el objetivo era la toma del poder, pues sin el uso del poder no podían aplicarse los principios, y la táctica tenía que ser necesariamente el conjunto de medidas que debían aplicarse para ganar las batallas que debían darse para conquistar el objetivo, esto es, el poder. En cuanto al programa y la teoría, no hay que hacer esfuerzos de interpretación puesto que todo el mundo sabe qué cosas son un programa y una teoría políticos. Lo que parece evidente es que ni el programa ni la teoría tenían para Lenin una importancia comparable con la de los principios y el objetivo, en lo cual no están de acuerdo con él los que en la República Dominicana no desperdician ninguna oportunidad de proclamarse sus muy fieles devotos.


¿A qué teoría aludía Lenín en la frase que le hemos copiado?
¿No debía ser necesariamente a la marxista? Y si era así, ¿por qué no le daba importancia?


Porque desde el punto de vista de la actividad práctica no era necesario que el pueblo la conociera; la conocían los miembros de su partido y eso era suficiente. Con esas mismas palabras lo dijo él en el discurso del 1º de julio (1921): “Es suficiente un partido muy pequeño para conducir a las masas. En determinados momentos no hay necesidad de grandes organizaciones”, y a seguidas aclaraba: “Mas para la victoria es preciso contar con las simpatías de las masas”.


El pueblo ruso no conocía la teoría marxista pero conocía muy bien los problemas que lo agobiaban: la guerra con Alemania, en la cual sus padres, hermanos, hijos, maridos y novios morían o quedaban heridos o caían prisioneros; el hambre que pasaban los pobres porque cada día eran más escasos los productos que necesitaban para alimentarse, y en el caso de los campesinos, la falta de tierras en que trabajar. Por eso el partido bolchevique —el que dirigía Lenín, o sea, el Social
Demócrata Obrero Ruso— levantó como bandera de lucha la consigna de Paz, Tierra y Pan, y no un programa socialista que le sirviera para hacerle propaganda al socialismo.


El pueblo ruso estaba padeciendo males de los que necesitaba librarse. El remedio de esos males se resumía en tres palabras: Paz, Tierra y Pan. Para movilizar a ese pueblo ninguna doctrina, ninguna teoría, era más útil que esas tres palabras.
En la guerra política llamada Revolución Rusa se daban batallas y combates diarios en forma de mítines, desfiles, reuniones de trabajadores en sus lugares de trabajo. Esas batallas debían ser ganadas por los cuadros bolcheviques en la mente de los hombres y las mujeres del pueblo, y para ganarlas había que aplicar una táctica. ¿Cuál? La de explicar en todos sus aspectos las ventajas para las grandes masas de una política que le proporcionara al pueblo la paz, la tierra y el pan.


Nadiezhda Krupskaya, la mujer de Lenín, escribió un libro que se ha publicado en español con el título Lenin y el Partido, editado en el año 1975 en Cuba, en el cual se lee lo siguiente (páginas 103 y 104):


“El Partido leninista lanzó estas consignas:

‘¡Abajo la guerra de rapiña!

‘¡La tierra para los trabajadores!

‘¡Todo el poder para los soviets!

‘Estas consignas se hallaban en el corazón de cada obrero y campesino, expresaban sus más recónditos deseos.

‘Los obreros y campesinos vieron que el partido leninista defendía su causa vital, y mientras más abrían los ojos más crecía la confianza en Lenín y su partido”.

El autor de este artículo no es leninista, y lo ha dicho varias veces; ha dicho que es marxista pero no leninista. En cambio, los leninistas que enarbolan la consigna de Unidad con Programa Socialista afirman sin descanso que son leninistas.
¿Pero en qué sentido lo son? ¿Siguen sus enseñanzas y las aplican?

Ninguna de las dos cosas. Algunos de ellos se proclaman leninistas por razones puramente emocionales, pero otros lo hacen porque así pueden confundir a los simpatizantes del socialismo que conocen a Lenín sólo de nombre.

25 de enero de 1982.

