MORAL Y LUCES

MORAL Y LUCES

viernes, 20 de julio de 2012

DE LOS GOBIERNOS POPULISTAS A GOBERNANTES PROGRESISTAS DE AMÉRICA Y EL CARIBE

                                                      Apuntes para una mínima evaluación

De las rupturas populistas a los gobiernos de cambio en América Latina

Papeles de relaciones ecosociales y cambio global




1. Introducción: Crisis y postpolítica
En Europa la crisis capitalista sobreviene en medio de una crisis política expresada fundamentalmente como crisis de sentido: estrechamiento extremo del ámbito de la política, de su prestigio y de su utilidad misma para la mejora de las condiciones colectivas de vida. Los sistemas políticos hace tiempo que fueron convirtiéndose en dispositivos administrativos al interior de los cuales no subyacen diferencias ideológicas sustanciales. Con el estallido de la crisis la deriva postpolítica se acentuó, a medida que la salida regresiva y las medidas procíclicas neoliberales eran presentadas como una receta técnica, la única posible, colocando así sus presupuestos ideológicos y los intereses particulares que promueve a salvo de la discusión y la crítica.
En este contexto cultural e ideológico, la acumulación de insatisfacciones y frustraciones, incluso si produce un aumento de la desconfianza con respecto a las élites dirigentes, encuentra un bloqueo que limita seriamente su impacto sobre la correlación de fuerzas en favor de las posibilidades de cambio político.
Los efectos sobre las clases subalternas de las políticas regresivas de ajuste y la percepción de sometimiento de las instituciones de la soberanía popular a los poderes privados de la economía pueden generar fenómenos de lo que los politólogos llaman “desafección democrática”, o incluso de crisis de representación. Sin embargo, estas situaciones son relativamente compatibles con el mantenimiento del status quo en la medida en que la resignación y el cinismo bloqueen las posibles alternativas, suturando así parcialmente la brecha entre representantes y representados e impidiendo su dicotomización y por tanto la erosión del consentimiento pasivo de los gobernados hacia los gobernantes. El bloqueo de horizontes alternativos puede contribuir así a recluir las protestas en su dimensión expresiva.
En América Latina se vivieron situaciones similares entre finales del siglo XX y comienzos del XXI, algunas de las cuales decantaron en fenómenos de transformación política. En una mayoría de los países de la región se produjeron, en las últimas dos décadas, procesos agudos de crisis del sistema político y de régimen que en muchos casos generaron la apertura de un nuevo ciclo político y de reforma o refundación del Estado: en Venezuela, en Bolivia o en Ecuador. En otros simplemente han habido cambios electorales que han dado paso a gobiernos de fuerzas progresistas: en Brasil, en Uruguay, o en Argentina, en Paraguay, o, con muchas dudas, en Perú.



Todos estos procesos constituyen, por encima de sus diferencias, evoluciones y contradicciones, “momentos políticos” en los términos de Jacques Rancière: impugnaciones del monopolio de la palabra legítima por los sectores subalternos, y puestas en evidencia de la contingencia –el carácter no necesario, sino construido en una relación de fuerzas cambiante- de toda configuración de la comunidad política [2] , lo cual abre las puertas a su redefinición colectiva. En esa medida es pertinente su análisis y evaluación, precisamente desde unas circunstancias en las que la reflexión política crítica parece estrellarse siempre con el predominio de un relato que preconiza el fin de la política como actividad colectiva de transformación.
Así, este artículo se centra en aquellos momentos que parten de lo que llamaremos una “ruptura populista” con el orden constituido. Se analizan brevemente esos procesos y se discute su estado actual, con especial énfasis en los desafíos que enfrentan en la actualidad los Gobiernos que salieron de los mismos.
2. El tránsito latinoamericano: de la crisis a la destitución y a la hegemonía “posneoliberal”
Los programas de ajuste estructural neoliberal comenzaron a ser desarrollados en América Latina en la década de los años 80 del siglo pasado (con el Chile de Pinochet como pionero y alumno aventajado de las directrices de los Chicago boys). También allí llegaron al calor de la crisis y con la deuda externa como elemento disciplinador de los diferentes gobiernos nacionales, y acorazados por un prestigio intelectual que desarmaba y aislaba las diferentes resistencias, presentando las reformas como la única vía razonable hacia el desarrollo y/o contra la crisis. Este proyecto de reforma del Estado estaba acompañado por un relato que exitosamente multiplicaba las expectativas de ascenso social individual y dinamitaba las identidades colectivas y los lazos comunitarios.

Con el nombre de “Consenso de Washington” comenzó a conocerse una agenda internacional de reformas estructurales que convertía las ideas neoliberales en un proyecto estatal [3] . El resultado en el corto y medio plazo de estas medidas ha sido abundantemente documentado, y todos los estudiosos coinciden en destacar su efecto de empobrecimiento sobre las clases subalternas, atacadas en sus empleos y en las prestaciones públicas y mecanismos ya débiles de protección social [4] . El aumento consiguiente de las quejas y protestas, se encontró con unas estructuras públicas severamente debilitadas y reducidas, incapaces de solventar las demandas que recibían. Al mismo tiempo, el éxito transversal de la ideología neoliberal disminuyó significativamente las diferencias entre los principales partidos políticos, y la corrupción favorecida durante los procesos de privatización de activos públicos -verdadero lubricante del acuerdo entre élites- profundizó el desprestigio de la política y los políticos. Esto fue agrandando la brecha entre representantes, percibidos cada vez más como una misma casta egoísta, sin importar sus diferentes siglas, y representados.
Con formas, intensidad y recorridos distintos en cada caso, las protestas sociales, inicialmente aisladas o recluidas a la fuerza en un estadío “económico-corporativo”, cobraron pronto un carácter directamente político o “ético-universal”, en términos gramscianos. La acumulación de impugnaciones particulares, que aglutinaba a un conjunto social y político muy heterogéneo, comenzó a cristalizar en reivindicaciones concretas que jugaron el papel de ariete y frontera con respecto al orden instituido. Estos procesos destituyentes no fueron nunca lineales ni unidireccionales, pero polarizaron en general sus sociedades, constituyendo una “voluntad colectiva nacional-popular” nacida de una articulación laxa de temas y aspiraciones de lo más variado, que se agrupaban en su voluntad destituyente y, más tarde, en torno a nombres necesariamente “vacíos” (fuesen estos fechas, símbolos nuevos inventados en la protesta o nombres propios de líderes carismáticos) para poder representar una totalidad tendencialmente irrepresentable. Este fue el modo general de articulación de unos sectores sociales subalternos extremadamente fragmentados y dispersos por los efectos económicos y culturales de las reformas neoliberales, y cuya subjetivación se produjo en una identidad nacional- plebeya de límites y contornos vagamente definidos.











El “desborde populista” [5] que los sistemas políticos neoliberales sufrieron produjo situaciones agudas de crisis de régimen, en las que los grupos dirigentes fueron perdiendo la capacidad de obtener consentimiento pasivo primero, y finalmente la capacidad de conseguirlo por la fuerza después. Por esa fractura política abierta, se introdujeron actores políticos no convencionales (militares nacionalistas opuestos a la élite, académicos antineoliberales, sindicalistas campesinos, etc.) que lograron ir introduciendo una dicotomización política que finalmente les llevó al gobierno, como la encarnación del cambio que el país real, empobrecido y marginado, reclamaba frente a unas élites incapaces y supeditadas a los intereses extranjeros.
Estas fuerzas llegaron así al gobierno por un medio complejo: no se trataba de insurrecciones ni revoluciones, pero tampoco de una mera sustitución electoral de élites.
Los nuevos gobiernos se debían a una esperanza radical de cambio expresada como ruptura con el sistema político, pero no con el Estado, lo cual sería definitivo en su desarrollo: los outsidersconquistaron sólo el poder político, y se encontraron frente al resto de poderes que, en Estados de tradición oligárquica, habían regido hasta entonces la marcha de las instituciones y la sociedad. Sus mandatos, en efecto, han estado marcados de manera fundamental por las tensiones con el grueso de los aparatos estatales y poderes políticos no sometidos a la soberanía popular, como los cárteles mediáticos privados –constituidos en el principal papel opositor ante el derrumbe de los partidos tradicionales- los grupos empresariales, o la judicatura.
3. Algunos rasgos comunes de los gobiernos “antineoliberales” en América Latina 
Pese a las importantes diferencias, se puede establecer una agenda común mínima de los gobiernos de cambio en América Latina, de la que nos ocupamos a continuación. También una serie de problemas o retos compartidos, discutidos someramente en el siguiente epígrafe.
Las rupturas populistas, como conformación de identidades populares ambivalentes y transversales por fuera y contra el orden establecido, han tenido en las últimas tres décadas en América Latina un rasgo ideológico fundamental: el antineoliberalismo (con todas las precauciones que la suma de dos prefijos parece indicar). Se trata de una interpelación programática no cerrada, marcada por contenidos mínimos para la reversión de las reformas regresivas destinadas a redistribuir la riqueza social aún más a favor de la minoría más rica y los países del norte.

