MORAL Y LUCES

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viernes, 18 de enero de 2013

Memoria, historia y olvido


El grito desesperado y colérico de las mayorías discriminadas, el clamor enfurecido de los países explotados y su secuencia lógica la violencia que llama a más violencia y la repetición de nuestra historia, me llevan a escribir estas notas y a reflexionar sobre el ya clásico libroMemoria, historia y olvido, de Paul Ricoeur (FCE, primera reimpresión, México 2011, 670 páginas). Libro que deja una preocupación pública y perpleja por el espectáculo inquietante que da el exceso de memoria aquí, el exceso de olvido allá. ¿Cómo encontrar la justa memoria como idea política? 

La memoria la historia y el olvido se escriben en la representación del pasado. La memoria la revisa Ricoeur a partir de los vínculos entre imaginación y memoria, recuerdo e imagen. En la historia se interroga el filosofó sobre la temporalidad y la escritura de la historia: ¿es la historia un remedio o un veneno? ¿Qué lugar corresponde a los testimonios y el archivo? En el olvido, Ricoeur se pregunta sobre el olvido y el perdón. Huella del pasado y memoria reconciliada. 

La memoria según Freud es la esencia del siquismo. Se ha estudiado por las neurociencias, la historia, la filosofía o el sicoanálisis. Los trabajos de rememoración contra la conjunción a la repetición que llevan a los dolorosos trabajos de la elaboración de las pérdidas. Despreocupada memoria en el horizonte de la preocupada memoria; alma común a la olvidadiza y no olvidadiza memoria. Mis maestros J.L. González y S. Ramírez lo ejemplificarían en la composición musical el Bolero de Ravel que se repite un número indeterminado de veces: los aspectos formales cambian, pero la estructura melódica persiste desesperada y abrumadoramente. Lo que es diverso en la comunicación es el aspecto formal, conservándose con reiteración el meollo que cubre el dolor. La conducta una vez estructurada se repetirá en forma abrumadoramente reiterada. O sea, la máxima del Cantar de los cantares: El amor es tan fuerte como la muerte. Según Ricoeur el olvido de reserva es tan fuerte, como el olvido de la destrucción. Así el pasado experimentado es indestructible y esta marcado por su vínculo con la pulsión y la economía de lo energético. Repetimos para no recordar, la repetición (el actuar equivale al olvido), su opuesto la inhibición del yo, la espera es la elaboración. Esa que genialmente observó Tomás Segovia en su poema El ceremonial del moroso. 

En la interioridad del que escribe, lógica paradójica del dolor que es parte de la vida y tratamos de olvidar. Permanencia del afecto sobre los sentidos. Sexualidad visión de lo faltante. Poesía montaña de recuerdos. Fuente de la que brotan deseos dormidos. Visión cristalina demenciada de pálidas representaciones de la espera, espera, de lo que nunca llegará y es presencia de la ausencia, percepción siempre irreal, casi siempre vinculada al conflicto. 

Recuerdo, repetición y elaboraciónfreudiana, búsqueda desesperada de algo, mientras exista vida. Reflejo que no es otro, sino la búsqueda de uno mismo.Ella que es representación de sí mismo, espacio de interioridad, soledad desdoblada orientada hacia el uno, que hace de uno, ella en sus múltiples máscaras, en el oscuro espacio del luminoso vuelo de la repetición compulsiva de esa búsqueda. Recuerdo, repetición y elaboración, esencia del sicoanálisis, melodía giratoria, cerrada en la geografía corporal, palpo, palpito y tacto de otra piel en mí. 

Repetición que es olvido, cadencia idealizada por los múltiples abandonos, que se tornan ella en mi ojo, imagen, sujeto, inteligencia, representación, atención, intuición y objeto pensado. Sólo claridad que se contempla a sí misma, autovisión de luz que es ella en mí mismo, fuente primera de placer. Imagen fuera de mí, narcisismo puro, que se vuelve interioridad iluminada de ella, mirada-ojo, fuera-dentro, yo-ella, uno mismo-otro; yo mismo. 

Permutación de uno que es representación de la espera y espacio del pensar y de morar, viaje a la nada que es nadie, donde está nadie. Cuerpo a cuerpo, fantasía de fusión madre hijo, que se separan, para tornarse nueva unión. Posesión imaginaria que sólo reserva a ella el lugar de la nada, simbolizada desde las propias sensaciones que recorren las entrañas y mucosas abiertas en ondas, bajo el impulso de la tempestad hipofisiaria, tacto que se eriza ante la ausencia y se humilla en el escalofrío de la radiografía corporal. 

Infantilismo y perversión del amor o la destrucción y muerte, sólo la propia imagen, reflejo del propio cuerpo, retrato del esquema corporal de la madre idealizada que es todo. Sexualidad o muerte que da existencia tierna a la angustia de no encontrarla en el espacio síquico, representación de la fantasía único espacio tiempo, que no es aritmético, ni reloj londinense, mi contabilidad bancaria. Fin del código amoroso y por tanto de la permanencia del amor, equívoca magia de construcción de espacios palabras que se dan en la representación de la espera, nuevos recuerdos representaciones y elaboración posterior. Sentimiento oceánico y al mismo tiempo herida por la ruptura, siempre presente en el encuentro de los cuerpos, objeto de deseo que nunca cumple expectativas y es fuente de amor y odio integrado en un lenguaje que evoca la inconciencia inteligible y que al no poder comunicar con el lenguaje, lo hace desde el lenguaje.

José Cueli

TMADO DE JORNADA




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