JUAN BOSCH: Fui al Asia y al Sudeste Asiático a buscar la Verdad (1969).

JUAN BOSCH: Fui al Asia y al Sudeste Asiático a buscar la Verdad (1969).


                             VIAJE A LOS ANTÍPODAS 
(Publicado en la revista ¡Ahora!, Nº 326 del 9 de febrero de 1970.)


“Durante años y años creí que políticamente la Verdad se hallaba en la llamada democracia representativa, pero sucedió que cuando el pueblo dominicano se lanzó a morir por esa democracia que yo, entre varios pero quizá más que muchos, le había enseñado a buscar, la tal democracia representativa sacó de sus entrañas la putrefacción, el crimen, la mentira, el abuso”
“vi a la soldadesca norteamericana llegar a Santo Domingo armada hasta los dientes para bombardear a la ciudad más vieja de América, para aniquilar el impulso creador de nuestro pueblo y para exterminar, como se hace con las fieras, a los luchadores democráticos dominicanos; vi a la República desamparada, engañada por los organismos internacionales y traicionada por la OEA”

La  dignidad  y bravura del hombre Quisqueyano se puso a prueba en el abril cuando la patria fue agredida por la botas invasoras. Aquí, en esta fotografía,un dominicano, se enfrenta a puños limpios a un soldado Yanqui que intenta agredirlo.
“he visto morir dominicanos día tras día desde el momento en que desembarcaron en el país los primeros infantes de marina del señor Trujijohnson hasta el momento en que escribo estas líneas, ya a punto de terminar el año de 1969, a pocos meses de cumplirse los cinco años de la intervención norteamericana. Así, la mentira y el crimen aplicados y desatados por la llamada democracia representativa yanqui en Santo Domingo no fueron el resultado de un error momentáneo; fueron y siguen siendo la obra sistemática de todos los días”

“a partir del 28 de abril de 1965 comencé a estudiar cuidadosamente la historia de los Estados Unidos tal como es y no como la cuentan los norteamericanos; comencé a darme cuenta de que ese país gigantesco y poderoso tiene una antigua tradición de engaños y una capacidad asombrosa para mentirle al mundo”


Los países del Asia están geográficamente en el lado del mundo opuesto a la República Dominicana, y además, tres de los cuatro que visité en los meses de octubre y noviembre de 1969 son, en el orden político, el polo opuesto de Santo Domingo; así, para nosotros los dominicanos Corea del Norte, China y Vietnam del Norte representan con toda propiedad nuestros antípodas, porque la palabra antípoda quiere decir eso: lo que se halla en el lado de la Tierra opuesto a nosotros, y además lo que representa algo totalmente distinto de lo que somos.
¿Por qué he viajado a los antípodas geográficos y políticos de nuestro país?
Aunque la respuesta a esa pregunta podría ser larga y complicada, voy a tratar de hacerla corta y clara: Fui al Asia y al Sudeste Asiático a buscar la Verdad.
Durante años y años creí que políticamente la Verdad se hallaba en la llamada democracia representativa, pero sucedió que cuando el pueblo dominicano se lanzó a morir por esa democracia que yo, entre varios pero quizá más que muchos, le había enseñado a buscar, la tal democracia representativa sacó de sus entrañas la putrefacción, el crimen, la mentira, el abuso. Yo oí al presidente de los Estados Unidos, país líder  de la tal democracia representativa, mentir como sólo mienten los seres más abyectos; oí a él y a senadores, diputados, altos personajes y a la radio oficial de los Estados Unidos acusar a la revolución democrática del pueblo dominicano de criminal y salvaje; vi a la soldadesca norteamericana llegar a Santo Domingo armada hasta los dientes para bombardear a la ciudad más vieja de América, para aniquilar el impulso creador de nuestro pueblo y para exterminar, como se hace con las fieras, a los luchadores democráticos dominicanos; vi a la República desamparada, engañada por los organismos internacionales y traicionada por la OEA; la vi atropellada por soldados latinoamericanos, enviados a nuestro país para justificar el crimen de los Estados Unidos, que habían violado tratados hemisféricos y no querían ni podían quedarse solos ante la conciencia del mundo como autores de esa violación; he visto morir dominicanos día tras día desde el momento en que desembarcaron en el país los primeros infantes de marina del señor Trujijohnson hasta el momento en que escribo estas líneas, ya a punto de terminar el año de 1969, a pocos meses de cumplirse los cinco años de la intervención norteamericana. Así, la mentira y el crimen aplicados y desatados por la llamada democracia representativa yanqui en Santo Domingo no fueron el resultado de un error momentáneo; fueron y siguen siendo la obra sistemática de todos los días.