Más que “de izquierdas”, un significante con su significado puesto patas arriba por los procesos destituyentes anteriores (pero también por el compromiso con los programas de ajuste de muchos partidos e intelectuales “de izquierdas” en la región), estos gobiernos pueden ser mejor descritos como “antineoliberales”. Y de ahí se deriva su agenda para la reforma del Estado:
§ La inclusión ciudadana de las amplias capas de población que habían caído a los márgenes de la vida nacional y por supuesto de la cobertura social y el reconocimiento oficial, en particular los indígenas, con posiciones que van de las políticas de inclusión a la descolonización de los aparatos Estatales.
§ La recuperación de los recursos naturales antes privatizados y de importancia crucial en el PIB nacional; regreso del Estado a la economía no solo como garante del orden y la propiedad, sino también como promotor y coordinador del desarrollo y la diversificación, así como para la redistribución de la riqueza y la garantía de las principales necesidades sociales.
§ La afirmación de la soberanía nacional como principio fundamental en las relaciones exteriores, la ruptura con la tutela norteamericana y la afirmación de una integración regional “posliberal” [6] , caracterizada por el énfasis en los lazos políticos y sociales antes que en los comerciales.
§ Una interpelación nacional-popular que identifica a las mayorías empobrecidas con “la patria”, y vincula la defensa de ambas en una movilización política permanente, que es, junto con la alta frecuencia de contiendas electorales, la palanca desde la que el Gobierno trata de desmontar el Estado heredado frente a la resistencia de los núcleos de poder conservadores. 
4. Los retos de los procesos de cambio
Esta agenda común ha marcado un ciclo de auge electoral, innovación intelectual y experimentación política en América Latina. Un ciclo protagonizado por la movilización de los sectores populares primero contra los regímenes neoliberales y el intento de reducir la política democrática a una competición electoral entre élites por la administración tecnocrática de un mismo modelo; y en un segundo momento, por la movilización popular para sostener a Gobiernos que parecían haber entrado como “intrusos” en la estructura estatal dominada mayoritariamente por las élites tradicionales.
El contexto internacional ha sido excepcionalmente favorable para este ciclo de cambio político. El declive de la primacía estadounidense en la economía global y en el sistema interestatal ha limitado seriamente su capacidad de intervención en la política latinoamericana, lo cual es siempre una buena noticia para las opciones políticas de las clases subalternas. Además, los altos precios de las materias primas en el mercado internacional [7] han permitido a los nuevos gobiernos, sin mayores transformaciones económicas, altas tasas de crecimiento con importantes programas de gasto social y mejora de las condiciones de vida de los sectores más empobrecidos.
Y, entonces, ¿América Latina va camino del llamado “socialismo del siglo XXI”? La importancia de los nombres en política no radica sólo en su capacidad para describir hechos sociales, sino también, de manera crucial, en su capacidad de constituir imaginarios, de influir en lo que se imagine como posible y/o deseable. De esta manera, el término ha hecho fortuna y sin duda ha contribuido a expandir el horizonte político de la región, y eso es un dato en sí mismo, por más que pueda ser equívoco si remite a una comparación con las experiencias socialistas europeas y asiáticas del siglo XX. Sostendría que el término tiene más vigor por su capacidad de señalar una agenda conjunta que como corpus ideológico. Es indudable que hay una tendencia general en la región hacia el cambio político presidido por las demandas de los sectores históricamente subordinados y excluidos, que cristaliza en los ejes ya mínimamente presentados.


No obstante, el desarrollo de un proyecto de poder político que convierta esas demandas en transformación social, en una necesaria negociación con las inercias adquiridas y las resistencias de los poderes conservadores internos y externos, pero también de equilibrio entre las urgencias a corto plazo y las del largo plazo, exige pensar en términos de transición marcada por diferentes tensiones, más o menos creativas, que constituyen los retos fundamentales de los procesos políticos latinoamericanos [8] .
Merece la pena por ello apuntar algunos elementos críticos para la evaluación de estas experiencias políticas, de sus recorridos y de sus contradicciones. Los que siguen no son necesariamente todos los existentes, pero sí algunos de los más relevantes, que marcan de manera central su presente y sus posibles evoluciones futuras:
  • En el plano de la transformación económica, la permanencia del patrón primario-exportador dificulta los planes de diversificación y cambio de modelo productivo para una inserción menos subordinada en el sistema-mundo. No obstante, en este punto hay que ser cuidadosos para no situar la cuestión sobre un plano ético intachable pero perfectamente incapaz de impactar sobre la dinámica de transición en la que viven estos países. Los gobiernos elegidos han de responder a las esperanzas inmediatas de redistribución de la riqueza y mejora de las condiciones de vida de las mayorías subalternas, que no están dispuestas a esperar dos décadas de acumulación virtuosa, y para ello, en el corto plazo, deben emplear los recursos que tienen a su disposición. El equilibrio entre esta necesidad y la del medio/largo del cambio de modelo productivo es tan sencillo sobre el papel como complejo en la realidad, también por las inercias que el modelo extractivista ha imprimido en los últimos cinco siglos. En realidad este difícil equilibrio es básicamente el de la perspectiva transicional de Gobiernos de cambio que necesitan contemporizar con sus adversarios, modificar drásticamente una estructura históricamente consolidada, y renovar la confianza de los ciudadanos periódicamente. Está presente por ello en todos los elementos siguientes.
  • Relacionada con esta cuestión está la tensión entre el desarrollismo y el llamado “posdesarrollo”, o desarrollo no devastador de la naturaleza [9] . Contrariamente a lo que parecía predicar la antigua teleología socialista, los gobiernos de cambio latinoamericanos se ven confrontados con decisiones que han de transar entre bienes públicos igualmente deseables: sin crecimiento no hay recursos para repartir, y los países pobres crecen, en el corto plazo, sobre los rubros que pueden. Al mismo tiempo, ese crecimiento hipotecará el futuro si se hace con pérdidas de biodiversidad. Estos conflictos han sacudido recientemente Bolivia por la carretera andino-amazónica o Ecuador y Perú por los proyectos de minería a cielo abierto.
  • La sedimentación institucional de la actual correlación de fuerzas es otro de los complejos retos pendientes para los procesos de transformación en América Latina. El nuevo pueblo emergente, debe dotarse, además de un nuevo pacto social y una nueva constitución, de canales que vehiculen la participación, que establezcan nuevos procedimientos conocidos, eficaces y transparentes para la gestión de los bienes comunes, que ordenen los lugares y normas en la comunidad política de acuerdo a las nuevas prioridades sociales y a los mandatos de una soberanía popular particularmente activa. Los avances en política social constituyen a este respecto un buen ejemplo, central en los procesos de cambio: La canalización hacia los sectores más empobrecidos de gran parte de los excedentes recuperados de la explotación de recursos naturales ha supuesto un significativo salto adelante en la lucha contra la pobreza [10] , pero su consolidación y universalización requiere ahora el paso de la política de bonos y transferencias directas de renta, a una institucionalización de servicios que, en tanto que derechos de ciudadanía, desmercantilicen la satisfacción de un número creciente de necesidades sociales básicas [11] .

