MORAL Y LUCES

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viernes, 27 de mayo de 2016

Madre, amor y patria

Por
diomedesnp[@]gmail.com

Todavía la ciencia, hasta donde sepamos, no ha determinado con exactitud cuáles son los factores que inciden, que determinan el amor. Abundan los enunciados, pero no hay una definición precisa, su razón de ser, por qué tanta entrega: gente que es capaz de dar su vida por el otro o la otra. No se descifra ese misterio, cuál es la fórmula, cuáles son, digamos, las uniones, la mezcla, la fusión química, física, síquica, emocional que produce el hecho de amar. Se saben muchas cosas, como, por ejemplo, que sin pasión no se da el amor.
Hay un amor, un tipo de amor más natural, pero más profundo: el de madre. Tiene que ver con la procreación, y también el amor de hijo, pero esencialmente el amor de madre; esa es la grandeza, lo sagrado. No sabemos cómo se produce, pero conocemos que ella en alrededor de nueve meses, lleva en sus entrañas a ese ser, genera una comunicación, una especie de diálogo permanente entre la madre y esa criatura que se desarrolla.
Ese intercambio encierra tanta magia, que se aconseja a la mujer en estado de gestación ponerle música, especialmente clásica, en torno de su vientre, para que la criatura pueda ser influida por ella, la emoción de la madre hacia ese ser durante tanto tiempo, mientras crecen unos vínculos muy especiales que definen lo que significa ese amor único de madre.
La madre tiene que ver con la patria, y pienso en la progenitora del dominicano más ilustre, el más grande: Juan Pablo Duarte, cuya madre, Manuela Diez y Jiménez, es merecedora de los mayores homenajes; porque Duarte es el principal eslabón de la nación dominicana. Doña Manuela fue tan comprometida con la causa de su hijo y del país, que murió exiliada en Venezuela, el 31 de diciembre de 1858.
También las hermanas del patricio participaron en la independencia y en la fundación de la República, como Rosa Duarte, que le tocó el rol de madre para Juan Pablo; se ocupó de conservar sus papeles y documentos, le dio seguimiento y fue la guardiana de su obra redentora y su vida. Hasta en los detalles: fue Rosa la que lo llevó, en Caracas, a retratarse donde el artista español, Próspero Rey, poco antes de su fallecimiento. Gracias a ella hoy el país y el mundo tienen noticias de la historia y la vida del mayor símbolo de la dominicanidad.
Entre tantas, hay otra mujer muy especial: Salomé Ureña de Henríquez, la madre de Francisco, Pedro, Max y Camila Henríquez Ureña, distinguidos intelectuales dominicanos. Además de tener un vientre generoso para la patria y el pensamiento, figura como patriota, gran poeta y entre las forjadoras de la educación moderna en la República Dominicana, como discípula aventajada del Maestro Eugenio María de Hostos. Fundó el 3 de noviembre de 1881, el Instituto de Señoritas, primera institución femenina de enseñanza superior en el país.
En 1880, Salomé escribió el poema “A mi madre”, del que copiamos unas estrofas:
“Yo mis cantares lancé a los vientos,
yo di a las brisas mi inspiración;
tu amor grandeza dio a mis acentos:
que fueron tuyos mis pensamientos
en esos himnos del corazón.
Notas dispersas que en libres vuelos
a merced fueron del huracán,

pero llevando con mis anhelos
los mil suspiros, los mil desvelos
con que a la Patria paga mi afán.”
Juan Bosch, siendo presidente de la República, dijo un discurso con motivo del Día de las Madres, el 26 de mayo de 1963. Se ha publicado varias veces con el título “La madre en el drama histórico de la isla.” Citamos fragmentos:
“Los cimientos de la patria dominicana están hechos sobre el dolor de la madre. No han sido los que han caído en los combates ni los torturados en las prisiones ni los fusilados en la noche ni los echados al exilio los que más han sufrido; ha sido ella, la madre, que siempre tiene en el pecho una fuente inagotable de ternura y a la vez una llaga de amor que jamás se cierra”.
(…)
“…la otra, la de todos, la madre del sufrimiento dominicano, la madre que dio hijos para que hicieran patria y los dio para las guerras civiles y los dio para restaurar la República (…) ésa es la raíz misma de este pueblo, la fuente de su vida y tal vez la única explicación de su existencia. Sea para ella nuestra

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