Valientes Mujeres Quisqueyanas se enfrentan a los soldados americanos en una marcha protesta por los atropellos por parte de la soldadesca americana contra el pueblo.  
Si alguien en quien tuvimos fe nos sorprende mostrándonos de manera inesperada lo que es en verdad y no lo que había simulado ser, empezamos a poner en duda todo lo que habíamos estado creyendo de él hasta entonces; y eso me sucedió a mí. Así, a partir del 28 de abril de 1965 comencé a estudiar cuidadosamente la historia de los Estados Unidos tal como es y no como la cuentan los norteamericanos; comencé a darme cuenta de que ese país gigantesco y poderoso tiene una antigua tradición de engaños y una capacidad asombrosa para mentirle al mundo;ha hallado la forma de atropellar de la manera más brutal a los pueblos débiles y presentar esos atropellos como si fueran grandes y costosos esfuerzos para liberarlos de males infernales y para defender la libertad humana. Cuando los libros de historia me convencieron de que los Estados Unidos no son lo que sus propagandistas dicen que son, sino todo lo contrario, me dije a mí mismo que esos libros podían ser en fin de cuentas obras de fanáticos antiyanquis y que mi deber era comprobar los hechos sobre el terreno; y visto que la prensa, la televisión, la radio y la mayor parte de los medios de comunicación norteamericanos tienen años y años presentando al mundo socialista como el espejo de la esclavitud, el atraso y la miseria, fui a visitar Yugoeslavia y Rumanía. Allí, en Yugoeslavia y Rumanía comprobé que de cada mil palabras sobre los países socialistas que se escriben en los Estados Unidos, novecientas noveintinueve son mentiras, y llegué a la conclusión de que el empeño que ponen los yanquis en hacer que los gobiernos sirvientes de América Latina persigan como a un criminal al que viaja a los países socialistas tiene un fin, el de evitar por medio de la violencia que los pueblos de América Latina se enteren de que la propaganda norteamericana contra esos países se basa en la mentira y sepan que cualquiera de ellos tiene un grado de desarrollo y bienestar, y sobre todo de justicia social, incomparablemente más alto que el de los latinoamericanos. Yo, que no soy comunista y por eso mismo no estoy obligado en ningún sentido ni por ninguna razón a defenderlos, lo afirmo categóricamente ante el pueblo dominicano, y digo a conciencia, con la mano puesta en el corazón, que de cada diez verdades sobre los países comunistas que dice un yanqui, dice al mismo tiempo, y con la mayor tranquilidad, noventa y nueve mil novecientas noventa mentiras.
La mentira es una parte tan importante en la vida norteamericana que sus historiadores, escritores, ensayistas, periodistas y funcionarios mienten hasta sin darse cuenta. Unas veces mienten directamente y otras de manera indirecta; unas veces dicen lo que no es verdad y otras veces se callan la verdad. Y esto lo hacen no sólo cuando hablan de otros países sino también cuando hablan del suyo; no sólo cuando se refieren a hechos actuales sino también cuando se refieren a hechos históricos. Por ejemplo, hace algo así como año y medio el ex embajador Crimmins respondió a una carta del PRD y en esa carta afirmó que los Estados Unidos son un país que se ha desarrollado pacíficamente, mediante la sola aplicación de las leyes; y recientemente el sucesor del Sr. Crimmins ha repetido lo que éste había dicho.