    Este es el momento menos épico de los procesos de transformación, pero absolutamente imprescindible para que el empuje de los grupos históricamente subordinados se convierta en leyes y proyectos que impacten efectivamente en sus condiciones de vida y en la distribución de la riqueza socialmente producida.
  • En ausencia de ésta sedimentación en nuevas instituciones, los procesos políticos se nutren de un estado de movilización constante que es extraordinariamente positivo para evitar las tentaciones de dar por concluido el momento constituyente democrático, pero que tensa permanentemente la vida política, transformando a menudo los Gobiernos en equipos de campaña más que en ejecutores de un programa de transformación social. Esta tensión remite a la inestable gestión en estos procesos de la “frontera” que marca los límites del pueblo, en construcción permanente: entre la reabsorción del adversario en la nueva hegemonía de la agenda y la narrativa “oficialista” –y el traslado consiguiente de las pugnas más importantes al interior de este campo-, y la permanente expulsión de una parte de la comunidad política como el “afuera constitutivo” frente al que se cohesiona la identidad política hegemónica [12] .
  • Uno de los desafíos quizás más conocidos es el que entraña la dependencia de estos procesos de cambio de los liderazgos carismáticos que articulan el bloque social hoy hegemónico o al menos en el gobierno. Es necesario aquí traspasar los tabús liberales, y reconocer que todo liderazgo supone siempre, en contextos democráticos, una relación de representación bidireccional, en el que el líder puede serlo mientras dé forma y encarne en forma satisfactoria las esperanzas de sus seguidores, que retienen así una considerable autonomía y capacidad de revocar la confianza cuando sus expectativas no se cumplan o hayan mutado. No obstante, los hiperliderazgos que descansan en una comunicación plebiscitaria con la ciudadanía, impiden el desarrollo de dispositivos organizativos y de liderazgos secundarios que permitan sustituir el papel catalizador del nombre propio a cuya suerte biológica parece a veces ligada el del propio proceso de transformación. En todos los procesos, en los que el nombre del líder constituye la verdadera frontera que divide el campo político, queda la incógnita de si esta frontera, y su alineación oficialista mayoritaria correspondiente, sobrevivirá al cuerpo del “compañero Presidente” [13] .
  • Por último, queda la disputa más abierta, por la expansión democrática al tiempo que por la reducción de la influencia en el proceso político de los poderes privados –o estatales pero no emanados de la voluntad popular, las llamadas “instituciones contramayoritarias”- que funcionan como contrapoderes conservadores en defensa de las posiciones sociales de los grupos más ricos y poderosos, tradicionalmente dominantes. Si se puede hablar de socialismo en los procesos de cambio en América Latina es fundamentalmente en relación a una oleada democrática que aspira a construir la autodeterminación de las sociedades poniendo tendencialmente todos los aspectos de la vida colectiva –la economía y la propiedad, las relaciones interétnicas y los saberes compartidos, las cuestiones ecológicas, la comunicación y el acceso a la palabra, etc.- bajo la capacidad de regulación común, derribando aquellas barreras que confinaban la democracia en los parlamentos.
5. A modo de conclusión: ¿Un momento latinoamericano en Europa?
Hasta aquí se ha realizado un rápido repaso de los principales rasgos comunes del ciclo de cambio político que en América Latina abrió una grieta en el dominio de las élites domésticas y los poderes financieros globales, por la que se colaron actores no convencionales, que empujados por identidades populares emergentes, accedieron al Gobierno con programas de recuperación de la soberanía económica y nacional, redistribución de la riqueza, inclusión ciudadana y democratización del Estado. Una vez en el gobierno, estas fuerzas tuvieron que enfrentarse con el conjunto del Estado y la sociedad civil oligárquicas, en resistencia para no ceder la dirección de la comunidad política.

Se han expuesto los principales ejes de la agenda mínima compartida en los procesos de cambio en la región, caracterizados ideológicamente como “antineoliberales” o, si se quiere, “posneoliberales”. Esta denominación, aunque coyuntural, revierte hasta la fecha un carácter de horizonte insuperado para los proyectos emancipadores, no sólo en América Latina.
Por último, se han expuesto algunos de los principales retos o tensiones que hoy atraviesan los procesos de cambio político que se reclaman emancipadores. Ellos dan cuenta de un tiempo extremadamente fértil, y por tanto conflictivo, en el que la irrupción tumultuosa de los grupos sociales excluidos de la política tecnocrática abrió las compuertas para una redefinición colectiva de las normas, valores y aspiraciones que rigen la vida en común.
El estudio, el análisis y la discusión de los procesos de transformación política en América Latina ofrece perspectivas para pensar los problemas de la hegemonía, la conversión de un grupo particular en dirigente y constructor de un sentido general de su tiempo, y del poder, el paso de la protesta a la construcción de formas alternativas de poder político. Con todas las salvedades y distancias necesarias, permite conjurar los riesgos de dar por cerrado el momento histórico, deshistorizando los regímenes presentes, y quedando atrapados en un consenso que naturaliza el orden actual a través del borrado de las líneas de dominación en que descansa, y de los otros futuros posibles que entraña.

Europa vive un momento caracterizado por los devastadores efectos de la crisis capitalista, la supeditación de la soberanía de los Estados –incluso los que antes eran considerados del centro- a los poderes financieros, la crisis de la política realmente existente y las dificultades crecientes de los grupos dirigentes para seguir obteniendo confianza de los subalternos en que su primacía coincide con el progreso del conjunto social.
Momentos así, de extrema dureza en la vida cotidiana de las mayorías sociales, son al mismo tiempo aquellos en los que las lealtades y posiciones políticas anteriormente fijas quedan relativamente “sueltas”, disponibles por tanto para una intervención contrahegemónica que las articule en una interpretación y una propuesta alternativa del momento.
En Europa y España los sistemas políticos gozan, en general, de mucha mejor salud de la que gozaban los latinoamericanos antes de su “desborde”, y los Estados están protegidos por una densa y tupida sociedad civil impregnada de la narrativa cínica y resignada del “no hay alternativa”, que es ya la principal coartada de unas élites manifiestamente incapaces. Este conjunto institucional y cultural ha dispersado, integrado y/o aislado hasta ahora la mayor parte de las quejas y frustraciones, pese a su significativo aumento. No obstante, estamos ante una dinámica que puede ir siendo más difícil de mantener a medida que se extiendan y profundicen los costes sociales de la crisis, y estos encuentren menos posibilidades de expresión y solución en un escenario político e institucional marcado por la “oligarquización” de las élites y la reducción extrema de su margen de maniobra dentro de la hoja de ruta neoliberal del ajuste estructural y la deuda. Algunas de las características de los momentos políticos latinoamericanos, aquí esbozadas, pueden comenzar a estar de actualidad, después de todo.
Íñigo Errejón. Doctor en Ciencia Política e Investigador en la Universidad Complutense de Madrid.

Notas:
[2] Rancière, J. (2011): Momentos políticos. Madrid: Clave intelectual.
[3] Los puntos fundamentales de esta agenda, los identifica Richard Peet siguiendo al economista del Banco Mundial John Williamson, quien acuñó el término “Consenso de Washington”: disciplina fiscal y centralidad de la lucha contra el déficit público y el gasto social, reformas fiscales destinadas a aliviar parte de la carga impositiva a las empresas, liberalización de los sectores financiero –con tasas de cambio unificadas- y comercial; desregulación laboral e industrial y eliminación de las barreras y aranceles que obstaculizan la inversión extranjera, privatización de empresas y servicios públicos, y garantías robustas a la propiedad privada. Peet, R. (2002): “Ideology, Discourse and the Geography of Hegemony: From Socialist to Neoliberal Development in Postapartheid South Africa” en Antipode. Volume 34, Issue 1 . pp. 54-84.
[4] David Harvey (2007: Los espacios del capitalHacia una geografía crítica. Madrid: Ediciones Akal) o Boaventura de Sousa Santos (2005: El milenio huérfano. Ensayos para una nueva cultura política. Madrid: Editorial Trotta/ILSA) describen el proyecto neoliberal como una ofensiva contra los límites que el pacto social keynesiano-fordista de posguerra impuso, en pos de una masiva redistribución de riqueza a escala global en beneficio de los sectores dirigentes y los países y empresas del Norte global, que recuperase la tasa de ganancia y reafirmasen su poder de clase. Wallerstein le llama a este proceso “contrarrevolución preventiva”, por su respuesta frente al ciclo de protesta abierto en 1968 (2004: “1968, una Revolución en el sistema-mundo: tesis e interrogantes” en Wallerstein, I. Capitalismo histórico y movimientos antisistémicos. Un análisis de sistemas-mundo. Madrid, Akal. pp. 345-360).
[5] El polémico término populismo se usa aquí no en su acepción denotativa vulgar, tan extendida como imprecisa, sino en tanto que lógica discursiva que dicotomiza el espacio político y tiende a constituir al pueblo fuera de las instituciones representativas, como conjunto heterogéneo y de límites imprecisos opuesto a las élites y que necesita para su cristalización de nombre o significantes tendencialmente “vacíos” (Errejón, Í. 2011: “La construcción discursiva de identidades populares. Política, conflicto y populismo (I)" en Viento Sur , 115. Marzo 2011. pp. 105- 114. ISSN: 1133-5637 ). Se trata fundamentalmente de un momento de ruptura del orden establecido y de las lealtades políticas fijas, que tiende a producir situaciones de crisis de autoridad y, en el límite, crisis de régimen (Laclau, E. 2005: La razón populista. Fondo de Cultura Económica: Buenos Aires). [6] El concepto está tomado del trabajo de José Antonio Sanahuja: “ Post-liberal regionalism in South America: the case of UNASUR ” en EUI Working Papers . European University Institute - Robert Schuman Centre for Advanced Studies (EUI-RSCAS), Global Governance ProgramNo. 2012/05[7] Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL): Anuario estadístico de América Latina y el Caribe 2009, Santiago de Chile, Cepal, 2010.
[8] Álvaro García Linera se refiere a estos retos, para el caso boliviano, como “tensiones creativas” (Linera, 2011: Las tensiones creativas de la Revolución. La quinta fase del Proceso de Cambio. Vicepresidencia de Bolivia: La Paz), en una perspectiva que evidentemente mezcla su posición como intelectual y su responsabilidad como Vicepresidente. Sin embargo, el de las tensiones en procesos de transición sí resulta un enfoque más útil para pensar los procesos de cambio que las diferentes versiones (aclaratorias de unos y condenatorias de otros, o viceversa) de la versión de las “dos izquierdas latinoamericanas”, difundida por pensadores conservadores y pronto recogida desde algunos sectores de la izquierda.