Pues bien, ni el señor Crimmins ni su sucesor dijeron la verdad, y yo me permito poner en duda que los embajadores norteamericanos ignoren la historia de su país. Claro que la conocen, pero la deforman para presentar a su país ante el pueblo dominicano como no es y como nunca ha sido. Al contrario de lo que han dicho los dos embajadores, los Estados Unidos han tenido revoluciones sangrientas, de las más sangrientas que ha conocido la Humanidad; en una de ellas murieron miles y miles y miles de hombres y mujeres, desde civiles y soldados hasta el presidente de la república; ciudades enteras fueron destruidas a cañonazos y se combatió ferozmente durante cuatro años. ¿Cómo es posible que el señor Crimmins y su sucesor pretendan hacernos creer que la fabulosa matanza de 1861-1865 no existió? ¿Y saben los dominicanos por qué no mencionan los señores embajadores esa hecatombe? Pues porque los norteamericanos le cambiaron el nombre; en vez de revolución pasaron a llamarle “guerra de secesión”. Pero fue una revolución provocada por los dueños de esclavos del Sur, que se levantaron en armas cuando creyeron que el gobierno de Lincoln  iba a decretar la libertad de los esclavos. Lincoln no pensaba hacer eso, pero él representaba a los industriales del Norte, que para poder vender sus máquinas necesitaban que desapareciera la esclavitud en el Sur, puesto que los esclavos no estaban capacitados para manejar maquinarias y esto tenían que hacerlo obreros asalariados; y como Lincoln representaba a esos industriales, los esclavistas creyeron que iba a poner en peligro su “sagrado derecho” a ser propietarios de hombres.
Además de la revolución de la independencia y de la llamada “guerra de secesión”, los Estados Unidos han conocido y sufrido revoluciones larvadas que han producido millares y millares de víctimas, entre ellas varios presidentes de la república asesinados. Y ahora mismo, ¿qué está sucediendo con los negros de los llamados “ghettos” y con los “panteras negras”, a quienes cazan a balazos todos los días? Por último, los Estados Unidos han evitado más revoluciones dentro de sus fronteras mediante el método de proyectar sus crisis y su violencia hacia el mundo exterior, pues se trata de un país que ha vivido agrediendo a otros pueblos desde antes de nacer como república. Cuando todavía no eran independientes, los yanquis hacían matanzas memorables de indios americanos para quedarse con sus tierras, y siguieron haciéndolas hasta fines del siglo pasado(IX); después de independientes, arrebataron las Floridas a España y le quitaron a México más territorio del que ocupa hoy esa nación; se quedaron a cañonazos con Puerto Rico; se quedaron con Hawai y la Zona del Canal de Panamá; partieron en dos a Colombia y hoy tienen sus tropas establecidas en Corea del Sur y en Vietnam del Sur, dos países inventados por ellos a costa de la unidad de los viejos pueblos de Corea y de Vietnam, así como inventaron en Formosa una China nacionalista sustraída de la China continental e inventaron en Santo Domingo el llamado gobierno de reconstrucción nacional para mantener dividido al pueblo dominicano.

Un humilde hombre del pueblo pide  a un soldado Yanqui  Invasor  dejarlo pasar para llevar a su niño herido a la Cruz Roja luego de un ataque indiscriminado por las tropas invasoras a la indefensa   población civil.
Pero el embajador norteamericano no se atiene a decir lo que no es verdad en el caso de su país; va más allá y afirma que Inglaterra se ha desarrollado también sin violencias. ¿Sí? ¿Y qué cuenta la historia inglesa? ¿O son invenciones de novelistas las sangrientas revoluciones de 1648 y 1688, para mencionar sólo las del siglo XVII? Quien le cortó la cabeza a Carlos I en 1649 no fue un cirujano que quería devolverle la salud; fue el verdugo que le aplicó la pena de muerte votada por el Parlamento; y las ruinas de las iglesias que se ven en algunos lugares de Inglaterra no se deben a los maltratos del tiempo, sino a los hombres de Oliverio Cromwell, que las saquearon y las quemaron en los días de la revolución de 1648.
Esa necesidad de ocultar la verdad, ¿es acaso una deformación sicológica que se ha propagado, como una epidemia, entre los norteamericanos?
Pues no señor; no se trata de una deformación sicológica. Hubo una época en que los yanquis estaban orgullosos de sus revoluciones y hablaban de ellas con entusiasmo, pero ahora necesitan hacerles creer a los pueblos pobres como el dominicano y los de la América Latina que las revoluciones son un gran pecado, algo muy malo, algo que no debe hacerse nunca, y para decir eso tienen que arrancar de la historia de su país, de Inglaterra y de otros lugares, todas las páginas que se refieran a sus revoluciones; necesitan presentarse como libres del pecado revolucionario para poder reclamar de otros que no lo cometan.
¿Y cuál es la causa de esa actitud? ¿Por qué los norteamericanos, que hicieron revoluciones sangrientas, sin las cuales no habrían podido desarrollarse ni económica ni política ni socialmente, fueron entonces partidarios de revoluciones y ahora son enemigos de ellas?
Porque aquellas revoluciones inglesas y norteamericanas de los siglos XVII, XVIII y XIX fueron hechas por las masas de los pueblos de Inglaterra y los Estados Unidos para entregarles  el poder a las minorías capitalistas de sus respectivos países, y las revoluciones que se hacen ahora en el mundo tienen la finalidad de establecer en el poder a las masas, no a las minorías capitalistas. En el caso concreto de la República Dominicana, la revolución se hará para desmantelar el Frente Oligárquico, que es el instrumento de que se valen los Estados Unidos para gobernar nuestro país a su antojo, y los señores embajadores norteamericanos pretenden hacerle creer al pueblo de Santo Domingo que la revolución es innecesaria, que en Norteamérica y en Inglaterra jamás hubo revoluciones, que los que tienen hambre deben esperar su oportunidad para comer, aunque haya que ir a servirles la comida al cementerio. Al tomar el poder, lo primero que harán las masas dominicanas y las de todos los países pobres del mundo —con los de la América Latina a la cabeza, desde luego— será tomar posesión de lo que es legítimamente suyo, de lo que se halla en su tierra y de lo que ha sido creado con el trabajo de sus hijos; es decir, procederán a nacionalizar las empresas norteamericanas. Y como eso significa que los millonarios norteamericanos dejarán de seguir recibiendo los dólares que sacan de nuestros países, hay que evitar por todos los medios que hagamos revoluciones. Esa es la razón de esas mentiras. Hay que engañar a nuestros pueblos haciéndoles creer que las revoluciones son pecados mortales, obra del demonio comunista, crímenes horrendos contra la libertad, y si los pueblos creen eso y se mueren de hambre, allá ellos con sus miserias; que se los lleve quien los trajo, porque eso no le quita el sueño a ningún ricacho norteamericano.