[9] Esta perspectiva de un modelo alternativo de desarrollo, o “posdesarrollo”, está particularmente desarrollada, en relación con los retos de la transición para los gobiernos de cambio en América Latina, por René Ramírez, quien fue Secretario Nacional de Planificación y Desarrollo en el Gobierno Ecuatoriano, y destacó por sus esfuerzos de conjugar las necesidades de desarrollo y crecimiento económico con una perspectiva ecológica, descolonial y despatriarcal (Ramírez Gallegos, R. 2010: “Socialismo del sumak kawsay o biosocialismo republicano” en Los nuevos retos de América Latina: Socialismo y sumak kawsay. SENPLADES: Quito. pp. 55-77).
[10] Ver al respecto el informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) La hora de la igualdad. Brechas por cerrar, caminos por abrir. 2010. Brasilia. Disponible en:
http://www.eclac.cl/publicaciones/xml/0/39710/100604_2010-114-SES.33-3_La_hora_de_la_igualdad_doc_completo.pdf
[11] Un efecto paradójico de estas medidas es la aparición de una nueva “clase media” cuya fidelidad al proceso de cambio comienza a estar vinculada a la satisfacción de sus expectativas de ascenso social , acceso al consumo y estabilidad política. No se trata de un proceso lineal, absoluto ni necesario, pero sí de una tendencia que ha despuntado en alguno de los procesos de más duración
[12] Sobre este complicado equilibrio, que determina los comportamientos a menudo pendulares de los Gobiernos nacidos de “rupturas populistas”, ver: Aboy, G. (2010): “Las dos caras de Jano: acerca de la compleja relación entre populismo e instituciones políticas” en Pensamiento Plural Año 4. No 7: 21-40.
[13] Sobre el contradictorio papel de los liderazgos carismáticos en los procesos de cambio político en América Latina, ver: Raby, D. L. (2006b): “El liderazgo carismático en los movimientos populares y revolucionarios” en Cuadernos del CENDES, Año 23. nº 72. pp. 59-72.
Errejón, Í. (2012): “De las rupturas populistas a los Gobiernos de cambio en América Latina. Apuntes para una mínima evaluación” en Papeles de relaciones ecosociales y cambio global nº 117, primavera 2012, ISSN: 1888-0576. Pp. 87-98.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

LOS RECURSOS NATURALES TRAS LA CRISIS DE PARAGUAY


Un golpe de Estado por la tierra
La guerra por los recursos naturales tras la crisis de Paraguay
Cada agujero de bala en los postes de alumbrado en el centro de Asunción, Paraguay, cuenta una historia. Algunos de ellos son de guerras civiles de hace décadas, otros de golpes exitosos y fracasados, otros de represiones policiales. El tamaño del agujero, el ángulo del impacto, todos hablan de un escape, una muerte, otro dictador en el palacio junto al río.
El 22 de junio de este año, un nuevo tirano entró en el palacio del gobierno. El derechista Federico Franco llegó a la presidencia en lo que se consideró un golpe parlamentario contra el Presidente izquierdista democráticamente elegido Fernando Lugo.
Lo que está tras los titulares de hoy, de las luchas y combates políticos por la justicia en Paraguay, es un conflicto por el acceso a la tierra, la cual representa el poder y el dinero para las elites, la supervivencia y la dignidad para los pobres, y ha estado en el centro de importantes batallas políticas y sociales en Paraguay durante décadas. A fin de comprender la crisis de Paraguay posterior al golpe, hay que entender el peso político del suelo de la nación. Por lo tanto hay que echar un vistazo a la historia de la guerra por los recursos naturales de Paraguay, por la tierra, los eventos que condujeron al golpe, y a la historia de la resistencia de una comunidad agrícola que se encuentra en el corazón de la actual crisis de la nación.
El golpe y la tierra
La esperanza rodeó la victoria electoral de Fernando Lugo en 2008, una victoria que terminó con los 61 años de dominación de la política paraguaya por parte del Partido Colorado. Fue una victoria contra la injusticia y la pesadilla de la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989) y una nueva adición a los gobiernos de tendencia izquierdista de la región. La elección de Lugo, exobispo y partidario de la teología de la liberación, se debió en gran parte al apoyo en la base del sector campesino y a la promesa de Lugo de realizar la imprescindible reforma agraria
No obstante, Lugo estuvo aislado políticamente desde el comienzo. Tuvo que aliarse con la derecha para ganar la elección; su vicepresidente, Federico Franco, es un dirigente del derechista Partido Liberal y fue un elocuente opositor de Lugo desde poco después de su llegada al poder. Durante toda la estadía en el poder de Lugo, el Partido Colorado mantuvo una mayoría en el Congreso y hubo varios intentos derechistas de destitución del “Obispo Rojo”. Semejantes desafíos impidieron el progreso de Lugo y crearon un ambiente político y mediático dominado por ataques y críticas casi permanentes contra él.
Al mismo tiempo, Lugo no mostró una actitud positiva hacia el sector campesino que ayudó a llevarlo al poder. Su gobierno ejerció regularmente una severa represión y criminalización de los movimientos campesinos del país. Por lo tanto se vio aislado desde arriba en el ámbito político y abajo carecía de una fuerte base política debido a su posición hacia los movimientos sociales y el lento progreso de la reforma agraria. A pesar de todo muchos sectores izquierdistas y campesinos consideraban a Lugo un aliado relativo y una fuente de esperanza frente a la alternativa derechista.
El problema que terminó por inclinar la balanza hacia el golpe parlamentario del 22 de junio contra Lugo fue un conflicto por la tierra. En abril de este año, 60 campesinos sin tierras ocuparon tierras en Curuguaty, en el noreste de Paraguay. Esa tierra es de propiedad del exsenador colorado Blas N. Riquelme, uno de los mayores y más ricos terratenientes del país. En 1969, el gobierno de Stroessner dio ilegalmente a Riquelme 50.000 hectáreas de tierras que supuestamente debían destinarse a campesinos pobres como parte de la reforma agraria. Desde el retorno a la democracia en 1989, los campesinos han estado luchando por obtener acceso a esas tierras. La ocupación de tierras en abril fue uno de esos intentos. El 15 de junio, fuerzas de seguridad llegaron a Curuguaty para desalojar a los campesinos sin tierras. El enfrentamiento resultante durante el desalojo (los detalles específicos de este último siguen siendo confusos) condujo a la muerte de 17 personas, incluidos 11 campesinos y 6 policías. Ochenta personas resultaron heridas.