Pero sucede que el mentiroso y el cojo no llegan lejos. La red de mentiras con que los Estados Unidos tienen envuelto al mundo está destruyéndose rápidamente. En la América Latina la destruyó la invasión militar de Santo Domingo; en el resto del mundo la ha destruido la incalificable guerra de agresión a Vietnam. Por otra parte, el ser humano busca instintivamente la verdad, y cuando da con ella siente la necesidad de transmitírsela a otros. Como a cualquiera persona, a mí me sucede eso; pero ocurre además que tengo una responsabilidad ante el pueblo dominicano, la de ayudarle a disipar las sombras de la mentira en que quieren sumirlo a fin de que vea claramente por dónde va el camino hacia la libertad, la justicia social y el bienestar. Si al visitar Yugoeslavia y Rumanía comprobé que las mentiras que se dijeron sobre la Revolución de Abril eran iguales a las que se decían de esos dos países, ¿no era natural que me dijera a mí mismo que igual debía suceder en el caso de Corea del Norte, de China y de Vietnam? ¿Y no era lógico, en consecuencia, que aceptara las invitaciones que se me hicieron para visitar esos países?
Aquí digo lo que vi, sin la menor deformación. Lo que digo es el resultado de mis observaciones; no es propaganda de partidos ni de gobiernos. Y lo escribo para servir al pueblo dominicano; para que éste conozca la verdad y juzgue por sí mismo, no a base de las mentiras que le sirven los que tienen interés —y ganan dinero al hacerlo— en mantenerlo confundido.
Este breve resumen de un viaje a los antípodas comienza por:
La República Democrática de Corea
La historia escrita de Corea tiene miles de años, de manera que la lengua de sus pobladores es vieja. En esa lengua, que ya se hablaba cuando todavía no se había formado Roma, Corea se llama “el país de los amaneceres luminosos”. Hubiera podido llamarse también “el país de la gente que sonríe”, porque el coreano reacciona ante cualquier estímulo con una sonrisa franca; pero yo recordaré siempre a Corea como “el país de los niños alegres”. Kim Il Sung, el padre….  de la patria, dijo una frase que es a la vez profunda y conmovedora; dijo: “En Corea, el niño es ley”. Tómese esa frase por dondequiera y como quiera, y el resultado será siempre uno: El pueblo coreano está dedicado a sus niños; vive y muere, trabaja, lucha y crea por sus niños. De alguna manera, con esa extraña sensibilidad que tienen los niños en todas partes, los de Corea se dan cuenta de eso, porque donde ellos están —sea en la escuela, en las calles, en los parques—, sus risas y sus gritos de júbilo dan la impresión de una enorme pajarera colmada de cantos. En mis años, que no son pocos, jamás había visto nada igual.
Kim Il Sung sabía lo que decía al afirmar que en Corea el niño es ley, pues los países perduran en la medida en que sus ciudadanos los amen y los defiendan, y los niños de hoy serán los ciudadanos de mañana. El mismo Kim Il Sung era apenas algo más que un niño cuando a los trece años de edad comenzó a cumplir misiones de los grupos de patriotas que estaban luchando contra los japoneses —que habían ocupado el país en 1910—, y se hallaba en la flor de la vida cuando hacia 1932, acabando de cumplir los veinte años, inició la guerra de guerrillas por la liberación de Corea.
“¿Cuántos eran sus hombres en ese momento?”, le pregunté, entre cucharada y cucharada de una sabrosa sopa coreana que él mismo me servía con la naturalidad conque se comporta alguien con un hermano.
Kim Il Sung sonrió. Como todos sus compatriotas, es de sonrisa fácil y expresiva. Pero en esa ocasión la sonrisa del líder de Corea quería decir muchas cosas; quería decir, según me pareció: “Usted no va a creerlo”.
“Dieciocho”, dijo.
¿Y por qué no debía yo creerlo? ¿No se había quedado Fidel Castro con sólo doce seguidores poco después de haber desembarcado al pie de la Sierra Maestra? Fidel Castro había  bajado de la Sierra, convertido en vencedor, a los dos años de haber subido a ella, y Kim Il Sung estuvo guerrilleando trece años, y los dos tomaron el poder al cumplir los treintidos. ¡Extraña similitud de destinos entre el líder de un viejo pueblo  oriental y el de un pueblo nuevo del Caribe!  Pero si el destino de Kim Il Sung y el de Fidel Castro se parecen, en cambio el de Corea y el de Cuba son distintos, porque a Corea le ha tocado ser uno de esos países a los que Norteamérica les ha aplicado la fórmula que ensayó con Colombia en Panamá, la de dividir las naciones y de cada una hacer dos: dos Coreas, dos Chinas, dos Vietnam. A lo mejor, en esa historia de país dedicado a dividir pueblos hallaron los negros norteamericanos la idea de dividir ellos a su vez a los Estados Unidos en una nación para los blancos y otra para los negros.
Corea quedó liberada en agosto de 1945 y el día 15 de ese mes fue proclamada república bajo un gobierno encabezado por el joven que había estado trece años dirigiendo las guerrillas antijaponesas, esto es, por el mismo Kim Il Sung de quien vengo hablando. Unas semanas después de establecida la república, los norteamericanos desembarcaban en el sur al mando de Douglas MacArthur, y éste proclamaba, con su conocida arrogancia: “… Todos los poderes del gobierno sobre el territorio de Corea, al sur del paralelo 38 de latitud Norte, y sobre el pueblo que lo habita, serán... ejercidos bajo mi autoridad”; y fue así como Corea, un país con más de tres mil años de historia escrita, quedó cercenado como un cuerpo al que le cortan la mitad.
Cinco años después de eso comenzó el ataque norteamericano contra Corea del Norte. Al cabo de tres años de guerra, todas las ciudades coreanas habían sido destruidas, o dicho con más propiedad, habían sido demolidas por los bombardeos yanquis. Dieciséis años después, ningún extranjero que visite el país verá las huellas de esa destrucción masiva, pues una por una, todas las ciudades han sido levantadas otra vez, y aun-que cualquiera se da cuenta de que son nuevas porque sus avenidas están trazadas y sus edificios concebidos según los conceptos característicos de la arquitectura más moderna, parece que tienen siglos de habitadas, porque a primera vista se nota que entre sus habitantes y ellas hay esa coherencia y esa intimidad que son propias de las ciudades antiguas.
Debido a que en los años de la vida de Kim Il Sung su país pasó de colonia a república, y en la lucha para hacer ese cambio él fue durante trece años el líder de la resistencia patriótica; debido a que a causa de su papel como líder de la resistencia él pasó automáticamente a ser el jefe del primer gobierno libre de Corea; y dado que debido al ataque norteamericano las ciudades del país quedaron demolidas y fueron reconstruidas bajo ese gobierno del antiguo guerrillero, la historia de la república de Corea y su renacimiento se ha confundido con la de Kim Il Sung. Decir Corea del Norte es, pues, decir Kim Il Sung; o si se prefiere expresado al revés, Kim Il Sung es Corea del Norte. Mi impresión es que para los coreanos no hay diferencia alguna entre el país y su líder, y que ellos se imaginan a Kim Il Sung como una parte esencial de Corea y a Corea como una obra de Kim Il Sung.
Esa identidad entre líder y país es un fenómeno poco común en la historia humana, y gracias a ella el poder de Kim Il Sung va más allá del campo político y alcanza una calidad que no puede ser apreciada fácilmente; no es un poder que descansa en la autoridad, en el terror, en el carisma del líder, en los bienes que éste distribuye. Nada de eso. Es algo más profundo. Para el pueblo coreano, Corea y Kim Il Sung son una sola y misma cosa.
Ese hombre que es a la vez su pueblo se presenta de improviso en una escuela de párvulos, se sienta en un pupitre y  comienza a hacer preguntas como otro escolar; o se va al campo y se pone a vivir en una cooperativa para ayudar a los campesinos en su trabajo. Héctor Aristy y yo estábamos alojados en una residencia que tiene el gobierno para sus huéspedes y se suponía que antes de irnos de Corea visitaríamos a Kim Il Sung, y sucedió lo contrario: una mañana Kim Il Sung se presentó en la residencia, comenzó a hablar conmigo y se quedó a comer con nosotros. Como yo estaba a su derecha en la mesa, él mismo me servía la comida. Iba vestido con la sencillez característica de los líderes socialistas de Asia: un traje simple, pantalón y chamarra negros, y una gorra de tela, de ésas que en Santo Domingo no usaría un campesino porque le parecería pobre. Lo que hablamos en más de tres horas de conversación fue mucho, variado y bueno, y me sorprendió lo bien informado que está acerca de América Latina y sus problemas. Pero también tiene a flor de labios las estadísticas de su país.