Aunque ciertamente fue el enfrentamiento más sangriento de este tipo desde la dictadura, fue solo uno de las docenas de conflictos semejantes que han tenido lugar en los últimos años en una nación con enorme desigualdad en la distribución de la tierra. La reacción de la derecha ante este tipo de conflictos fue generalmente tomar partido por los terratenientes y dirigentes empresariales y criminalizar a los activistas campesinos. Ante la tragedia de Curuguaty, la derecha vio una oportunidad más de actuar contra Lugo.
La derecha culpó a Lugo de los sangrientos acontecimientos en Curuguaty, una acusación carente de fundamento pero que sirvió de alimento a los continuos ataques políticos contra el Presidente. Como respuesta a las críticas, Lugo reemplazo a su ministro del Interior por el miembro del Partido Colorado Rubén Candia Amarilla, exfiscal conocido por su criminalización de grupos sociales izquierdistas y campesinos, quien fue entrenado en Colombia para exportar políticas al estilo del Plan Colombia a Paraguay. Lugo también convirtió al Comisario General de Policía Moran Arnaldo Sanabria (quien estuvo a cargo de la operación de Curuguaty) en Director Nacional de Policía.
De esta manera, Lugo entregó los principales poderes de seguridad y represión del Estado al Partido Colorado. La acción fue un esfuerzo por evitar el juicio político de la derecha, pero fue contraproducente: el Partido Liberal se opuso a los reemplazos de Lugo, y empoderado por las críticas al manejo de Curuguaty por parte de Lugo, colaboró con el Partido Colorado y otros partidos derechistas del Congreso para proceder a la destitución.
El proceso comenzó el 21 de junio, y dentro de las 24 horas siguientes el Senado se reunió e inició oficialmente el juicio, dando a Lugo solo dos horas para su defensa. Al día siguiente, Lugo fue destituido en una votación de 39 contra 4. Fue acusado de alentar ocupaciones de agricultores sin tierras, de mal manejo como Presidente y de no haber logrado la armonía social en el país. Lugo renunció y el vicepresidente y dirigente del Partido Liberal, Federico Franco, tomó su lugar. Ahora se planifican nuevas elecciones para abril de 2013.
Este golpe parlamentario fue condenado por antidemocrático e ilegal por muchos dirigentes latinoamericanos que se negaron a reconocer a Franco como Presidente legítimo. Como reacción al golpe, bloques comerciales y políticos latinoamericanos como Unasur y Mercosur han suspendido la participación de Paraguay en sus organizaciones hasta las elecciones del próximo año. Como era de esperar, la Organización de Estados Americanos decidió no suspender a Paraguay de su calidad de miembro del grupo porque, según el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, hacerlo crearía más problemas en el país y lo aislaría regionalmente. Es el segundo golpe en la región en los últimos años; en junio de 2009, el presidente hondureño Manuel Zelaya fue depuesto en circunstancias similares.
El telón de fondo de esta lucha política es una batalla para controlar, utilizar y distribuir las vastas tierras de Paraguay. Aproximadamente un 2% de los terratenientes controlan un 80% de las tierras del país y unas 87.000 familias de agricultores carecen de tierras. Aunque Lugo no cumplió muchas de sus promesas electorales al sector campesino, en realidad trabajó para bloquear muchas de las políticas de la derecha que habrían empeorado la crisis en el campo. Por ejemplo, Lugo y su gabinete se resistieron al uso de semillas transgénicas de algodón de Monsanto en Paraguay, una acción que probablemente contribuyó a su destitución. Sin embargo, incluso antes de la elección de Lugo, las alianzas y victorias políticas estuvieron influenciadas por la cuestión de la tierra. Las corporaciones agroindustriales multinacionales están firmemente arraigadas en la política paraguaya y sus enemigos fundamentales en esta guerra por los recursos han sido siempre los campesinos paraguayos.
Un mar de soja
Durante décadas, los pequeños agricultores de Paraguay han sido atormentados por un maremoto de cultivos de OGM y de pesticidas que se propagan por todo el campo. Paraguay es el cuarto productor de soja del mundo, y la soja representa un 40% de las exportaciones paraguayas y un 10% del PIB del país. Se calcula que veinte millones de litros de agroquímicos se fumigan en Paraguay cada año, envenenando a la gente, el agua, la tierra cultivada y el ganado que encuentran en su camino.
Compañías transnacionales de semillas, agrícolas y de agroquímicos que incluyen a Monsanto, Pioneer, Syngenta, Dupont, Cargill, Archer Daniels Midland (ADM) y Bunge dirigen la enorme agro-industria. Instituciones financieras internacionales y bancos de desarrollo han promovido y financiado el negocio de agro-exportaciones de cosechas de monocultivos, gran parte de la soja paraguaya se utiliza para alimentar animales en Europa. Los beneficios han unido a entidades políticas y corporativas de Brasil, EE.UU. y Paraguay y han aumentado la importancia de la cooperación de Paraguay con empresas internacionales.
Desde los años ochenta, grupos militares y paramilitares nacionales conectados a grandes empresas agrícolas y terratenientes han desalojado de sus casas y campos a casi 100.000 pequeños agricultores y han impuesto la reubicación de innumerables comunidades indígenas para favorecer los campos de soja. Mientras tanto más de cien dirigentes campesinos han sido asesinados en este período y solo uno de los casos fue investigado y llevó a la condena del asesino. En el mismo período, más de 2.000 campesinos se han enfrentado a acusaciones contra ellos por su resistencia a la industria de la soja. La vasta mayoría de los agricultores paraguayos han sido alejados de sus terrenos por los productos tóxicos, sea intencionalmente o como un efecto secundario de los peligrosos pesticidas utilizados cada año para el cultivo de la soja en Paraguay. Desde el principio de los años noventa, cuando los agricultores vieron la muerte de sus animales, la ruina de sus cultivos, las enfermedades de sus familias y la contaminación de sus pozos, la mayoría tomó sus cosas y se mudó a la ciudad.
El caos infligido por las agroindustrias ha causado parte de las violaciones más graves de los derechos humanos desde el reinado de Stroessner. Un informe del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC) de la Organización de las Naciones Unidas señaló que “la expansión del cultivo de la soja ha traído consigo el uso indiscriminado de pesticidas tóxicos, provocando muerte y enfermedad en niños y adultos, contaminación del agua, desaparición de ecosistemas, y daño a los recursos nutritivos tradicionales de las comunidades”.
La expansión de la industria de la soja ha ocurrido en tándem con la violenta opresión de pequeños agricultores y comunidades indígenas que ocupan las vastas propiedades de tierra de los ricos. La mayoría de los paraguayos que viven en el campo realizan diversos cultivos de subsistencia en pequeños terrenos de entre diez y veinte hectáreas, pero no tienen títulos de propiedad de sus tierras ni reciben generalmente ayuda del Estado. El gobierno paraguayo ha representado históricamente a los cultivadores de soja en este conflicto, utilizando a la policía y al sistema judicial para castigar a los dirigentes campesinos.
La pequeña comunidad agrícola de Tekojoja ha estado en la vanguardia de esta lucha durante años. Su historia y su lucha son representativas de innumerables comunidades agrícolas en el campo paraguayo.
La resistencia de Tekojoja
El primero de varios autobuses que tomamos desde Asunción hacia Tekojoja en abril de 2009 se calentó como una sauna mientras una polca resonaba en la radio. Vendedores ambulantes subían al autobús ofreciendo gafas de sol, radios y DVD piratas. Vendedores particularmente entusiastas pronunciaban apasionados discursos sobre las características superiores de su producto, presionando con muestras a los pasajeros reacios y aburridos. Un argumento de ventas prometía que las píldoras de ajo podían curar el insomnio y el cáncer.
Pasamos innumerables campos de soja y silos de Cargill, pero también pequeños puestos de pequeños agricultores y simples restaurantes al borde de la ruta donde la gente se podía escapar hacia la sombra con una cerveza fría. La carretera de tierra de Caaguazú hacia Tekojoja era un espacio escabroso de ardiente arena roja; Necesitamos tres horas para viajar 50 kilómetros. El autobús se abrió camino por sobre profundos baches, su motor alcanzaba un tono febril y cada uno de sus huesos de metal rechinaba junto a los de sus pasajeros.
Esa misma noche llegamos a Tekojoja y fuimos a la casa de Gilda Roa, una estructura hecha por el gobierno, sin agua corriente (aunque el gobierno construyó el edificio, nunca terminó la instalación de cañerías). Activista de los derechos a la tierra y de los agricultores, la camisa de Gilda mostraba plantas que irrumpían a través de un código de barras. Dentro de su casa, las paredes estaban cubiertas de afiches contra la soja y los OGM. Sacó al jardín sillas de plástico para nosotros, con brillantes estrellas como telón de fondo, y comenzó a hablar. Gilda pasó de 2000 a 2002 en Asunción, estudiando para ser enfermera y había trabajado en su profesión en una localidad cercana. Cuando la visitamos, en abril de 2009, estaba dedicada exclusivamente al activismo en su comunidad. Mientras la música paraguaya sonaba en la radio y las mariposas nocturnas se reflejaban en las luces, Gilda nos contó la historia de su comunidad y su lucha contra la soja transgénica.
La comunidad de Tekojoja es la sede del Movimiento Agrario Popular (MAP) de Paraguay. Es un sitio que ha enfrentado la enorme represión de los agricultores de la soja y sus matones y ha liderado una legendaria resistencia en su contra, produciendo numerosos dirigentes campesinos.
Tekojoja se encuentra sobre tierra entregada a los campesinos como parte de un Programa Público de Reforma Agraria. En los años noventa, agricultores brasileños de la soja –con matones armados, abogados y conexiones políticas para su protección– se expandieron gradualmente sobre la tierra de la comunidad, imponiendo una serie de violentos desalojos de las familias de agricultores. En 2003, el MAP comenzó a recuperar las tierras que les habían sido arrebatadas por los brasileños, pero jueces corruptos y mercenarios contratados por los productores de soja siguieron expulsando a los agricultores de sus tierras.
El 2 de diciembre de 2004, terratenientes brasileños acompañados de policías quemaron numerosas casas y tierras agrícolas en Tekojoja como parte de un proceso de desalojo. Una declaración del MAP describió ese brutal acto:
Después de que los tractores destruyeron nuestros cultivos, llegaron con sus grandes máquinas y comenzaron de inmediato a sembrar soja mientras el humo seguía saliendo de las cenizas de nuestras casas. Al día siguiente retornaron con bueyes y volvieron a plantar en todos los campos sobre la tierra preparada. Cuando llegaron los policías, los enfrentamos con nuestras herramientas y machetes. Éramos unos setenta y estábamos listos para enfrentarlos. Finalmente se fueron.
Las casas y los cultivos de los campesinos fueron destruidos y no contaban con ninguna seguridad de que los brasileños no organizarían otro desalojo. A pesar de ello, como la mayoría no tiene ningún otro sitio adónde ir, los miembros de la comunidad decidieron perseverar, quedarse en sus tierras y luchar por su reconocimiento legal como propietarios. Gilda explicó: “Plantamos semillas con temor ya que no sabíamos si nuestros cultivos serían destruidos. Y comenzamos a construir las casas”. Pero de nuevo, a las 4 de la mañana del 24 de junio de 2005, los brasileños y los policías atacaron la comunidad. “Arrestaron a niños, ciegos, ancianos y mujeres embarazadas, a todos, lanzándolos a todos a un camión”, dijo Gilda. “Rociaron las casas con gasolina y petróleo y las quemaron todas mientras continuaban los arrestos”.
En este enfrentamiento entre matones, policías, y campesinos desarmados, dos agricultores, a quienes los brasileños identificaron erróneamente como dirigentes del MAP y los hermanos Jorge y Antonio Galeano, fueron asesinados a tiros. Una de las víctimas fue
Angel Cristaldo Rotela, un joven de 23 años que estaba a punto de casarse y que acababa de construir su propia casa el día antes que fuera quemada totalmente por los policías. La esposa de Leoncio Torres, la otra víctima, quedó sola con ocho hijos. Un monumento se ha erigido en el centro de la comunidad en memoria de los campesinos caídos.
Después de los asesinatos, campesinos y activistas de todo el país se manifestaron en apoyo de Tekojoja y ayudaron a los miembros de la comunidad asediada con lonas y alimentos. Finalmente, la Corte Suprema dictaminó que la tierra debía entregarse a los agricultores locales, y como parte de las reparaciones por la violencia sufrida por la comunidad, el presidente Nicanor Frutos ordenó la construcción de cuarenta y ocho casas. El sufrimiento de Tekojoja ilustra la situación en la que se encuentran numerosas comunidades agrícolas de todo Paraguay. Mientras los residentes de Tekojoja permanecen en sus tierras, muchos otros se ven obligados a huir a los barrios bajos de la ciudad mientras los productores de soja los expulsan de las suyas.
Gilda explicó este ciclo de desplazamiento:
Cuando los pequeños agricultores están desesperados y los pesticidas los están afectando, no poseen medios para sobrevivir, por lo tanto venden sus tierras por poco dinero, que es más del que jamás han tenido, pensando que la vida en la ciudad será mejor, más fácil, pero no es tan fácil. Mucha gente que termina recogiendo basura en la ciudad proviene del campo. No saben cómo administrar su dinero, por lo tanto, por ejemplo, gastan todo su dinero en un coche usado, maltrecho, y terminan en la ciudad, sin un centavo, sin trabajo o dónde vivir.
La victoria de Tekojoja se debió a la tenacidad de los agricultores que se negaron a abandonar sus tierras por la falsa promesa de una vida rica en la ciudad. Pero su lucha está lejos de haber terminado. Aunque arrancaron las plantas de soja de sus tierras, los residentes viven encerrados entre espacios aparentemente ilimitados de soja y ellos, sus animales y sus cultivos siguen sufriendo la exposición a pesticidas tóxicos.
Al amanecer del día siguiente, la mayoría de los vecinos de Gilda ya estaban en pie, yendo al trabajo antes de que el sol se hiciera insoportable. Los pollos pululaban alrededor de las casas, los patios de tierra roja todavía estaban húmedos de rocío nocturno y se oían radios sintonizadas a una emisora comunitaria que mezclaban música y comentarios políticos en guaraní. Un activista comunitario vecino nos invitó a su casa para comenzar el día con la bebida esencial de los paraguayos, yerba mate servida caliente por la mañana y preparada especialmente con coco y romero. Nos sentamos en su cocina mientras el sol se filtraba entre las tablas del muro, iluminando nubes de humo del fuego, mientras sus hijos y los cerdos jugaban en el piso de tierra.
Una aciaga presencia surgía amenazadoramente sobre esa bucólica escena. Los vecinos agricultores brasileños de la soja ya habían aparecido con sus tractores, fumigando pesticida sobre los cultivos cercanos. Pude oler los productos químicos en el aire. Caminamos hacia los campos hasta que aumentó el dulce olor tóxico. Pasamos muy cerca de un tractor mientras las nubes de pesticidas se aproximaban. Comencé a sentir una sensación desorientadora de mareo y náusea. Mis ojos, garganta y pulmones ardían y me dolía la cabeza, algo que la gente del lugar sufre todos los días. La enfermedad física causada por los pesticidas contribuye a quebrar la resistencia de los campesinos.
Eso me recordó que estaba en una comunidad sitiada, no solo por los cultivos de soja que cercan estas islas de humanidad o los pesticidas que penetran cada fuente de agua, cultivo y conversación, sino también porque los agricultores brasileños de la soja viven cerca y conducen a través de estas comunidades empobrecidas con total impunidad con los cristales de sus brillantes camiones nuevos bien cerrados. Subidos de un modo algo precario en los asientos traseros de unas pocas motonetas, anduvimos a saltos por los caminos de tierra, que desaparecían en sendas hacia otro grupo de casas. En camino hacia ellas, pasamos a un brasileño que nos observó hasta perdernos de vista. Gilda lo conocía: había participado en la destrucción e incendio de sus casas. El hecho de que siguiera en libertad empeoraba las cosas. Y si los habitantes del lugar los acusaran, dijo Gilda, o incluso gritara a los asesinos brasileños, aparecería la policía y se los llevaría a la cárcel. “Es la parte más difícil” explicó. “Los vemos y no podemos hacer nada”.
La motoneta rodó hasta detenerse frente a la casa de Virginia Barrientos, a pocos kilómetros de la de Gilda, directamente junto a un campo de soja. La tierra en la que Barrientos vivió durante los últimos cuatro años es una península que penetra en un mar de soja. Ocupó su tierra, que solía estar cubierta de soja, en febrero de 2005 y consiguió la propiedad legal sobre ella. Pero la vida después de recuperar la tierra no ha sido fácil; los pesticidas han aterrorizado a su familia desde que se mudó allí.
“Justo antes de que cosechemos nuestro alimento los brasileños fumigan pesticidas muy poderosos”, explicó Virginia. “Esos pesticidas causan los dolores de cabeza, la náusea, la diarrea que todos sufrimos”. Sus delgados hijos están junto a ella en el pórtico de la casa. “Hay muchos problemas con el agua”, siguió diciendo. “Cuando llueve, los pesticidas afectan nuestra única fuente de agua”.
Virginia Barrientos dijo que los pesticidas también afectan a sus plantas y animales, y causan que algunos de los cultivos tengan un gusto demasiado amargo para consumirlos. Las crías de sus cerdos murieron y los pollos están enfermos. Parte del problema, señaló, es que los agricultores brasileños de la soja deciden intencionalmente fumigar durante fuertes vientos que transportan el veneno hacia su tierra. Pasamos tallos con mazorcas muertas de camino a su pozo, que insistió en mostrarnos. Estaba ubicado al final de un largo campo de soja, de modo que el escurrimiento del campo corría hacia el pozo, concentrando los pesticidas en su única fuente de agua. La familia vive en una miseria envenenada mientras el productor de soja responsable reside en un relativo lujo lejos de sus campos.
Isabel Rivas, vecina de Virginia, nos dijo con una amplia sonrisa y sonora risa a pesar de su lamentable situación: “Cuando bebemos el agua podemos oler los productos químicos. Resulta que lavan sus fumigadores químicos en nuestra fuente de agua, en un pequeño riachuelo cercano”. Virginia estaba de pie frente a su casa amamantando a su bebé mientras los pollos picoteaban cacahuetes en su patio. Los niños nos miraban con los ojos bien abiertos. “No podemos ir a otra parte”.
Aunque la incapacidad y renuencia de Lugo a encarar suficientemente semejantes dificultades constituyó una traición a su base, el reciente golpe contra él fue también un golpe contra la esperanza, un golpe contra Virginia y sus hijos, contra Gilda y sus vecinos, y contra los cientos de miles de agricultores que luchan en el campo. Detrás del golpe yace un vasto país, en parte envenenado, en parte todavía fértil, y en gran parte bañado en lágrimas y sangre. Hasta que se realice la demanda de justicia por la tierra no habrá paz en Paraguay, no importa quién duerma en el palacio presidencial.