“En comparación con 1948, hasta 1967 la producción industrial de Corea había aumentado 22 veces, y la fabricación de maquinarias, 100 veces, a pesar de la guerra; en 1946, la proporción de la industria en el Producto Nacional Bruto era de 28 por ciento y en 1964 era de 75 por ciento; en 1965, la producción de tejidos había aumentado 195 veces en comparación con la de 1944; en ese año de 1944, la producción de tejidos per cápita era de 14 centímetros y en 1965, de 25 metros”.
Todo eso lo dijo de un tirón, a pesar de que las comparaciones son tan dispares en lo que se refiere a los años que es difícil retenerlas en la memoria. De todos modos, no era necesario que lo dijera, pues el que visita Corea del Norte se da cuenta inmediatamente de que es un país con un desarrollo económico vertiginoso. Los que conocen Alemania del Este dicen que es el país cuya economía crece más de prisa en el campo socialista. Yo no he estado en Alemania del Este, pero me asombraría que su ritmo de crecimiento superara al de Corea. Corea produce el 98 por ciento de lo que consume, desde maquinaria pesada hasta fósforos, y lo que consume es mucho a juzgar por el nivel en que vive el pueblo.
La totalidad de las familias usa electricidad. Por la vivienda se paga sólo 57 centavos por cada 100 pesos de salario, de manera que la persona que gane, digamos, 200 pesos, paga 1 peso y 14 centavos. Actualmente está construyéndose una casa para cada familia campesina, y ya hay 600 mil familias campesinas con casas nuevas. Todo lo que se refiere a medicinas, médico, hospital, operaciones y tratamiento es gratuito y según pude ver visitando hospitales, el servicio es como para tutumpotes de nuestro país. La cuarta parte de la población está estudiando en 9,260 establecimientos escolares y no hay un solo analfabeto; el teatro, el ballet y el circo —que es muy popular en el país— son de primera categoría; su cine y su televisión, excelentes.
Corea tiene que destinar una suma enorme al mantenimiento de sus fuerzas armadas, lo que se explica porque vive esperando de un día a otro el ataque norteamericano. A eso se debe que la parte más importante de su industria pesada —y según algunos, toda su industria de guerra— se halle bajo tierra, dotada además de hospitales, escuelas, viviendas, almacenes de provisiones y agua, luz eléctrica y hasta vías de comunicación subterráneas. Ya es un esfuerzo grande mantener un ejército en pie de guerra, pero estar preparado para la guerra nuclear es un esfuerzo extraordinario para cualquier país, cuanto más para uno pequeño que en quince años ha rehecho todas sus ciudades y todas sus industrias, y las ha multiplicado. Si Corea pudiera dedicar a su desarrollo todos los recursos que tiene que destinar a defenderse, sería el asombro del mundo. Para los partidarios del régimen socialista, ese poder de progreso será fruto del socialismo; para mí, al socialismo hay que sumar las condiciones naturales del pueblo coreano y la circunstancia de que cuenta con un líder —desde luego, socialista— que es a la vez resuelto y prudente; de una prudencia exquisita, al grado que en Corea no se ha impuesto a la fuerza ninguna medida socialista: todas han sido llevadas a la práctica después que han sido clara y metódicamente explicadas al pueblo y después que éste ha decidido aceptarlas. En cuanto al pueblo, es sobrio, disciplinado, trabajador, ardientemente patriota, y muy inteligente, y muy fino. De lo último da prendas abundantes su actitud ante la obra artística. El coreano es un artista nato.
Volviendo de Pammunjong —el punto donde se celebran desde hace años las conversaciones de paz— llegamos a media tarde a Kessong, y allí, en el Palacio de los Pioneros, se improvisó una fiesta de teatro infantil. Toda la vida recordaré aquellos diminutos artistas de 6 y 7 años; sus cantos, sus danzas, sus pequeñas piezas de teatro, y sobre todo el final del acto. Los niños coreanos no me dejaban salir. Me abrazaban, me besaban; cada uno de ellos era un surtidor de alegría. Yo tenía los ojos puestos en ellos, pero a quienes veía era a los niños de mi país.

JUAN BOSCH

(Publicado en la revista ¡Ahora!, Nº 326 del 9 de febrero de 1970.)

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