El nuevo libro de Benjamin Dangl Dancing with Dynamite: Social Movements and States in Latin America (AK Press) trata de movimientos sociales contemporáneos en Latinoamérica y sus relaciones con los nuevos gobiernos izquierdistas de la región. Es editor de TowardFreedom.com, una perspectiva progresista de los eventos mundiales, y deUpsideDownWorld.org, una web sobre activismo y política en Latinoamérica.



Toward Freedom




(Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens)


 Contacto: BenDangl@gmail.com

Fuente: http://www.towardfreedom.com/home/americas/2898-a-coup-over-land-the-resource-war-behind-paraguays-crisis

La guerra de Oriente Medio: ¿Espejismo o Tormenta del Desierto que se avecina?


Dr. Lajos Szaszdi, analista político

Ya Siria está en guerra civil, cortesía de la intervención furtiva de Occidente en apoyo del Ejército Libre de Siria (ELS) rebelde con la complicidad de sus aliados de Oriente Medio vecinos de Siria. Aún en circunstancias muy distintas, esta intervención entre bastidores recordaría, aunque a la inversa, el apoyo dado por la comunista Vietnam del Norte a las guerrillas del Vietcong en contra del gobierno de Vietnam del Sur, aliado de EE.UU., durante los años 60 y 70 del siglo pasado. Otra similitud con la guerra de Vietnam, aunque a la inversa también, es que el gobierno de Siria es apoyado -como lo fue Hanoi- por Rusia y por China ante las presiones diplomáticas, económicas y mediáticas de EE.UU. -además de su apoyo secreto a los rebeldes del ELS- contra Damasco. Igualmente, Occidente, encabezado y dirigido por Washington, actuando en beneficio de los intereses estratégicos de Israel -como en Siria o en Irak en 2003- y junto con sus aliados árabes del Golfo Pérsico, se prepara para una guerra contra Irán, guerra que se iniciará de ocurrir un ataque israelí contra las instalaciones militares y del programa nuclear iraní. Si este ataque ocurre antes de las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre, el gobierno del Presidente Barack Obama se vería obligado a intervenir a favor de su aliado, pues de no hacerlo le podría costar la reelección.

Un motivo para que EE.UU. intervenga en una guerra contra Irán sería mantener abierto el Estrecho de Ormuz al transporte marítimo de una quinta parte de las exportaciones de petróleo del mundo que desde el Golfo Pérsico se transporta por super petroleros a los mercados internacionales. Irán ha amenazado con cerrar el estrecho al tráfico marítimo de ser atacado y, para evitarlo, Washington ha desplegado tres portaaviones de propulsión nuclear en la región del Golfo Pérsico, el Enterprise, el Dwight D. Eisenhower y el Abraham Lincoln, con un cuarto portaaviones en camino, el John C. Stennis, que se les unirá en agosto. A estas formidables fuerzas navales se le unen cazas de combate, bombarderos estratégicos, aviones de radar de alerta temprana y aviones cisterna de reaprovisionamiento aéreo de la Fuerza Aérea de EE.UU. desplegados en bases en la región del Golfo Pérsico.                                                                  

Foto de RIA Novosti del portaaviones Abraham Lincoln   
El peligro es que un ataque contra Irán pueda provocar una intervención de Rusia y de China que desemboque en una guerra mundial. Una guerra con Irán podría extenderse a la guerra civil siria, convirtiéndose en una guerra regional de Oriente Medio. Tanto Siria como Irán son estrechos aliados estratégicos y comerciales de Rusia y China. Para Moscú y Pekín la intervención occidental furtiva en Siria y la amenaza de agresión contra Irán ponen a prueba su voluntad de defender un sistema mundial multipolar ante las ambiciones de la superpotencia cuyos gobernantes pretenden dominar en un mundo unipolar. Seguramente, para Rusia y China, si EE.UU. y sus aliados no son frenados en Siria e Irán, sus intereses y seguridad nacionales serán los siguientes objetivos de intervenciones, bien sea en el Cáucaso, en Asia Central, en el antiguo Turquestán Oriental -la actual Región Autónoma Uigur de Sinkiang de China- o en el Mar Meridional de China.
Ante las presiones occidentales sobre Siria, a finales de junio el Presidente Vladimir Putin de Rusia llegó a advertir, según Novosti, “que Rusia no tolerará que le hablen con el ‘lenguaje de la fuerza’”.  En particular, la Federación Rusa no tolerará extralimitaciones por parte de Occidente contra sus intereses nacionales y Vladimir Putin no tolerará actos de impunidad occidental.
En noviembre de 2004 el primer Presidente de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat, murió -según recientes informes- aparentemente envenenado por el elemento radiactivo polonio-210. Arafat, viejo amigo de la Unión Soviética y de Rusia, habría sido envenenado -según los palestinos- por Israel, algo que el estado judío niega con vehemencia, con el conocimiento y consentimiento de la administración estadounidense del Presidente George W. Bush y con el encubrimiento del gobierno francés del Presidente Jacques Chirac. Parecía por ello extraño y hasta extravagante que el ex agente del KGB soviético y del FSB ruso, Alexander Litvinenko, a quien el Reino Unido le concedió asilo político, fuera en noviembre de 2006 envenenado con una cantidad de polonio-210 valorada según estimados en 10 millones de dólares. En el exilio Litvinenko había colaborado con la inteligencia británica del MI6 (los de '007') suministrándoles información de inteligencia. Lo ocurrido en noviembre de 2004 serviría para explicar lo que sucedió en noviembre de 2006 cuando Occidente habría sido sometido a la misma “medicina” suministrada a Arafat.
Un ataque occidental contra Irán podría igualmente provocar una respuesta punitiva contundente.  

Existen otras advertencias. Rusia ha enviado en la segunda semana de julio buques de guerra de las Flotas del Norte, del Báltico y del Mar Negro para operaciones iníciales en el Atlántico del Norte con destino al Mediterráneo que -según reportes- irían al puerto sirio de Tortosa (Tartus) donde la Armada Rusa mantiene una base. Uno de los navíos de combate es un destructor de la clase Udaloy-II (según la designación de la OTAN), el Almirante Chabanenko, armado con 8 misiles antibuque supersónicos SS-N-22 (según designación de la OTAN) que podrían ir armados con una carga explosiva nuclear de 200 kilotones (la bomba atómica de Hiroshima fue de 20 kilotones) según la editorial de defensa británica Jane’s.
Bastaría el impacto contra un portaaviones de un solo misil de estos armados con dicha carga nuclear para destruirlo junto con su cortina de navíos de escolta. Dicha fuerza naval rusa con rumbo al Mediterráneo tendría la intención de enviar una advertencia contra un ataque a Siria por parte de la OTAN.  

Infografía de RIA Novosti: Bombardero estratégico Tu-160  

 Y el pasado 18 de junio, cuando el Presidente Putin se reunió con el Presidente Obama en el marco de la cumbre del Grupo de los 20 en México, la Fuerza Aérea Rusa inició ejercicios militares en el Ártico que duraron una semana con unos 30 bombarderos estratégicos y aviones de apoyo que incluían aviones de radar de alerta temprana A-50 y aviones cisterna de combustible Il-78. Los bombarderos estratégicos incluían Tu-95MS y bombarderos supersónicos Tu-160 que -según fuentes norteamericanas- realizaron ejercicios de lanzamiento simulado de misiles crucero estratégicos en las cercanías de Alaska contra la base de la defensa antimisil del Fuerte Greely y la red de oleoductos de Alaska. Cada bombardero Tu-95MS puede portar seis misiles crucero Kh-55SM, que pueden ir armados con una carga nuclear de 200 kilotones. Y en mayo de 2003, tras la invasión de Irak por EE.UU. y sus aliados, seis bombarderos estratégicos rusos realizaron ejercicios de lanzamiento de misiles crucero en el Océano Índico, probablemente tras haber sobrevolado el Mar Caspio e Irán para llegar al océano. A Occidente no le conviene ni en Siria ni en Irán jugar a la ruleta nuclear rusa.                

Texto completo en: http://actualidad.rt.com/expertos/dr_lajos_szaszdi/view/49325-La-guerra-de-Oriente-Medio-Espejismo-o-Tormenta-del-Desierto-que-se-avecina


Choque de civilizaciones vs. Alianza de civilizaciones


Por Nagham Salman, experta en asuntos de Oriente Medio

En 1992, dos años después de la desintegración de la Unión Soviética, Francis Fukuyama publica 'El fin de la Historia y el último hombre'. En este ensayo político, el autor afirmaba que la historia, como lucha de ideologías, había terminado con la caída del régimen comunista y el fin de la guerra fría.   Francis Fukuyama preveía que a partir de entonces se iniciaría un proceso a nivel mundial en que la única opción viable sería la democracia liberal occidental, tanto en lo económico como en lo político. Un proceso tutelado por Estados Unidos y en el que pensamiento único,  el fin de las ideologías y la economía capitalista llevarían al fin de las guerras y las revoluciones sangrientas.
En 1993, en respuesta a las tesis anteriores y retomando las tesis formuladas anteriormente por Arnold J. Toinbee, Samuel Huntington publicaría su teoría del  'Choque de Civilizaciones', según la cual los principales actores políticos del Siglo XXI serían las civilizaciones. Sus tesis reafirman que los Estados-nación seguirán siendo los actores más poderosos del panorama internacional, pero que los principales conflictos de la política global ocurrirán entre naciones y grupos de naciones pertenecientes a diferentes civilizaciones. El choque de civilizaciones dominará la política global y las fallas entre las civilizaciones serán los frentes de batalla del futuro.   Según el autor, las líneas de fractura entre civilizaciones son casi todas religiosas:
•    Cultura Occidental, incluye principalmente a países cristianos: Europa y América. Podrían existir otras dos "subcivilizaciones":
•    El mundo ortodoxo de Europa oriental y Rusia.
•    El mundo latinoamericano de Sudamérica, Centroamérica, México y gran parte del Caribe.
•    El mundo musulmán de Oriente Medio, el Magreb, Somalia, Afganistán, Pakistán, Malasia e Indonesia.
•    El pueblo judío, civilización hebrea, la diáspora.
•    La civilización hindú, localizada fundamentalmente en la India. 
•    La civilización sínica de China, Vietnam, Singapur, Taiwán y la diáspora china en Asia, el Pacífico y Occidente. 
•    La civilización japonesa, archipiélago del Japón. 
•    El África subsahariana. 
•    Las áreas budistas del norte de la India, Nepal, Bután, Mongolia, Birmania, Tailandia, Camboya, Laos y el Tíbet.

Tony Blair, George Bush y José María Aznar en la llamada 'foto de las Azores'.
A finales de los años 90 del siglo pasado, los geoestrategas del Pentágono, ante el crecimiento económico constante de algunas potencias emergentes, en especial China y Rusia, elaborarían la agenda del nuevo milenio, que tendría como eje primordial Oriente próximo, Cáucaso, Asia Central y Pacífico. El primer paso fue la invasión de Afganistán en 2001 tras los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, cuya autoría está todavía por esclarecer. El segundo sería la invasión de Irak en 2003, después de una campaña mediática de propaganda y pruebas falsas sobre la existencia de armas químicas, que convenció a la comunidad internacional y cuya falsedad escandalizó posteriormente a la opinión pública de los países occidentales que habían participado en la operación.

Los promotores de la campaña mediática y militar, que firmaron el Pacto de las Azores, perderían toda su credibilidad y caerían en el ostracismo político posteriormente.  
Tony Blair, George Bush y José María Aznar en la llamada 'foto de las Azores'.  El 11 de marzo de 2004, los atentados de Madrid, cuya autoría tampoco ha sido todavía esclarecida, dejarían más de 200 muertos  y, según muchos analistas, provocaron la victoria electoral del PSOE en España. José Luis Rodríguez  Zapatero cumpliría inmediatamente una de sus promesas electorales, que fue la retirada de las tropas españolas de Irak, lo que alejaría de nuevo a España de la órbita estadounidense. A continuación Zapatero lanzaría su proyecto internacional estrella en copatrocinio con el ya entonces presidente turco RecepTayippErdogan: la Alianza de Civilizaciones.

Foto oficial de la Cumbre de la Alianza de Civilizaciones.  
 La Alianza de Civilizaciones tuvo una gran acogida en sus inicios, hasta el punto que tras la cumbre de las Naciones Unidas se estableció un organismo permanente en la organización multilateral. No obstante, la realidad política internacional y el creciente intervencionismo y neo imperialismo norteamericano hicieron que la propuesta prácticamente desapareciera de la política internacional.   
Foto oficial de la Cumbre de la Alianza de Civilizaciones. 
A día de hoy, casi 20 años han pasado desde que se formularan las tesis del 'Fin de la Historia' y el 'Choque de Civilizaciones', y casi ocho desde que se lanzara la Alianza de civilizaciones. El balance es claramente favorable al choque deliberado que induce la gran hegemonía norteamericana, que intenta mantener y aumentar su supremacía política y económica internacional a través de su supremacía militar y un neoimperialismo creciente en todas las regiones del  mundo.   El lucrativo negocio del  cambio de regímenes y el fomento de la conflictividad entre países o comunidades permite a Estados Unidos y sus aliados vender armas y expoliar los recursos naturales después de producido conflicto. Para ello se sirve de sus servicios de inteligencia y convencen a sus opiniones públicas por medio de una propaganda según la cual se fomentan la libertad, la democracia y los derechos humanos.  
Rusia y China serían portadoras de sendas civilizaciones que podrían llegar a tener más peso en la esfera internacional en los próximos años. La manera de mantener subyugadas a estas potencias emergentes es fomentar la conflictividad regional y tomar posiciones en sus respectivas áreas naturales de influencia, en especial Oriente Medio, Asia central y Asia Pacífico. Por otra parte, intentar contrarrestar la inversión creciente de ambas en África y América Latina, esta última considerada el patio trasero del Tío Sam durante las últimas décadas.  
El caso más actual de conflicto de civilizaciones deslocalizado es Siria, donde los servicios de inteligencia occidentales han conseguido que las rencillas históricas de dos de sus comunidades acaben desembocando en una cruenta guerra civil de posibles consecuencias catastróficas para toda la región. Mientras, Rusia y China apoyan al gobierno de Al Assad por sus intereses geoestratégicos en la región, conscientes de que Siria es la antesala del ataque a Irán.  
Para terminar, cabe remarcar que la estrategia del choque de civilizaciones podría llegar a ser un arma de doble filo a largo plazo, especialmente en la vieja Europa, donde las comunidades islámicas llegarán a significar el 30% en algunos países. Este factor, unido al previsible agravamiento de la crisis económica y posible desaparición de la Unión Europea, podría desencadenar una ola de racismo y xenofobia en el antiguo continente.
Nagham Salman es jefa de proyectos europeos de investigación y analista política especialista en asuntos de Medio Oriente.

EL DUARTE DE MIGUEL NÚÑEZ

DANIEL BALCÁCER: EL DUARTE DE MIGUEL NÚÑEZ

De  Juan Pablo Duarte  solo se conoce una fotografía hecha en  Caracas  en 1873 cuando el patricio contaba con 60 años de edad.  A...